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viernes, 11 de enero de 2019

TESTIMONIO


Esta entrada es una republicación de la revista mente sana la entrada original la pueden encontrar en la siguiente dirección https://www.mentesana.es/testimonios/en-la-mente-de-un-bipolar_68

Habla de las experiencias de una persona que ya ha vivido y sobrevivido a muchos de los inconvenientes que trae el ser bipolar.



¿Cómo es la mente de un bipolar?
El trastorno bipolar afecta a todos los aspectos de la vida de quienes la padecen. Un diagnóstico a tiempo y seguir unas pautas claras son clave para limitar su impacto.
Rafael Narbona

Cuando me pidieron que escribiera sobre el trastorno bipolar, pensé de inmediato en mi hermano Juan Luis. Al igual que yo, padecía la enfermedad, pero nunca se la diagnosticaron y se quitó la vida a los cuarenta años, incapaz de comprender que sus altibajos no eran un rasgo de su carácter, sino la expresión de una cruel enfermedad.

Desgraciadamente, el diagnóstico estigmatiza, pero también clarifica y ayuda a convivir con una patología que hasta hace poco se denominaba psicosis maniaco-depresiva.

Mi relación con mi hermano no se caracterizó por su intensidad, sino por largos periodos de separación y pocas experiencias compartidas. Cuando yo nací, él ya no vivía en casa. Por su trabajo, viajaba mucho al extranjero. Sus visitas eran imprevisibles. No le gustaba avisarnos. Simplemente, se plantaba en la puerta y llamaba.

A veces, sonriente y cargado de regalos. Otras, huraño y malhumorado. Yo era un niño y no comprendía bien sus reacciones. Si preguntaba por su infancia y adolescencia, siempre me respondían: “Muy cambiante. Encantador, cariñoso, extrovertido y, de repente, huraño, frío y con tendencia al aislamiento”.

Energía para acabar
En sus últimos años, nos vimos un poco más y noté que algo no funcionaba bien. Un viaje a Guinea Ecuatorial aceleró la tragedia, pues contrajo el paludismo y experimentó alucinaciones. Quizá fue la quinina o algo que desconozco, pero mejoró semanas antes de suicidarse. Su mente se estabilizó, recuperó su sentido del humor y se mostró más activo.

En el punto más bajo de la depresión, careces de iniciativa incluso para hacer algo trágico

 ‘‘La depresión ya no controla mi vida’’  
TESTIMONIO

‘‘La depresión ya no controla mi vida’’
Por entonces, yo no sabía que el suicidio exige energía y determinación. Su fatal decisión se consumó a una hora indeterminada de la madrugada. Esa misma mañana había recogido un traje del tinte, habíamos paseado por el Parque del Oeste e incluso habíamos bromeado.

Sin embargo, ya había adoptado las medidas necesarias para poner fin a su vida. Probablemente, su mejoría le dio las fuerzas necesarias para hacerlo. Es algo bastante habitual. En el punto más bajo de la depresión, careces de iniciativa, incluso para hacer algo trágico e irreversible.

Trastorno Bipolar: hacia una sociedad libre de prejuicios
Yo tampoco comprendía lo que me sucedía cuando se apoderó de mí un profundo abatimiento mezclado con brotes de euforia. A los treinta, me diagnosticaron depresión. Diez años más tarde, consideraron que se habían equivocado y que en realidad era trastorno bipolar.

No se trata de un caso de negligencia médica, sino de una confusión habitual. Normalmente, se tarda una década en averiguar que –en algunos casos– la depresión solo es una de las dos caras de la bipolaridad.

No voy a repetir mi historia, que ya he relatado en estas páginas y en un libro autobiográfico. Solo quiero despejar dudas y enviar un mensaje de esperanza. Cuando me diagnosticaron trastorno bipolar, yo ya sabía que la bipolaridad era una forma de psicosis. Dicho de este modo, puede sonar aterrador, pero lo verdaderamente aterrador es que aún se asocie la psicosis a conductas violentas o antisociales.

Para muchos, Norman Bates, el asesino con “doble personalidad” que interpreta Anthony Perkins en Psicosis, la famosa película de Alfred Hitchcock, es el arquetipo de enfermo psicótico. Es más, se tiende a confundir psicosis y psicopatía, cuando lo cierto es que se trata de fenómenos completamente distintos.

Lo verdaderamente aterrador es que aún se asocie la psicosis a conductas violentas o antisociales

La psicopatía es una alteración de la personalidad que aniquila la empatía o incluso frustra su aparición. Es algo común en asesinos y maltratadores, pero también hay comportamientos psicopáticos en la vida cotidiana que pasan desapercibidos.

