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martes, 28 de octubre de 2025

Noviembre Negro



  Abro mi diario para leer lo que he venido escribiendo sobre hechos que me marcaron durante la pandemia.

Hoy es 30 de noviembre de 2024

  Para mí el año 20 del siglo 21 fue un año de terror... Muy parecido a cómo lo describe Poe en su cuento Sombra:


"Este año ha sido ....



..... un año de terror "

 Este año ha sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues han ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, se ciernen las negras alas de la peste

 Fragmentos Cuento Sombra 

Edgar Allan Poe

  Cuatro años han transcurrido desde que Clara dejó de ser Clara, desde que la peste —esa entidad silenciosa y voraz— se llevó lo último que me quedaba de ella. Hoy vuelven a mi memoria mis últimos días a su lado, así como también esos días de ensueño, cuando todo fue amor y felicidad.

  Era el año 2015, cuando atravesaba por uno de los peores momentos de mi vida, debido a mis problemas mentales.

  —Otra vez aquí, Carlos —había suspirado el Dr. Durán la semana anterior, hojeando mi historial en el Hospital Ramón y Cajal—. El alcohol y la cocaína son malos compañeros de viaje para una mente como la tuya. Y el diagnóstico es claro: trastorno límite de la personalidad. Deberás seguir tomando medicinas por el resto de tu vida, pero, afortunadamente existen buenos tratamientos para lo tuyo y si sigues mis consejos y los de otros profesionales tendrás una vida normal.

  Las palabras resonaban en mi cabeza como un veredicto. Salí del pabellón psiquiátrico tras un mes de encierro, con la sensación de ser un fantasma con receta médica. El mundo olía a desinfectante y a derrota.

  Aquel día, acudí a una cita programada y, al llegar, encontré a una chica que me deslumbró.

  La sala de espera de la consulta privada del Dr. Durán era un espacio silencioso, con revistas de arquitectura que yo no tocaba. Y allí estaba ella. No leía. Miraba por la ventana, con una postura que no era de abatimiento, sino de una fatiga profunda, casi elegante. Llevaba abrigo y unas botas que hablaban de un mundo distante al mío, Pero sus ojos, cuando se giraron hacia mí, tenían el mismo destello roto que yo veía cada mañana en el espejo.

  Tenía la certeza de que la conocía, pero no me acordaba de dónde.

  ¿De un sueño? ¿De la sala de urgencias del Ramón y Cajal, entre gritos y camillas? No. Era más extraño. Era como si reconociera en ella el "contorno exacto de mi propio vacío". Un vacío que, por primera vez, no daba miedo.

 Me senté frente a ella, sentí un flechazo y, de pronto, empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.

 —El aire aquí huele a paciencia —dije, sin pensarlo, señalando el difusor de esencias con un gesto torpe.

  Ella sonrió, una sonrisa pequeña y cansada que le llegaba a los ojos.

—A paciencia cara. La consulta del Dr. Durán cuesta más que mi seguro del coche.

  Si no es porque mi seguro de salud cubría este tipo de consultas, hubiera seguido mi vida sin estas visitas a los psiquis que tanto me atormentan, pero seguramente no la habría conocido.

  Su voz era clara, madrileña con un dejo de… ¿internado internacional? No supe ubicarlo.

  —Carlos —dije, extendiendo una mano que esperaba temblorosa, pero que se mantuvo firme al contacto con su mirada.

  —Clara.

  Hablamos. No del tiempo. Hablamos de "los ruidos en la cabeza cuando todo calla". De la sensación de vivir detrás de un cristal. De lo absurdo de tener que explicarle a otra persona que no conoces cómo duele el alma. Fue una conversación en clave, en código de supervivientes. Diez minutos que pesaron más que el mes entero de terapia grupal.

A ella la llamaron primero. Cuando salió, anunciaron:
—El ingeniero Carlos García puede seguir.
La puerta de la consulta se abrió y ella salió. No parecía más liviana, pero al pasar junto a mí, nuestros dedos rozaron el brazo del sillón. Fue un contacto eléctrico, deliberado.

 Antes de entrar, le dije que quería seguir conversando, pues la charla me había encantado.
Me levanté, el corazón galopándome no por la ansiedad, sino por una urgencia nueva.
—Clara, esto… ha sido lo más cuerdo que me ha pasado en meses. No puedo dejarlo aquí.

