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lunes, 29 de agosto de 2022

La medicalización de la angustia borra su significado y genera ganancias

La medicalización de la angustia borra su significado y genera ganancias


Imagen de la red DRA



El uso de las drogas muchas veces se hace con en fin de tratar de mitigar y amortiguar el dolor por el sufrimiento físico o también el mental, muchas veces estas drogas se compran ilegalmente otras de forma legal, unas son recetadas por médicos otras autorecetadas, algunas de estas drogas tienen efectos suaves y logran calmar las molestias sin mayores efectos colaterales, otras son muy potentes y además de calmar el dolor producen otros efectos como sentir placer artificial u otros que pueden ser perjudiciales tanto física como mentalmente.

Las drogas se han dividido en buenas y malas: En las buenas están las drogas recetadas por especialistas las cuales se deben de tomar si o si, por muy mal que hagan sentir a las personas y en las malas están las drogas o sustancias 'recreativas' que son cada vez más histéricamente vilipendiadas. 

El ciudadano moderno está atrapado en un flujo constante de mensajes contradictorios, ya que se le dice por un lado que no debe dejar de tomar su antidepresivo pero se le recuerda a la vez que el alcohol, la marihuana o la cocaína son peligrosos. Se alienta a las personas a buscar supresores emocionales lícitos y recetados, pero se las menosprecia (y se las puede criminalizar si se trata de una sustancia prohibida por la ley) por buscar placer a través de medios químicos. 

Con el fin de darle tinte de legalidad a potentes drogas psiquiátricas, se ha creado una explicación pseudocientífica sobre el efecto que estas tienen sobre las personas que las toman, se afirma que estas drogas rectifican anomalías químicas del cerebro en las personas de forma similar a lo que hace la insulina para la diabetes; entonces así las compañías farmacéuticas han podido comercializar drogas para el tratamiento de la depresión mostrándolas como medicinas curativas que logran revertir la bioquímica defectuosa del individuo que se muestra como causante de la depresión.

Las personas que viven en esta sociedad actual están sujetas al sufrimiento que producen las demandas y presiones de la vida moderna: La competitividad, la gestión del desempeño, la creciente inseguridad, la desigualdad, la constante transmisión de riqueza, la extravagancia y poder de algunos contrastado con la miseria en los hogares de la gente común, este sufrimiento genera angustia y esta angustia que sienten muchas personas se ha diagnosticado en muchas oportunidades como la enfermedad de la depresión, para la cual se tiene una cura y esta cura son las medicinas modernas comúnmente denominadas antidepresivos, que básicamente son drogas catalogadas como buenas por lo tanto su uso es legal.

lunes, 8 de agosto de 2022

La depresión no es causada por un desbalance químico

A continuación reblogueo y presento el artículo que la Dr Joanna Moncrieff hace como defensa ante el ataque que se le hace en la revista Rolling Stone por decir que la depresión no es causada por un desbalance químico.


El día 30 de Julio de 2022 EJ Dickson escribió un artículo en la revista Rolling Stone, donde se ataca a la Dra Moncrieff por defender su posición científica respecto a que la depresión no es causada por un desbalance químico, La revista básicamente la ataca personalmente o profesionalmente, se trata de desacreditarla sin presentar argumentos para rebatir las teorías que plantea.

Yo por mi parte comparto muchas de las apreciaciones de la Dra Moncrieff respecto a lo que son los problemas mentales, como se afrontan estos en la sociedad actual y he escrito varias entradas al respecto en este blog.

En resumidas cuentas la posición de la Dra Moncrieff respecto a los problemas mentales y a los medicamentos para su tratamiento es la siguiente: Las enfermedades mentales no existen como tales, son un constructo de la sociedad actual. Las drogas psiquiátricas no corrigen desbalances químicos dentro del cerebro de las personas, si no que producen cambios en el funcionamiento cerebral que pueden apaciguar a la persona para que esté mas tranquila o la pueden estimular para que se sienta mas animada, adicionalmente provocan otros efectos secundarios a corto, mediano y largo plazo. 



Primero te ignoran. Entonces te ridiculizan. Y luego te atacan…

Esta declaración (a menudo atribuida erróneamente a Gandhi en una forma ligeramente diferente) fue dicha por Nicholas Klein de Amalgamated Clothing Workers of America en 1918.

Por: Joanna Moncrieff 

Traducción de Google Traductor, con correciones de parte de Oscar Márquez


Resumen:


Respondo a algunos de los puntos del reciente artículo de Rolling Stone y corrijo las muchas inexactitudes y distorsiones. 