El maltrato psicológico y la manipulación emocional son notas características de la psicopatía y pueden detectarse en el hombre que golpea a su pareja, el padre o la madre que pega a su hijo, el desalmado que abandona a su perro o el jefe que humilla impunemente a sus subordinados.

Una percepción incomprendida de la bipolaridad
La psicosis no afecta a la empatía, sino a la percepción de la realidad. Deforma los hechos, alterando su significado. Puede consistir en interpretar un gesto banal como una cruel forma de rechazo, pensar que eres el centro de las miradas o sentir que un entorno normal contiene unas insoportables dosis de hostilidad.

En los casos más graves, la psicosis puede presentarse acompañada de alucinaciones auditivas y, más raramente, visuales.

Un enfoque liberador de la salud mental     
        
ANTIPSIQUIATRÍA

Un enfoque liberador de la salud mental
La psicosis puede inducir comportamientos hondamente autodestructivos, pero solo en un 3% de los casos se traduce en actitudes violentas hacia los demás. No incluyo en esa estadística los incidentes sin relevancia penal. Casi nunca se menciona que el riesgo de sufrir una agresión física, maltrato psicológico o cualquier forma de abuso sexual se multiplica por cinco, si se padece alguna enfermedad mental.

Las dos caras de la moneda
La bipolaridad no es “doble personalidad”, si bien es cierto que los estados de manía y depresión afectan a la forma de ser, instigando cuadros de exaltación o congoja. La psiquiatría diferencia entre trastorno bipolar de tipo I y trastorno bipolar de tipo II. En el tipo I, la deformación de la realidad es más aguda y las alucinaciones son frecuentes, pero no aparecen necesariamente. La manía se dispara y el afectado pierde el control de sus actos.

La bipolaridad no es “doble personalidad”, pero los estados de manía y depresión afectan a la forma de ser

En el tipo II, la pérdida de contacto con la realidad es menor y la excitación, menos intensa. De ahí que se hable de hipomanía. Hay una situación particularmente complicada: los estados mixtos con ciclación rápida. En esos casos, la depresión y la manía se manifiestan al mismo tiempo, a veces con diferencia de horas o minutos. Se llama ciclación rápida a los cambios bruscos e imprevisibles.

Los estados mixtos se prolongan a veces durante años. Son más resistentes a la psicoterapia y al tratamiento farmacológico. El riesgo de suicido se incrementa peligrosamente. El 15% de los bipolares se suicidan. En los estados mixtos, la estadística sube hasta un 30%. Yo he pasado por una situación de estas características, pero afortunadamente logré salir de esa espiral.

Vivir con este trastorno: una dura realidad
Actualmente, disfruto de un estado de eutimia o estabilidad. La posibilidad de sufrir nuevos episodios nunca se esfumará, pero gracias a la psicoterapia, la psicofarmacología, la higiene del sueño, la meditación, el ejercicio físico, un entorno afectivo positivo y una rutina enriquecedora, donde desempeña un papel esencial la escritura, he logrado alejarme de la depresión y la manía.

Podría enumerar los síntomas de la bipolaridad, pero prefiero relatar mi experiencia, no sin advertir previamente que existen suficientes recursos para neutralizar los síntomas y hacer una vida prácticamente normal.

El don de la bipolaridad: úsalo a tu favor  
             
CREATIVIDAD

El don de la bipolaridad: úsalo a tu favor
Perdí a mi padre a los ocho años y, al parecer, eso cambió mi carácter. Hasta entonces, fui un niño extrovertido y alegre, pero poco a poco me hice solitario, introvertido y melancólico. A los treinta años, una serie de acontecimientos traumáticos agravaron esas tendencias. La tristeza se hizo insoportable.

Lloraba por cualquier motivo. Apenas podía dormir. No lograba concentrarme ni ilusionarme por nada. Era incapaz de tomar decisiones. El más pequeño esfuerzo me resultaba agotador. Perdí veinte kilos en un mes. Obsesionado con la muerte, ideaba planes de suicidio, sin otra preocupación que fracasar.

Si me pidieran una fórmula para ayudar a un bipolar, no vacilaría: ternura, infinita ternura

Creo que la manía brotó como un mecanismo patológico de defensa. De una forma relativamente brusca, pasé de la tristeza a la euforia. Seguí perdiendo peso y mis horas de sueño se hicieron aún más escasas, pero una energía incontenible me empujaba a realizar proyectos disparatados, hablar sin parar, establecer nuevas relaciones.

Ya no me sentía cansado. Subía las escaleras de tres en tres. Compraba cosas innecesarias de forma compulsiva. Mi concentración no mejoró. De hecho, las ideas fluían por mi mente a una velocidad vertiginosa, pero ya no experimentaba deseos de morir. La apatía sexual se convirtió en hiperactividad. Con la autoestima por las nubes, me sentía capaz de todo.