  Ella respondió que no podía esperar mucho debido a sus compromisos, sacó una lujosa pluma de su bolso, me tomó la mano sin ceremonia y escribió un número de diez dígitos en mi palma. La tinta era azul y fresca.


 Así lo hicimos, y así comenzó todo entre nosotros.

Entré en la consulta del Dr. Durán con su número ardiéndome en la mano. El diagnóstico, las advertencias, los protocolos… todo sonó a estática de fondo. Por primera vez en años, tenía algo que anhelar, más allá del próximo trago o la próxima línea. Tenía un número azul en la palma de la mano y la promesa de una voz al otro lado del teléfono.
 

Hoy es 14 de marzo de 2020.

 Recuerdo en estos momentos que Clara y yo habíamos planeado un viaje a Cádiz para el verano, pero este ya no parecía posible. También recuerdo los días que pasamos juntos en Cartagena. Afortunadamente, había aplazado para mayo el viaje que tenía programado para el mes pasado a Cartagena de Indias para ver el proyecto del nuevo centro de convenciones Arena del Caribe. Le dije a mi jefe que, al parecer, iban a cerrar las fronteras y que, de darse esto, quedaría como exiliado en Colombia, algo que no quería. Con reticencia por parte de la empresa, llegamos a un acuerdo: Si no se cerraban las fronteras, iría a finales de la primavera.

Veo en la televisión que se publicó el Real Decreto 463, donde se anuncian el cierre de fronteras y la restricción de movilidad en el Reino de España. Ya lo veíamos venir...


Hoy es 21 de junio de 2020.

El miedo flotaba en el aire como un presagio, pero aquellos días de encierro se convirtieron en el edén secreto de nuestro amor. Nunca antes, en los años fugaces de nuestra pasión, habíamos permanecido tanto tiempo entrelazados en la quietud de cuatro paredes, descubriendo que el tiempo —ese tirano implacable— podía volverse miel cuando se compartía con los labios correctos. Lo sabía con la certeza melancólica de quien atisba el futuro: jamás, ni en los crepúsculos que nos quedaran por vivir, volveríamos a estar tan cerca como en aquellos días en que el mundo se detuvo y nos dejó a solas con nuestras dichas.

Todo comenzó tras un encuentro fortuito en el consultorio del Dr Cajal. Nuestros primeros jueves, entregados al laberinto de calles madrileñas, fueron el prólogo de una fábula que decidimos escribir juntos. El amor, ese arquitecto silencioso, fue erigiendo su obra: en tres meses, el lecho y el techo se fundieron en un único hábitat para nuestros cuerpos y sueños. Recuerdo con una nitidez que duele las mañanas en nuestro piso de Vallecas: el sol se filtraba tímido por las persianas, iluminando el rito sagrado de nuestros cuerpos. En aquel cuarto, las paredes no eran testigos mudos, sino el confesionario laico, donde nuestros susurros se volvían plegarias. Hasta lo mundano se transfiguraba: el tazón agrietado era una reliquia de lo imperfecto perdurable, las páginas dobladas de Neruda un mapa de nuestras emociones subrayadas. Cada objeto bañado por esa luz auroral parecía despojarse de su temporalidad para brillar con la ficción dorada de lo eterno. Era la belleza pura de lo efímero que se cree absoluto. Y en la cúspide de aquel vértigo, Cartagena de Indias fue el escenario elegido para la promesa: un anillo que no era un cierre, sino el sello que consagraba nuestro pacto contra el tiempo, un compromiso para el resto de los días que nos fueran concedidos

Hoy es 30 de noviembre de 2020.

  La situación no parece mejorar. Aunque los confinamientos por la COVID-19 en España se han relajado, el terror aún impregna el ambiente. Desde el mes pasado pudimos salir de nuevo. El riesgo seguía latente, pero preferíamos contagiarnos de una vez a seguir temblando entre cuatro paredes. Queríamos de nuevo respirar junto a otras personas… 

¡Estamos en un año de terror!

 —como escribió el Maestro Poe—. Un año en el que las sombras se alargaron hasta devorar los rostros de los vivos.