Ignorar ya no funciona, por lo que los campeones de las grandes farmacéuticas y la psiquiatría convencional se han puesto en modo de ataque. La estrategia es socavar al mensajero (yo) para neutralizar el mensaje. En este caso, el mensaje es: No hay evidencia de que la depresión sea un desequilibrio químico del cerebro y que los antidepresivos no hacen lo que se les ha dicho a las personas que hacen, una noticia bomba; de hecho, la comunidad científica no sabe lo que hacen los antidepresivos, sin embargo, le aseguran a la gente que 'funcionan', así que no importa.


Aparentemente, nuestro hallazgo es tan obvio que "la comunidad psiquiátrica lo recibió con bostezos". Sin embargo, se mantuvo al público en la oscuridad sobre la falta de evidencia de un desequilibrio químico durante tres décadas en lo que un psiquiatra australiano llamó recientemente un 'flagelo en nuestra profesión' . Y el público está muy interesado. El artículo original se encuentra entre los 500 artículos científicos más compartidos de los 21 millones que incluso han sido rastreados, y nuestro artículo al respecto en revista Conversation ha tenido más de un millón de visitas.


En una táctica tradicional, el artículo intenta desacreditarme por asociación. Pero ahora no son sólo los cienciólogos, aunque se incluyen en buena medida (y para que conste, nunca he tenido ninguna asociación con los cienciólogos), sino los 'medios de comunicación de derecha'. El artículo señala que comentaristas de derecha como Tucker Carlson y Matt Walsh han cubierto nuestra investigación. Continúa sugiriendo que he 'promovido... la creencia de que los ISRS están relacionados con el comportamiento agresivo', lo que se describe como una 'visión marginal' que ha sido utilizada por los medios de comunicación de derecha para argumentar en contra de los controles de armas en los EE. a raíz de los tiroteos en la escuela. Lo que en realidad hice fue comentar sobre la investigación .publicado en el British Medical Journal (BMJ) que encontró vínculos entre los antidepresivos y el comportamiento agresivo (así como el suicidio) en los jóvenes. Mis comentarios fueron publicados en un editorial invitado en el BMJ , y también en mi blog . Difícilmente creo que esto esté 'promoviendo' algo, ciertamente no es una 'visión marginal'.


El periodista presenta mi respuesta a estos temas, pero mencionarlos parece sugerir que, debido a esto, nunca deberíamos haber publicado o tal vez ni siquiera haber hecho nuestra investigación. Esto equivale a la sugerencia de que a millones de personas se les debería negar información sobre las drogas que se ponen en el cuerpo todos los días porque el mensaje podría ser captado por las personas 'equivocadas'.


El artículo me acusa de "promover creencias ampliamente discutidas sobre los peligros de diversas intervenciones de salud mental, como  los antidepresivos  o formas alternativas de tratamiento". Esto no es exacto. La mayoría de los efectos adversos que he destacado en mi investigación son ampliamente reconocidos, y aquellos que son menos reconocidos (como la disfunción sexual post ISRS, que ahora es reconocida oficialmente por la Agencia Europea de Medicamentos) no han sido 'ampliamente discutidos'. o de hecho discutido en absoluto.


Un ejemplo dado es que supuestamente 'vinculé incorrectamente' el tratamiento de estimulación magnética transcraneal (TMS) con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. Esto me sorprendió, ya que nunca he escrito sobre TMS ni he investigado nada al respecto. Luego vi que el enlace en el artículo se refería a un tweet que hice de un blog sobre un grupo de Facebook donde cientos de pacientes informan sobre los efectos secundarios de la TMS, incluido el deterioro cognitivo. Aunque el deterioro cognitivo no se reconoce actualmente como un efecto secundario de la TMS, sabemos que los pacientes informan muchos efectos adversos antes de que se detecten o midan con precisión en estudios científicos (como la abstinencia de antidepresivos). En cualquier caso, no quedó claro que esta acusación se basara en un solo tuit y no en ninguno de mis escritos o investigaciones.


Otro ejemplo es que aparentemente he "defendido agresivamente la idea de que los ISRS pueden causar daños estructurales duraderos en el cerebro, siendo autor  de múltiples artículos  en ese sentido". Es muy engañoso omitir el contexto aquí y, de hecho, la mayoría de los documentos a los que se vinculan no hacen ninguna afirmación sobre daños estructurales. En un editorial invitado , hice la siguiente sugerencia: 'El cerebro es un órgano delicado; puede que no se necesite mucho para restablecer permanentemente su estructura o función.' Mi editorial discutió otros dos artículos que cubrían la creciente evidencia sobre los efectos de abstinencia y la disfunción sexual persistente, informado por personas que han dejado de tomar antidepresivos, lo que puede indicar un daño duradero en la estructura o función del cerebro. Los lectores seguramente merecen tener este contexto. La existencia de abstinencia persistente y disfunción sexual persistente ahora se ha informado en muchos artículos científicos y no se ha discutido ampliamente.