DE PRODUCTIVIDAD Y MANIA

Se ha dicho que la bipolaridad es la enfermedad de los artistas y no es falso. La lista de grandes creadores afectados por la enfermedad es muy abultada: Beethoven, Schubert, Schumann, Chaikosvki, Van Gogh, Munch, Virginia Woolf, Poe, Mark Twain, Hemingway, Sylvia Plath, Anne Sexton, Herman Hesse, Nietzsche, David Foster Wallace.

No pretendo compararme con ellos, pero yo, que he publicado dos libros y más de mil artículos en quince años, empecé a escribir durante mi primer brote de manía. Hijo de un escritor olvidado, había descartado seguir los pasos de mi padre, quizá porque mi autoestima era muy débil. Con la manía desapareció cualquier complejo o inhibición. Van Gogh realizó casi novecientas obras en una década, padeciendo un estado mixto.

¿Significa eso que la bipolaridad es una de las puertas de acceso al arte? No creo, pero parece innegable que en una mente creativa la manía incrementa el flujo de ideas e intuiciones, lo cual puede alumbrar periodos de alta productividad. Es el caso de Van Gogh o Sylvia Plath, que escribía a un ritmo trepidante.

Plath afirmaba que tenía un don, pero todo indica que muchas veces escribió bajo los efectos de la hipomanía. No conviene alimentar mitos o visiones románticas. Van Gogh se suicidó con treinta y siete años. Sylvia Plath con treinta. Cuando la hipomanía se convertía en manía o caían en una profunda depresión, no podían trabajar. Si no se hubieran quitado la vida, nos habrían legado una obra más vasta, rica y compleja.

Infinita ternura
No hay que sucumbir al pánico ante un diagnóstico de bipolaridad. Es posible educar las emociones y hay infinidad de recursos para abordar los momentos críticos. Siguiendo ciertas pautas, se puede llevar una vida satisfactoria en lo personal y laboral, con razonables expectativas de éxito y felicidad.

Me hubiera gustado decirle esto a mi hermano, me habría agradado oírlo cuando yo empecé a sufrir los mismos problemas, no renuncio a pensar que algún día la sociedad reaccionará con solidaridad y comprensión, sin estigmatizar ni marginar a los afectados.

¿Cómo podemos actuar ante un caso de trastorno bipolar?     

   
CONSULTORIO

¿Cómo podemos actuar ante un caso de trastorno bipolar?
Si alguien me pidiera explicar con un término el trastorno bipolar, no dudaría: vulnerabilidad, extrema vulnerabilidad. Si me pidieran una fórmula para ayudar a un bipolar, tampoco vacilaría: ternura, infinita ternura. “La ternura salvará al mundo”, escuché una vez. Quizá no es cierto, pero sí estoy seguro de que puede salvar muchas vidas.

Cómo estar mejor si eres bipolar

Una buena higiene del sueño. Dormir entre ocho y nueve horas al día es esencial. El descanso será más reparador si antes de acostarte das un paseo de media hora y te das una ducha de agua caliente. Conviene cenar al menos dos horas antes y acostarse todos los días a la misma hora, sin prolongar el sueño innecesariamente. Dormir más de nueve horas puede provocar síntomas de depresión. Y una noche sin dormir puede precipitar una recaída.

Hacer ejercicio habitualmente. La actividad física es un excelente antidepresivo. La mente se relaja y libera endorfinas. La Universidad Estatal de California (EE. UU.) realizó un estudio sobre los ejercicios que reducen la tristeza y la ansiedad, y llegó a la conclusión de que el yoga mejora los cuadros depresivos hasta el punto de permitir bajar las dosis de medicación. El ejercicio nos brinda la oportunidad de salir al exterior, relacionarnos y desconectar de los problemas cotidianos.

Mantener una rutina gratificante. Casi nadie puede escoger completamente su estilo de vida, pero hay que hacer lo posible para llevar una existencia satisfactoria, distribuyendo el tiempo inteligentemente. Si sentimos que cada día es una sucesión de penalidades, preservar nuestro equilibrio será más complicado.

Planificar las tareas que producen estrés. Cualquier cambio o novedad puede constituir un motivo de estrés. Debemos anticiparnos a las circunstancias que disparan nuestra ansiedad. Un simple viaje puede crear mucha angustia. Por eso, conviene prepararse mentalmente y organizarse para no enfrentarnos a sorpresas desagradables. No es buena idea dejar cosas para última hora.

No centrarse solo en la medicación. La medicación no cura. Solo mantiene los síntomas a raya. Esto a menudo es imprescindible, pero el camino real para mejorar (y para necesitar menos medicación) es el psicoanálisis u otras psicoterapias.