  
  Yo volé de Madrid a Sevilla el 30 de octubre y, aunque el confinamiento había aflojado sus garras, sentía que la Parca danzaba en las calles. Al descender del avión, me llegó un olor a azahar podrido y alcohol en gel. Debía reactivar el proyecto del edificio Lleda, paralizado por la pandemia —al menos no tuve que viajar a Cartagena de Indias, pues aún había restricciones para vuelos internacionales—. También viajé para visitar a mi madre; la encontré pálida como un espectro tras meses de encierro. Me recibió con una mascarilla bordada de cruces negras:
—No te asustes, hijo. Es solo algo "contra el mal de ojo" que también evita la entrada de la peste —murmuró.

  Clara se quedó en nuestro piso de Madrid. Me dijo:
—Tengo que atender a mis pacientes de forma presencial. Por eso no puedo acompañarte a Sevilla.
Habíamos planeado viajar juntos, pero ahora prefería trabajar en persona.
—Es solo una separación breve. No te afanes por esto —le dije al besarla en la frente, ignorando que mis labios rozaban por última vez a la mujer que amaba.

  Ella celebró Halloween con "su familia": su padre, alto funcionario del Ministerio de Salud, y su ex esposo, que era ni más ni menos que el director técnico del Hospital La Paz. Con la familia de Clara no fuimos del agrado mutuo. Mientras ellos brindaban en algún salón con muebles caros, yo recorría las calles desiertas de mi infancia sevillana, donde las farolas parpadeaban como ojos enfermos.

  Nos despedimos tras una última cena íntima. Ambos mentimos al decir que estábamos bien.
Ambos sentimos el virus reptando en nuestros pulmones días después, pero reímos —¡Ay, qué grotesca fue nuestra risa!— mientras comparábamos fiebres por WhatsApp.


  Yo tenía boletos aéreos para el 10 de noviembre, pero adelanté el viaje para el 4. Como era improbable que me permitieran volar estando positivo, tomé un autobús. Clara había dado positivo para COVID-19 y quería verla.

  La noche del regreso a Madrid fue un viaje a través de los limbos. Seis horas de un silencio sepulcral, rotas por toses y el zumbido del motor. El autobús ALSA avanzaba por la A-4 como un ataúd con ruedas. Fuera, la luna llena —esa luna— iluminaba los campos de La Mancha, transformando los girasoles mustios en cabezas decapitadas. Dentro, un hombre tosía detrás de mí con un sonido húmedo, como si alguien revolviera carne cruda en su pecho. Yo también tenía síntomas de que el virus me había entrado al cuerpo, pero antes del viaje me tomé un fuerte antigripal y me los alivió temporalmente. Seguro era positivo, pero no quise hacerme pruebas.

  Mientras yo viajaba en aquella noche eterna, Clara ingresaba de urgencia en el Hospital La Paz, donde trabajaba como pediatra. No pude verla antes de que la hospitalizaran.







  Cuando llegué al piso supe que la situación era terrible, sentí un fuerte olor a cloro y la muerte me golpeó de repente.

 Su mensaje final yacía en mi pantalla, una reliquia digital de su voz: "Me ahogo", tengo que entregar el celular.

  Nuestro último adiós...


 No me permitieron verla los primeros días, pues fue ingresada en una sala UCI para pacientes positivos de COVID-19, donde no se permitían visitas. La vi después de que tuvo una leve mejoría, tras tres semanas en estado crítico. Llegué a la UCI de pacientes graves que ya no eran contagiosos. Me dijeron:  

 —Puede ver a la doctora Sánchez, pero solo por unos minutos.  

 En la sala de espera, los llantos y gritos de quienes salían resonaban como ecos de despedida. La mayoría de los pacientes salían directamente al crematorio; en esos días, las velaciones seguían prohibidas. Me dejaron entrar con un traje como de astronauta que me entorpecía cada movimiento. De pronto, estaba en una sala blanca y aséptica, tan pulcra que lastimaba los ojos. Allí yacía Clara, conectada a máquinas que silbaban como vientos de ultratumba. Sus manos —aquellas que solían acariciar mis cicatrices con la misma ternura que a los niños de su consultorio— estaban amoratadas, los dedos contraídos como garras de pájaro muerto. Le hablé, pero mis palabras solo rebotaron en las paredes de aquel sepulcro inmaculado.  

—Despierta —supliqué—. Despierta.  

