Los psicofármacos se utilizan habitualmente para mitigar el dolor emocional, pero su aplicación en el tratamiento del dolor físico es igualmente significativa. Las sustancias en sí mismas no son intrínsecamente "buenas" o "malas"; su beneficio depende de un uso adecuado. Incluso los opioides, cuando se administran en casos críticos para calmar dolores intensos, cumplen una función terapéutica vital.
Los opioides, derivados del opio, son sustancias de uso milenario con aplicaciones tanto medicinales como recreativas. Según se define técnicamente, un opioide es cualquier agente que se une a los receptores situados principalmente en el sistema nervioso central y el tracto gastrointestinal.
Existen tres grandes clases de estas sustancias: Los alcaloides naturales como la morfina y la codeína, los semisintéticos como la heroína y la oxicodona y los sintéticos como la petidina y la metadona.
Si bien la morfina y la heroína son eficaces para bloquear dolores agudos, también son conocidas por su alto potencial adictivo. Estas drogas actúan sobre el dolor físico, pero también sobre aquel dolor "presumiblemente físico" derivado de desajustes cerebrales en las mal llamadas enfermedades mentales.
Sin embargo, su uso conlleva un riesgo latente: la dependencia. El cuerpo desarrolla tolerancia, exigiendo dosis cada vez mayores o sustancias más potentes para calmar dolores que se vuelven resistentes. Con frecuencia, el paciente termina necesitando la sustancia incluso cuando el dolor original ha desaparecido, transformando un tratamiento médico en una adicción. Por ello, es delicado promocionarlos como una "cura", especialmente ante la tendencia actual de prescribirlos de forma indiscriminada para una infinidad de dolencias.
Este fenómeno ha generado una crisis de salud pública en países como Estados Unidos, donde la adicción inducida por recetas médicas para dolores leves o crónicos ha causado millones de muertes por sobredosis, incluyendo casos mediáticos como los de Michael Jackson y Whitney Houston.
En mi experiencia personal, he comprobado que los psicofármacos en mi caso me dan un alivio inicial que pronto se desvanece. Cuando consultaba con un profesional medico diciéndole que ya no sentía mejoría, la respuesta solía ser aumente la dosis o cambiemos a un compuesto más fuerte, lo que solo intensificaba los efectos secundarios. Hace años tomé la decisión de alejarme de estas drogas. Prefiero lidiar hasta cuando pueda con autocontrol con los "dolores" de mi condición mental antes que vivir bajo el yugo de los psicofármacos. Aunque a veces sufro recaídas, lo hago con la firme convicción de que será por un periodo breve, priorizando siempre recuperar mi autonomía frente a la sustancia.

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