Aprender a distanciarse de las emociones. Quizá es complicado, pero es posible. Si aprendemos a observar nuestras emociones y distanciarnos de ellas, no nos afectarán tanto. La meditación puede ayudarnos mucho. No se trata de reprimir emociones o recuerdos, sino de dejarlos pasar. En la mente, nada es definitivo. Contemplar un paisaje o sentir el sol en el rostro puede ayudarnos a superar la ofuscación.

Cultivar la amistad. La tendencia al aislamiento es uno de los síntomas más peligrosos y dañinos del trastorno bipolar. El ser humano está incompleto sin un círculo que proporcione cariño, ayude a mejorar la autoestima y soportar las contrariedades. “Nada es más útil a un ser humano que otro ser humano”, escribió Baruch Spinoza en el siglo XVII. Y casi nadie se ha atrevido a cuestionarlo.

Ponerse metas, elaborar proyectos, ser positivo. Es básico elaborar un proyecto de vida, fijarse metas realistas, sentir que avanzamos. El pesimismo es terriblemente destructivo, pues paraliza la iniciativa y nos desalienta ante la más pequeña dificultad. Ser positivo contribuye a mejorar nuestra calidad de vida y a materializar nuestras ilusiones. El optimismo solo es negativo si alimenta expectativas irracionales.

No exponerse innecesariamente . Las actitudes de evitación no son buenas, pero a veces no es conveniente asumir tareas que nos desbordan. La muerte un familiar produce mucho sufrimiento. A veces es recomendable delegar en otros determinados trámites. No debemos sobrevalorar nuestros recursos.

Evitar las relaciones tóxicas. Una persona vulnerable está más expuesta a relaciones tóxicas. No debemos permitir que nadie dirija nuestra vida, decidiendo por nosotros. Una relación de pareja tóxica es especialmente desestabilizadora. Conviene alejarse de personas celosas, culpabilizadoras, dominantes y chantajistas.

No precipitarse a la hora de tomar decisiones. Los bipolares son hiperemotivos e impacientes, lo cual les incita a ser impulsivos. Una decisión importante puede esperar, y si es algo secundario, tampoco hay prisa. Dar marcha atrás no siempre es factible, por eso hay que pensar bien las cosas.

Relativizar los fracasos. El fracaso es una experiencia inevitable y necesaria que nos ayuda a madurar. Si no conseguimos algo, podemos intentarlo otra vez. O cambiar de objetivo. Si no culminan un ascenso a la primera, los alpinistas aprenden de cada error y lo intentan de nuevo. Debemos seguir su ejemplo. Y si la montaña nos resulta inaccesible, buscar otra a la altura de nuestras posibilidades.

Mantener una vida sexual satisfactoria. Como el ejercicio, el sexo es un buen antidepresivo. A veces, la medicación provoca una disminución de la libido, pero eso no afecta al contacto físico, las caricias, los besos. Sentir la cercanía de otra persona es una fuente de bienestar que siempre contribuirá a que estemos mejor.

No sincerarse con los extraños. La familia cercana y los amigos íntimos deben conocer tu problema, pues si no es así, pueden malinterpretar tus emociones. Pídeles que se informen sobre la enfermedad: la relación mejorará y podrán comprenderte mejor. En cambio, no hay ninguna necesidad de compartir tus circunstancias con personas que podrían responder con rechazo.

No perder la esperanza. Es lo más importante. El trastorno bipolar afecta a millones de personas y la mayoría logra controlar la enfermedad. Si estás en un mal momento, no caigas en la visión túnel, que lo pinta todo negro. Aunque no se perciba a primera vista, siempre hay alternativas. Y si no las percibes, pide ayuda. Hay asociaciones que te pueden prestar apoyo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Otro bipolar opina sobre la muerte de unbipolar famoso

De nuevo publico en mi blog la entrada de Rafael Narbona que publicó a raiz de la noticia de la muerte del actor Robin Williams. lo pueden ver en su blog en: http://rafaelnarbona.es/?p=8757#more-8757