Hoy, 30 de diciembre de 2020 

 Ha pasado un mes desde que la visité la vez pasada, hoy puedo verla de nuevo. Finalmente salió de su estado crítico, despertó, pero... sufrió una hemorragia cerebral tras vencer las infecciones que casi destruyen sus pulmones. El médico me explicó:  
—La paciente tuvo una hemorragia severa que le afectó los ganglios basales del hemisferio izquierdo. Ahora está en estado casi vegetativo: necesitará traqueotomía (respirar por un hueco en el cuello) por un tiempo indefinido, tal vez de por vida. La alimentación será parenteral (alimentarla por una manguera), aunque podría recuperar la capacidad de comer por si misma. El accidente vascular paralizó su lado derecho y dañó el habla. La recuperación requerirá terapia, paciencia y dedicación. En este momento el riesgo de muerte es bajo, pero lo que se viene en el camino es largo y muy complicado. 

 Mis súplicas para que despertara surtieron efecto, pero... La Clara que emergió de aquel sueño de dos meses no era «mi coneja loca» como cariñosamente le decía muchas veces. Era un fantasma con su rostro, el derrame cerebral que sufrió la convirtió en una criatura de mirada vidriosa que olvidó nuestros pactos de sangre y el sabor de sus lágrimas en mi boca. 
 

 Hoy, al final de este año negro, tengo sueños vívidos de cuando nos conocimos en el 2015, en esa sala de espera de un psiquiatra. Ella acababa de sobrevivir a una sobredosis de pastillas rojas; yo, a una noche de whisky y cuchillas. Esa noche, hicimos el amor como condenados: entre vendas, terrores nocturnos y promesas susurradas al borde del abismo.  

 Ahora, nuestras enfermedades han vuelto a ganar. Yo soy un adicto en recuperación que sueña con recaer; ella, un cuerpo frágil que olvidó cómo sostenerme.  

 Sé que en algún lugar de su cerebro dañado, la Clara verdadera aún grita por salir. Pero las sombras son más fuertes.  

  3 de diciembre de 2024 

  Hoy, el eco de Clara aún resuena en mi mente.  

 Cuatro años huyendo. La abandoné definitivamente tras aquella última visita en el fin de año del terror. Mi cabeza dañada no pudo cargar con el peso de sacarla adelante, como sí pudo su familia. Yo, entre tanto, estaba en la quiebra: la pandemia había cerrado la constructora y me dejó sin trabajo.  

 Dejé Madrid y me escondí en Sevilla, en esta ciudad donde las farolas parecen ojos enfermos y la gente no hace preguntas. El tiempo aquí se descompone como un cadáver en la humedad. Las semanas se derriten en meses; los meses, en años. Todo se pudre mientras aguardo un juicio que nunca llega.  

 Ella ya no me recuerda. O eso me repito, para mi consuelo. ¿Qué es peor? ¿El olvido absoluto o la sombra de nuestro pasado atrapada en su cerebro marchito?  

 Hoy, mientras escribo esto, la luna llena cuelga sobre los tejados como un ojo ciego, vigilante y ajeno. En la radio suena "Noviembre sin ti", lloro, y la nostalgia me embriaga como un licor barato. Quizá debería tomar el teléfono, marcar su número y decirle que lo siento. Pero no lo haré. Porque en algún lugar de esta noche, el autobús ALSA sigue avanzando por la A-4. Y en cada bache, en cada curva, el traqueteo insiste: «Ya no hay vuelta atrás». 



 




 


jueves, 3 de octubre de 2024

Delirio

  Delirio de Laura Restrepo, narra de una forma muy realista las euforias y las melancolías de Agustina Londoño quien es la protagonista de la novela.

 
   Este libro me gustó, lo leí hace poco, soy dado desde mucho antes de saber exactamente como se denomina técnicamente al problema que sufro, leer libros sobre personajes o de escritores que sufren de problemas mentales, sobre todos los similares a la dolencia que tengo. Creo que, por eso me han gustado los libros de Poe, Hemingway, Virginia Wolf, Dostoyevsky y en este caso la Novela Delirio desde la vez que lo vi en una vitrina de una librería, me interesó por el título y por las referencias que tenía de Laura Restrepo.

   Delirio es para leerlo, disfrutarlo, y sacar muchas conclusiones de él; se trata de la vida de una pareja en la cual uno de los integrantes sufre de una dolencia mental que  entra y sale de delirios; la otra sobrelleva el problema sin saber muchas veces que hacer, perdido entre los problemas de pareja, de la relación con las familias de cada uno, sobre todo la relación con la familia de la afectada por el problema mental. 