Otro ejemplo proporcionado es que en mi blog e investigación he 'promovido la idea de que la abstinencia de los ISRS puede causar manía a largo plazo o síntomas psicóticos'. Esto es completamente incorrecto. Nunca he promovido esta idea. He cubierto la existencia de los síntomas de abstinencia en general y discutido cómo estos pueden ser comúnmente severos, pero nunca sugerí que la manía o la psicosis fueran síntomas de abstinencia comunes ni destaqué estos efectos (que estoy de acuerdo con otros, es muy probable que sean extremadamente raros) .


El artículo agrega que "los efectos secundarios más comunes de la abstinencia, como mareos o malestar gastrointestinal, son incómodos pero de corta duración". Esta idea de que la abstinencia es de corta duración ya no se acepta. El sitio web del Royal College of Psychiatrists cita al Instituto Nacional de Salud y Excelencia en Atención Social (NICE) diciendo que "para algunos, los síntomas de abstinencia pueden ser leves y desaparecer relativamente rápido, sin necesidad de ayuda". Otras personas pueden tener síntomas más graves que duran mucho más (a veces meses o más).'


Minimizar la abstinencia de los antidepresivos de esta manera podría llevar a las personas a dejar de tomar los antidepresivos abruptamente y sufrir síntomas de abstinencia severos. 


El artículo tergiversa por completo mis puntos de vista sobre la autonomía personal y la salud y el ensayo que escribí sobre los puntos de vista de Szasz sobre esto en 2014. El ensayo es en realidad una consideración de la necesidad del paternalismo en algunas situaciones (es decir, la anulación de la autonomía personal). De hecho, menciono los mandatos de vacunas pediátricas como ejemplos de instancias en las que las medidas obligatorias de salud pública podrían estar justificadas en interés de la salud y el bienestar de la población, y no lo contrario como se da a entender.


El artículo de Rolling Stone continúa mencionando mi oposición al mandato de la vacuna covid del NHS. Afirma que 'conecté incorrectamente los síntomas graves de covid-19 con el uso de antidepresivos o antipsicóticos (de hecho, los datos de un  estudio observacional  sugieren que tomar ISRS en realidad puede reducir el riesgo de que una persona muera por covid)'. Esto es muy engañoso. Tuiteé un enlace a un estudio científico escrito por Public Health Scotland COVID-19 Health Protection Study Groupque encontró un mayor riesgo de covid grave con antipsicóticos y antidepresivos, junto con otras drogas no psiquiátricas como los opioides. Es cierto que algunos otros estudios han sugerido una mortalidad reducida en personas que toman antidepresivos particulares, pero esto no refuta los hallazgos del estudio escocés. Los datos son contradictorios, como suele ocurrir en las primeras etapas de la investigación sobre algo. 


El artículo me acusa de haber 'incursionado en la misma línea de pensamiento conspirativo ligero' con los antidepresivos que con las vacunas, pero si mi sugerencia es que los motivos económicos junto con la inseguridad profesional de los 'psiquiatras y la necesidad percibida de los médicos de tener algo que ofrecer' han influido en la investigación sobre los recuentos de antidepresivos como pensamiento conspirativo, entonces toda la sociología académica, la política, la historia y una gran parte del periodismo convencional consisten en pensamiento conspirativo.    


Y para aclarar una cuestión final, el psiquiatra Awais Aftab sugiere que he "desafiado la caracterización de la depresión como una enfermedad mental". En artículos filosóficos serios publicados en revistas académicas, he cuestionado si es justificado, apropiado y útil concebir el sufrimiento y las dificultades que etiquetamos como enfermedad mental como una enfermedad cerebral. Nunca he negado la realidad del sufrimiento ni la necesidad de ayudar a las personas que lo están pasando.






miércoles, 11 de julio de 2018

Diferencias importantes en el tratamiento farmacológico de problemas médicos del cuerpo y de la mente

En esta entrada estoy rebloggeando un artículo publicado por la Dra Joanna Moncrieff recientemente en su blog




La Dra Joanna Moncrieff es una médica Psiquiatra del Reino Unido que se define a si misma como: "Psiquiatra practicante y académica, además soy escritora a tiempo parcial. Me interesa la historia, la filosofía y la política de la psiquiatría, soy particularmente critica con el uso, el mal uso y la tergiversación en el uso de las drogas psiquiátricas".

El resumen del artículo que ella publica es el siguiente: "El tratamiento de los trastornos mentales con medicamentos no es el mismo tipo de actividad que el uso de medicamentos para problemas de otros órganos, además que las implicaciones éticas son diferentes. En terminos generales los medicamentos psiquiátricos no se dirigen a corregir una enfermedad o a los mecanismos que producen síntomas; su funcionamiento se basa en crear un estado alterado de funcionamiento mental que se superpone a los sentimientos y comportamientos de los pacientes".