UN BIPOLAR ANTE EL SUICIDIO DE ROBIN WILLIAMS




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¿Qué experimenta un bipolar cuando se suicida otro bipolar? Aunque no se ha comentado demasiado, Robin Williams era bipolar. La lista de actores que sufren esta patología es notable e incluye a Stephen Fry, Catherine Zeta-Jones, Jim Carrey, Ben Stiller, Mel  Gibson, Richard Dreyfuss. Todo indica que Williams primero intentó cortarse las venas, pero probablemente no pudo soportar el dolor. Las venas se resisten a liberar su carga, casi como un niño que lucha para no dormirse porque tiene miedo a la oscuridad. Sin embargo, cuando el deseo de morir se ha apoderado de la mente, no se desiste con facilidad. Por eso, el famoso actor cambió de método, ahorcándose con un cinturón. Al parecer, escogió la noche para decir adiós. Tal vez le empujó el insomnio, un adversario particularmente cruel. La desesperación se agudiza cuando el mundo escatima su tregua diaria, esa pequeña muerte que paradójicamente nos ayuda a vivir, suspendiendo por unas horas el mundo real. Los bipolares raramente disfrutan de un sueño reparador. Yo sufro continuas pesadillas. Sueño que me ahogo, que mi piel arde y se desprende como las pavesas de una hoguera, que mi garganta intenta articular sonidos y solo produce estertores, que mis ojos hormiguean con miles de insectos agitándose debajo de los párpados. Suelo levantarme agotado y confuso, pero el turbulento mundo de los sueños me resulta más tolerable que mi rostro en el espejo, maltratado y envejecido por un dolor obstinado.
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No voy a ocultar que la muerte de Robin Williams me ha afectado. Tengo 50 años, escribo, soy bipolar, no tengo hijos, he sobrevivido a varios intentos de suicidio y he perdido la esperanza de vivir sin el lastre de la angustia, la tristeza y la ansiedad. El trastorno bipolar recorta la esperanza de vida en diez, veinte, treinta años. Cada estudio arroja un resultado diferente. Mi hermano Juan Luis hundió la cabeza en un horno y abrió las espitas del gas con cuarenta años. No albergaba convicciones religiosas, pero escenificó su muerte con una hilera de crucifijos, alineados en el pasillo que conducía a la cocina. Era mi hermano, pero también una ausencia que yo he combatido reelaborando mis recuerdos, pues no soportaba el contraste entre la realidad y el deseo. Si miro hacia atrás, hay más vacíos que vivencias compartidas. En muchos aspectos, fuimos dos desconocidos que se encontraban de tarde en tarde, fracasando una y otra vez en el propósito de tejer una relación basada en el afecto y la comprensión. Nuestra impotencia para llegar al otro no impidió que naufragáramos en las mismas aguas. Si alguien examina nuestras vidas, advertirá grandes diferencias, pero también se preguntará si no éramos la misma persona, bordeando los mismos abismos. Quizás yo he vivido diez años de más, pero el anhelo de escribir me empuja a seguir aquí. Percibo mis días como páginas que avanzan entre el sufrimiento y el anhelo de felicidad. A estas alturas, tal vez solo soy palabras que se resisten a morir.
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Robin Williams no era uno de mis actores favoritos. Es indudable que tenía talento, pero quizás por mi edad estoy más cerca de Montgomery Clift o Marilyn Monroe. Los dos eran bipolares, autodestructivos y profundamente desdichados. Monty se maltrató a conciencia, abusando de las drogas y el alcohol. Apenas superó los cuarenta años. Marilyn vivió menos. La noche del 5 de agosto de 1962 su cuerpo se rindió ante un cóctel de barbitúricos. Al parecer, mezcló Nembutal (pentobarbital) y Seconal (secobarbital), una combinación fatal que solo fue posible porque su médico de cabecera y su psiquiatra no compartían información. Todo indica que esta vez no buscaba la muerte, pero sí unas horas de sueño, con la desesperación del que ha sobrevivido a duras penas a feroces insomnios. Nunca sabremos las causas y circunstancias exactas de su muerte. Sin embargo, hay incontables testimonios sobre sus fallidos intentos de suicidio, que evidencian su inestabilidad emocional. Ser inestable no es una elección, sino un estado del alma que brota de una interminable herida. No sé cuál era la herida de Robin Williams, que agravó su desorden interior con previsibles adicciones. Previsibles porque el alcohol y las drogas mitigan la depresión, induciendo una alegría tan artificial como efímera. De joven consumí ácidos y cocaína. Solo fue un contacto fugaz, pero no he olvidado su efecto. Al principio, experimentas euforia, excitación y una ilimitada confianza en ti mismo. Hablas durante horas, con una aparente clarividencia. Sientes que por fin has logrado desembarazarte de cualquier inhibición o complejo, pero solo es un cruel espejismo. La avalancha de palabras, hallazgos e intuiciones se detiene poco a poco y de repente comienza una vertiginosa caída. Parece que has saltado por la ventana de un patio interior, con las paredes de color ceniza y un suelo que se prepara para destrozar tu cuerpo, transformando tu cerebro en una medusa moribunda. Al parecer, Robin Williams había superado sus adicciones, pero no la depresión, que se había agudizado durante las últimas semanas. Cuando encontraron su cuerpo, se hallaba casi sentado. Mi hermano estaba de rodillas, con los pies descalzos. Ambas imágenes son desoladoras, pues reflejan indefensión y fragilidad, pero también una profunda determinación de morir.