   Muestra el sufrimiento del paciente mental como de su pareja y su movimiento en el entorno que muchas veces no ayuda, no es una novela rosa pero tampoco es cruel, es más bien algo del realismo magico de la cruel Colombia.


 

 



jueves, 29 de noviembre de 2018

Los últimos post de nosoyyosoyyo

En este post que he venido actualizando y tengo de primero se publica una copia y pegue de las últimas entradas del blog nosoyyosoyyo, es de una chica que se inscribe dentro de la bipolaridad, que esta sufriendo por situaciones complicadas de la vida, las cuales le provocan desbalances emocionales, narrándolos de una forma desgarradora, expresados de una forma literaria muy poética pero en prosa, esta chica escribe como pocos pueden hacerlo, yo he sentido de forma parecida lo que ella  dice, por esto, quisiera que otros tambien las leyeran.

Quisiera que las personas que entran a este blog porque lo han leido antes y buscan algo nuevo aqui, conozcan lo que se siente cuando se esta en situaciones difíciles, que lo hacen a uno cuestionar mucho y hasta pensar que no se justifica estar aquí en estos momentos, que mejor fuera dejar de vivir, sin embargo, son cosas que se piensan, que se expresan y cuando esto se hace se presenta un desahogo que evita llegar a extremos de causarse daño.  Este tipo de blogs me los vengo encontrando de forma periódica y casi siempre cuando la persona que los escribe sale de la crisis estos blogs desaparecen. Me acuerdo en estos momento de Anfitrite, de Blue (blog carne de psiquiatra), los cuales en su momento publiqué parte de sus entradas y los comenté también."

Este es el último post de nosoyyosoyyo

"Autorizame a jugar un recreo que imagine para vos. Dejame mostrarte el tablero, el campo de batalla descrito por mis palabras utópicas y quijotescas, esas que descreen de la pavura que recorre mi espalda y eriza mi piel. Dejame darte mi mejor versión, mi mejor sonrisa, mi mirada más brillosa. Permitime hacerte creer que no existen las heridas en este cuerpo lascerado hasta en su partes más escondidas, más protegidas de la urbe que roza y marca. Quiero creer que nada fue verdad, que soy lo que elijo ser y que ya no tengo que correr, que escapar de las turbulencias que sacuden y quiebran mi piel de porcelana que, como muñeca de vitrina caída, ya no tiene donde más repararse en sus añicos que no coinciden.

Dejame ser pura, fresca y adictiva. Por favor, quisiera teatralizar quien sueño ser, al menos juguemos a intentarlo.

Alejá tus ojos de mi sangre turbia y purulenta, es mi néctar maldito que todo lo vuelve viscoso y denso. Y nunca observes mi alma, esa que se esconde en mis pupilas aguadas de tanto llorar por la niña que maté mientras se mecía en mis brazos.

Juguemos a que soy nueva, a que nazco frente a tu persona y que no existe reencarnación ni vida pasada que se esconda en esta realidad alterna.

Juguemos a que la maldición nunca fue profecía, que la hechicera no marcó a esta niña por celos a su belleza y a su sonrisa constante, juguemos a que no cargo con tal maleficio.

Dejame contar mi propia historia, creer que soy dueña y tengo la potestad de ser la patrona de mis emociones, que son mías, que no me invaden y aprisionan en una mala pasada que me deja esclava de esta sentencia a muerte, de ese ahorcamiento en la plaza pública.

Permitime contarte lo que todavía queda de mí, lo que todavía late ingenuo y vulnerable en mi pecho que ya no necesita escudo, que ya está endurecido por las batallas.

Es tan lindo verte curiosearme por primera vez, porque son esas primeras miradas las que logran descubrirme auténtica y cándida.

Juguemos a este juego que inventé para vos y para mí. No hay alfiles, no hay torres ni caballos para un jaque mate inminente. Dejame jugar a que soy, mientras vos apostás a sorprenderme insolentemente hasta que el carruaje se convierta en calabaza y los brillos en arapos, y sólo reste mirar a la cenicienta con los pies descalzos pero esta vez, sin zapatos de cristal que la salven de su destino.

Al final de cuentas… somos aquello que protegemos más recelosamente del destrozo.