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El suicidio no es una elección libre y racional, sino un impulso incontrolable. Yo celebro estar vivo. Entre 1993 y 2007, busqué la muerte en varias ocasiones, combinando antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos, pero desde que empecé a escribir literatura la perspectiva del suicidio perdió fuerza y ahora solo es un lejano fantasma. El suicidio de Robin Williams ha resucitado ese fantasma, pero no como una posibilidad, sino como un doloroso recuerdo. He pensado en Margaux Hemingway, que se suicidó el 1 de julio de 1996. No era una fecha cualquiera, sino el aniversario del suicidio de su abuelo, Ernest Hemingway, el gigantón que amaba el boxeo, los toros, la caza, la guerra, y que en la madrugada del 2 de julio de 1961 se voló los sesos con su escopeta favorita, una Boss calibre 12. Hemingway conservaba la pistola Smith & Wesson con la que se suicidó su padre, el médico Clarence Edmonds. Clarence se pegó un tiro en la cabeza mientras se encontraba en el despacho de su consultorio. Cuando recibió la noticia, el escritor comentó: “Probablemente yo voy por el mismo camino”. Al igual que su abuelo, Margaux sufría trastorno bipolar. Se quitó la vida en su apartamento  de Santa Mónica, California, utilizando una sobredosis de fenobarbital. Tenía 42 años. Dejó un bloc de notas, pero arrancó algunas hojas y las quemó. En las primeras páginas se leía: “Amor, curación, protección perpetua para Margot”. También quemó incienso, hizo un montoncito con sal, alineó dos velas y depositó un ramo de flores blancas en la mesilla de noche. A la izquierda de su cama, colocó un osito Teddy, quizás por nostalgia de la infancia, pese a que siempre manifestó que de pequeña había sido muy desgraciada. Al examinar el cuadro, algunos pensaron que pretendía formular un conjuro contra la muerte, pero tal vez solo quiso escenificar su suicidio. El suicidio es una ceremonia privada abocada a convertirse en acontecimiento público, especialmente si eres un artista. Quizás Margaux nos dejó un mensaje que no sabemos interpretar o solo nos quiso decir adiós a su manera.
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Sobrevivir a un suicidio no produce alivio, sino rabia y frustración. Es un nuevo fracaso en una vida marcada por los sentimientos de fracaso, pero eso no significa que resulte deseable tener éxito, pues el que se mata deja un rastro terrible en su entorno. De alguna manera mata a los que le querían. Yo no soy capaz de pensar en mi hermano sin recordar su suicidio. Sus fotos descansan en un álbum, lejos de la vista, pues su imagen está inevitablemente asociada a su trágica muerte. No le he olvidado. Simplemente, no soporto la sombra del suicidio, dibujándose en una mesa o una repisa. Yo no deseo añadir un nuevo drama a la historia de mi familia. Quiero vivir, tengo muchas ganas de vivir. Pienso que solo he empezado una segunda navegación como escritor, después de pasar quince años en la enseñanza y un lustro como investigador y bibliotecario. Robin Williams nos deja el mismo año que Philip Seymour Hoffman, que se inyectó una explosiva mezcla de heroína, cocaína, benzodiacepinas y anfetaminas. Ambos sucumbieron a sus demonios interiores. Hoffman comentó a sus amigos: “Sé que voy a morir”, pues seis semanas antes había superado de milagro una sobredosis. Incapaz de controlar su adicción, consumía también grandes cantidades de alcohol. Se puede decir que también se suicidó, pues alcohol, drogas y enfermedad mental suelen bailar en la misma cuerda, sin ignorar que antes o después caerán al vacío. Yo me he enamorado de las palabras y eso me ha salvado. Ahora me dedico a seguir los pasos de la luz, embriagándome con su belleza. No hay mucho más. La realidad solo es eso y quizás sea lo mejor, pues nuestra conciencia no podría soportar la carga de la infinitud. Robin Williams no ha sido acogido por un Dios compasivo. Está con nosotros, invitándonos a darle la espalda a la melancolía. No se me ocurre mejor homenaje que mirar al cielo y sencillamente sonreír.
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RAFAEL NARBONA
http://rafaelnarbona.es/?p=8757#more-8757