Este es el penúltimo post de nosoyyosoyyo


Vuelven las etapas depresivas. Vuelve la ceniza mortuoria a tapar los poros que no logran oxigenar la piel y mata. La angustia es tan inmensa que aprieta fuerte la garganta y nos obliga a pedir muerte, liberación, bandera blanca.

Son cuchillos, decenas de ellos enterrados en el pecho, en el alma, en el corazón. La cabeza da vueltas y vueltas y vueltas y se marea como alcohólico a punto del desmayo.  La desesperación es poder, es mandataria, es decisiva en estas horas en donde vivir cuesta la vida.  Regálame paz. Regálame sonrisas. Regálame amor. Sálvame.  Sálvame de esta que me está llevando como río bravo que te golpea contra las piedras que no atajan.



¿Acaso no ven que me quedo por ellos? ¿Que como paciente terminal me aferro a una vida de dolores solo para que  estén tranquilos?

Cuanto deseo unas manos amigas que entiendan y me acompañen en la partida con un abrazo, con un beso en la frente, con un gesto de aceptación, de saber que estoy haciendo las cosas bien.
Nadie ve el barro que tragamos para seguir, porque afuera hay luz, hay brillo, y lo de adentro, mientras no se vea, no coexiste con ese exterior, no para ellos.
Necesito calma por favor. Y mucho amor. Regálame una sola risa que me salve este segundo. Hazme volver aunque tengas que golpearme el pecho para que el aire vuelva a ingresar. Pégame duro, pégame fuerte, que necesito sentir algo más que este suplicio homicida.


post de nosoyyosoyyo del xx de noviembre de 2018

Siempre a este paso de la muerte, a esta corta distancia donde bailo al filo de la caída, al borde de la liberación del alma en pena. Siempre la posibilidad oscura como salvación prometida, como respiro, bocanada de aire en este mundo de oxígeno enmohecido.
Es el ángel y el diablo en nuestros hombros, prometiendo imposibles, intentando convencernos, pero es el ángel el que me llama al olvido, el que me seduce al salto, el que promete liberarme de las penurias de una tierra que degolla los sentimientos más puros y vulnerables que cargo a cuestas.
Siempre a un paso de la muerte, ¿acaso los que me quieren también saben de esta posibilidad que me aguarda a la vuelta de la esquina, junto a la calle de al lado?. Siempre que pienso en ellos pienso en cuán consientes son de que quizás mañana ya no los acompañe en su andar, en su día a día, en sus planes a futuro. ¿Entonces se detendrían a observarme, a darme el último abrazo, el último te quiero para que lleven consigo sin culpas ni promesas en pausa?.
Y en el final, cuando mi espíritu vuele al fin lejos de tanto dolor e injusticias, sabrán festejarme o llorarán por no seguir con ellos, aunque eso me condene a una prisión de martirios que jamás sintieron, que jamás van a sentir.
Siempre esta corta distancia entre el soy y el fui. Entre el vivo y el una vez viví. Y es que hace tanto tiempo ya que la muerte dejó de asustarme, desde que la abracé como amiga y compañera, como leal soldado que se para frente a su capitán para recibir las balas en esta guerra que me lleva a mal tratar.
Siempre a un paso de la muerte, ¿él también sabrá que no me perdió el día que se fue? O acaso cuando le llegue a sus oídos la noticia de mi deceso recién ahí se dará cuenta de que me tenía real, tangible, a un paso de un beso, de un felices hasta que la muerte nos separe. ¿Lo encontrará solo? ¿Lo encontrará con descendencia? ¿Acaso sabrá perdonarse las veces que no me vivió?

Siempre este maldito paso, sin temor, sin la angustia de partir, este maldito paso y todos los fantasmas en el medio, esta culpa de irme y ser feliz,  libre de una vez. Este suicidio en vida, y esa vida en el suicidio."

Este post ha sido copiado y pegado desde el blog original de nosoyyosoyyo ver mas en http:77nosoyyosoyyo o en https://nosoyyosoyyo.wordpress.com/


Algo de literatura

Algo de literatura


Además de hablar de locura, tambien voy a hablar de literatura, se que vende mas la locura que la literatura, por esto voy a aprovechar este espacio que ha logrado cierta difusión hablando de la locura, para promocionar literatura, voy a empezar por una cosa que no se como catalogarla, no es mía pero me gustó y es la siguiente:

COSAS QUE SALEN DE MI CABEZA

 

Y derepente se abre mi cabeza, tal como si fuera una caja de sorpresas (que es lo que en verdad es) y comienzan a salir cosas. La gente me mira espantada, pero para mi ya es normal, algo así como el hipo.


No sería tan malo si después no tuviera que absorver todo lo expulsado, y cuando hay niños cerca puede llegar a ser peligrosos, ya que las cosas son llamativas y los infantes las toman, pero luego les son arrebatadas y quedan como madres despechadas y luego llanto!
Hay otro peligro incluido, y es que, una vida en 55 cm de perímetro. Muchos objetos salen a la velocidad de los trenes alemanes, 200 km/hra y más, por lo que no sería raro que luego de una explosión a muchos aledaños se les hubiese incrustado algo en el ojo. Pero creo que, en los dieciséis años que llevo de vida, nunca he visto eso. Pero si he tenido que ver cómo alguien se tragaba uno de mis más preciados recuerdos... lo malo es que estaba lejos de ser cómo me enseñaban a comer de pequeña, si no que fue cuando mi abuelo me enseñaba a andar en bicicleta. Si esa mujer no hubiese sido robusta... el vehículo la habría matado.
Jajaja! Recuerdo también cuando hace mucho tiempo atrás, cercana a los ocho años, en un centro comercial, mi cabeza comenzó a abrirse y a arrojar por ahí cientos de monedas, ya que, semanas antes, mi tía me había obsequiado una caja con efectivo (nada muy espectacular, muchas monedas pequeñas, pero que disparadas a gran velocidad eran verdaderos proyectiles), y como saben los niños no recuerdan cosas, pero sí hechos importantes. Eso para mi fue muy importante, ya que me sentía millonaria, por lo que cientos de pequeñas monedas volaron por los aires, incrustándose en la cabeza de los turistas y compradores. Los guardias me echaron de ahí, debido a que, muchas de esas monedas habían caído en los bolsos de las señoras que ahí adquirían cosas innecesarias. Así que cuando mi cabeza comenzó a rearmarse y a recuperar las piezas metálicas, muchas de las carteras se guardaron en mi mente. Y de ahí nunca más las pude sacar.
Recuerdo, también, que ese día muchos turistas me sacaron fotos. Y había un par de chinos que me confundieron con un personaje de una serie y se sacaron una instantánea, cómo le decían ellos, conmigo (antes de que el guardia me sacara por las querellas múltiples de las señoras).
Otro día estaba en un parque, en donde volaron por los aires muchas cosas, dentro de las que destacaban un barco a escala que mi padre casi armó una vez, el libro de cuentos para niños que mi madre solía leerme y mi primer perrito, un pequeño perro salchicha.
El tema es que un niño que pasaba por ahí, comenzó a jugar con el perro, y cuando se encariñó con él, mi mente lo reabsorvió, y el pequeño comenzó a llorar. Su madre me miró con cara de rencor absoluto, y se lo llevó de la mano.

Escrita por valeeromaan el 3 de agosto de 2011


miércoles, 4 de julio de 2018

Reposteando a otrabipolarmas


Estoy reposteando una entrada escrita por una escritora que se nombra como nosoyyosoyyo 


Publicada originalmante el 24 de junio de 2018 por Nosoyyosoyyo
 
La flor que crece en el desierto, sedienta, reza por lluvias, por tormentas. Las estrellas por las noches le contaron historias de lugares en el mundo donde el agua cae desde el cielo e inunda todo. La flor imagina esos lugares y sufre.  Durante el día la flor ruega que el sol la abandone un poco, hace tanto calor que se siente incinerar, no tiene tregua, es fuego en medio de tanta arena.

La flor del desierto está sola, en medio de la nada. Sueña con rodearse de unos ojos que la contemplen o le sientan su perfume; de un picaflor que disfrute de su néctar o de ser simplemente una más en el paisaje, aunque pase desapercibida y sea ordinaria junto a otras iguales, pero con la tranquilidad de estar en el mundo para el que debería haber sido creada.

La flor está muriendo día a día, no está hecha para ese lugar, simplemente fue una semilla que alguien dejó caer y la trajo hasta allí. La flor sufre, pero se la ve tan bella… tan colorida… tan única… pero sufre, ella no está preparada para ese ambiente tan extremo con el que lucha su suprema delicadeza, su vulnerable capa de dulzura.