Realmente me encanta como Rafael expresa los sentimientos que sentimos los bipolares, expresar con palabras lo que se siente o sufre con nuestro problema de bipolaridad es bien dificil.

Comparto mi opinión sobre que Williams no era tampoco uno de mis actores de Hollywood favoritos, dentro de las actuaciones en películas que he visto, solo rescato la que hizo en Good Will Hunting.

Como actor de TV me gustaba cuando niño su papel que hacia en Mork y Mindy.


martes, 25 de marzo de 2014

Un bipolar en primavera por: Rafael Narbona

Me sigo tomando el atrevimiento de reproducir entradas del blog de Rafael Narbona, dado que tuve el permiso de parte de él, en el caso de un post anterior.

A continuación presento otro post donde trata de forma precisa los sentimientos de una persona que sufre esta dolencia, donde aún estando en un periodo de cierta normalidad, los sentimientos están afectados.

La entrada original la pueden encontrar en un bipolar en primavera http://rafaelnarbona.es/?p=7068#more-7068



UN BIPOLAR EN PRIMAVERA


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Hace unas semanas me encontraba tan bien que me planteaba si los médicos no se habían confundido en mi diagnóstico. No es la primera vez que me sucede y creo que es una vivencia común entre ese 25% de la población mundial, con alguna clase de trastorno mental. Desde hacía mucho tiempo, no experimentaba picos de euforia ni estados depresivos. Los últimos meses se habían mostrado particularmente benévolos, ahuyentando la melancolía y sembrando la esperanza. No pensé que la proximidad de la primavera se aliaría con la imperfección de las relaciones humanas para desencadenar una recaída depresiva. He escrito un libro sobre mi interminable litigio con el trastorno bipolar, pero creo que muchos aún no han comprendido la naturaleza de esta enfermedad. Sólo los que conviven conmigo han captado las turbulencias que se desatan en mi interior y han aprendido a no alimentarlas con torpezas o reacciones intempestivas. Miedo de ser dos recrea mis cincuenta años de vida, prestando una especial atención a los últimos veinte, que constituyen el escenario de mis crisis. En esas dos décadas mi cerebro ha soportado el asedio de la psicosis maníaco-depresiva, una patología insidiosa y recurrente que nunca se da por vencida. Ahora me dispongo a librar un nuevo asalto, convencido de que esta vez la muerte no será una tentación, sino un lejano telón de fondo. No anhelo morir, pero agradezco que nuestro tiempo no sea ilimitado. Si el ser humano viviera eternamente, su peripecia se parecería al martirio de Sísifo, pero sin la grandeza de los mitos.
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¿Por qué me quejo de la incomprensión ajena? Algunos olvidan que el rasgo diferencial de una mente herida no es el talento, sino la extrema vulnerabilidad. Ser vulnerable significa que estás más expuesto al dolor y posees menos recursos para enfrentarte con la adversidad, incluso cuando ésta se presenta como algo trivial e insignificante. Ya no me produce angustia conducir, pero cualquier trámite que altere mi rutina me aterra. Enviar un giro postal, rellenar un impreso, realizar una gestión en el banco, hablar con un amigo. Vivo en una casa de campo bordeada por la estepa castellana. No me gusta la dureza de esta tierra, con sus campos desnudos y sus temperaturas extremas. Lejos del mar, la llanura escatima el frescor, la brisa, la ternura. No se pueden establecer analogías con el desierto, pues el desierto es un espacio tan enigmático como el universo o el océano. Su vacío es una forma de plenitud. En cambio, la planicie de la meseta es tan áspera como una plegaria que no espera respuesta. No hay nada más desolador que sentir el silencio de Dios, corroborando que el anhelo de un más allá sólo es una fantasía infantil. Las montañas del horizonte, con sus crestas blancas, acentúan la desolación del que camina solo, sorteando surcos, piedras y retamas, pues la felicidad parece algo muy lejano y casi inaccesible.  Yo no pertenezco a este paisaje, pero me refugio en él, pensando que más allá comienza el mundo, con sus tensiones y conflictos. La tentación de aislarse es casi irresistible, pues el trato con los otros resulta tan hiriente como observar la agonía de un niño enfermo. Algunos no advierten ese sufrimiento y no lo entienden. No puedo reprochárselo, pues yo tampoco lo comprendo. Casi todos nos debatimos en la telaraña de nuestro propio ego y somos incapaces de entender al otro, particularmente cuando su cerebro es una copa de cristal a punto de estallar.
En Miedo de ser dos, hablo muchas veces de la luz como una fuente de alegría y serenidad, pero lo cierto es que la luz primaveral es cruel e implacable. Penetra en nuestros ojos con la fiereza de un cuchillo, abriéndose paso hasta la glándula pineal. Sé que la luz de marzo ha afectado a mi secreción de melatonina, la hormona que regula los ciclos circadianos y los estados de ánimo. Somos pura química, pero nuestra conciencia se rebela contra ese hecho elemental. No soportamos ser simple biología, desplegándose de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Pienso que lo único trascendente es nuestra capacidad de poetizar nuestro paso por el mundo. Estamos abocados a desaparecer sin dejar huella. No sólo morirá nuestro yo. Beethoven, Shakespeare, la pintura de Rembrandt, las Ideas platónicas y las ecuaciones de Einstein son piruetas efímeras en la vida del universo. Nada podrá evitar que caigan en el olvido. Desconocemos lo que nos precede y lo que surgirá cuando ya no estemos aquí. Somos transeúntes, simples vagabundos, que viajamos del centro a los márgenes y de los márgenes a la nada. La luz se enreda en nuestras vidas, provocando reacciones paradójicas. Este año la luz me ha desequilibrado, pero en otras ocasiones me ha ayudado a continuar. Recuerdo una tarde de desolación a los diecisiete años. En esas fechas, no se hablaba de bipolaridad y yo no sabía casi nada sobre la mente humana. Simplemente, experimentaba una tristeza intensa y contemplaba el futuro con un pesimismo irreductible. Me encontraba en Guadarrama y había pasado toda la tarde en la cama, demorando el encuentro con el mundo exterior. Por mi cabeza rondaba la idea del suicidio. Era un joven solitario e inadaptado. La muerte de mi padre había dejado un profundo vacío en mi interior. No tenía amigos. No me entendía con los chicos de mi edad. Era la época de las discotecas, el alcohol, las drogas y las hormonas desbocadas. El compromiso político ya no estaba de moda y la Movida ya había empezado a mostrar su rostro estúpido y reaccionario. Alaska y su corte de imitadores presumían de ser frívolos y consumistas. El esnobismo adquiría rango de categoría estética y las letras insustanciales (“Terror en el hipermercado / Horror en el ultramarinos / Mi chica ha desaparecido / y nadie sabe cómo ha sido / no, oh”) reemplazaban a las canciones que habían servido de inspiración a las generaciones anteriores  (“Sólo le pido a Dios / Que el dolor no me sea indiferente / Que la reseca muerte no me encuentre / Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”). Mi afición a la literatura me hacía fracasar en todos los frentes. Cosechaba suspensos, pues dedicaba las horas de estudio a leer a Tolstoi, Chejov, Nietzsche o Borges, aunque muchas veces no los entendiera. No lograba integrarme en ninguna pandilla. Después de cometer unas cuantas fechorías entre los catorce y los dieciséis años, me había transformado en un chico tímido e introvertido. Odiaba bailar y beber. No soportaba el tabaco y las drogas me inspiraban miedo y repugnancia, lo cual no significa que años más tarde no sucumbiera a los paraísos artificiales, pagando un tributo exiguo a un dios que devoró las vidas de algunos amigos de mis años universitarios. Las chicas no me hacían mucho caso. Era bajito y parecía más joven, casi un niño. Pasar las horas en el Parque del Oeste con los cuentos de Julio Cortázar o las novelas de Hermann Hesse, no incrementaba mi atractivo, al menos en aquella época. Los libros me acompañaban día y noche, pero eran como las velas desgarradas de un barco que zozobra sin remedio. Viajarían conmigo hasta el fondo del océano, pero no evitarían que me ahogara.
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No sin un enorme esfuerzo, logré levantarme de la cama y salí al exterior. Me subí a una bicicleta y empecé a pedalear sin rumbo fijo. Era julio o agosto. No hacía demasiado calor y la luz se filtraba por la copa de los árboles. La claridad se deslizó suavemente por mis ojos y mi estado de ánimo cambió súbitamente. De repente, experimenté rabia, alegría, rebeldía. Pensé que vivir merecía la pena. Mis fracasos dejaron de pesarme como una prolongada condena de prisión. Mis sentidos se pusieron alerta. Debía registrar cada detalle en mi mente. Cuando regresara a mi habitación, escribiría. Escribiría sobre las casas de piedra que aún sobrevivían entre construcciones nuevas, con fachadas insulsas y ventanas de aluminio. Escribiría sobre los árboles centenarios, que extendían su sombra en la plaza del pueblo, acogiendo con la misma generosidad a jóvenes y ancianos. Escribiría sobre los desconocidos, a los que atribuía una felicidad inaudita. No recuerdo si escribí algo, pero no he olvidado que la idea de escribir me transmitió esperanza y me liberó temporalmente de la tristeza. He necesitado cincuenta años para completar un libro. Espero que sólo constituya el inicio de una obra que crecerá poco a poco. Escribir no es una elección, sino mi forma de vivir. Cuando dejo de escribir, de alguna manera dejo de vivir. La primavera se ha enseñado con mi cerebro durante unos días, pero ya estoy mejor. He conseguido romper el maleficio antes de que sellara todas las puertas. Escribir es un comienzo y un final. Escribir es mi vida y mientras logre decir algo, ligar las palabras y expresar una idea, un recuerdo o un sentimiento, tendré la certeza de que el abismo ha quedado atrás. La luz de marzo ya no es una caída interminable, sino la claridad que me reconcilia con el insólito hecho de existir.
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RAFAEL NARBONA