Ver articulo completo en inglés: https://joannamoncrieff.com/2018/06/29/drug-treatment-in-medicine-and-psychiatry-papering-over-important-differences/

En este artículo la Dra Moncrieff critica la forma como la psiquiatría actual basa la forma de tratar los problemas mentales usando el modelo de accion de los psicofármacos basado en la enfermadad, criticando fuertemente y con argumentos las publicaciones que han hecho recientemente los doctores 
Pariante, Harmer y Cowen.

Ella durante mucho tiempo ha venido planteando que el modelo que se debe usar para el tratamiento de los problemas mentales es es de modelo de accion basado en los fármacos dado que según ella: "Los medicamentos psiquiatricos lejos de corregir un estado anormal, como sugiere el modelo basado en la enfermedad, inducen un estado anormal o alterado; porque estas son sustancias psicoactivas, como el alcohol y la heroína.  Las sustancias psicoactivas modifican la forma en que funciona el cerebro y al hacerlo producen alteraciones en el pensamiento, los sentimientos y el comportamiento."


miércoles, 2 de mayo de 2018

Los trastornos mentales no deberían ser considerados como enfermedades mentales



Según mi opinión los trastornos mentales no deberían ser considerados como enfermedades mentales, porque el término de enfermedad se refiere básicamente a problemas en las condiciones físicas del cuerpo humano, mientras que los trastornos mentales consisten en patrones diferenciados de comportamiento humano.

Muchas personas han tratado de mantener la idea de que los trastornos mentales se consideran como enfermedades mentales separando estos términos de su vínculo con el cuerpo.  De hecho, se ha enturbiado el concepto de enfermedad, hemos tenido que inventar nuevos conceptos para referirnos a un trastorno corporal, por ejemplo: Hablamos de enfermedades orgánicas o enfermedades físicas o enfermedades médicas, por lo tanto el concepto de "enfermedad". también a veces funciona para indicar una condición específicamente corporal, en oposición a la "enfermedad" que se usa más ampliamente.

La otra forma en que las personas han intentado envolver los trastornos mentales dentro de la categoría de enfermedad es alegando que son enfermedades del cuerpo, particularmente del cerebro. Todos estamos familiarizados con esta retórica, que a menudo presenta la idea como si hubiera sido demostrada de manera concluyente.

Según afirma el psiquiatra, E. Fuller Torrey : "Desde principios de la década de 1980, con la disponibilidad de técnicas de imágenes cerebrales y otros desarrollos en neurociencia, la evidencia se ha vuelto abrumadora de que la esquizofrenia y el trastorno maníaco-depresivo son trastornos del cerebro".

A pesar de lo anterior, La Dra Joanna Moncrieff afirma: “Estamos muy lejos de encontrar una patología específica que se alinee con lo que llamamos esquizofrenia, psicosis, depresión, ansiedad, TDAH, TOC o cualquier otro trastorno mental que desee mencionar. El hecho de que haya algunas diferencias sutiles entre las personas con algunos diagnósticos y "controles normales" en aspectos de la estructura o función cerebral no demuestra la presencia de una enfermedad neurológica. Ninguno de los hallazgos es específico o capaz de diferenciar entre una persona que se cree que tiene un trastorno mental particular y otra que no lo es. El diagnóstico aún se realiza sobre la base del comportamiento, los pensamientos y los sentimientos que informa el individuo o quienes los rodean, y que dependen, por supuesto, de los juicios sobre lo que es "normal" y lo que no.”

Son definiciones contradictorias de dos Doctores en psiquiatría, según mi opinión estoy de acuerdo con lo segundo, considero por lo tanto que los que sufrimos de problemas mentales no debemos etiquetarnos como enfermos mentales, porque el concepto de enfermedad mental es un concepto errado.  Ademas al etiquetarnos como enfermos mentales le estamos haciendo el juego a personas escrupulosas que se están beneficiando económicamente al decir que pueden curar a los enfermos mentales.


En mi caso durante mucho tiempo me consideré enfermo de trastorno bipolar, sin embargo, últimamente he reconsiderado esta definición y me defino como una persona que ha sufrido problemas mentales cuyas características concuerdan con la definición de trastorno bipolar anteriormente llamado trastorno maníaco depresivo, y esta es la etiqueta con que me he definido de unos años para acá y que también cuenta para mi servicio de salud, pienso que es posible que me haya servido en algo para saber como atacar y controlar los sentimientos negativos en periodos de crisis, sin embargo, para mi esta etiqueta de bipolaridad no la veo como una enfermedad, ni de nada que me etiquete como un enfermo mental, mi opinión es que son una serie de características de comportamiento desviado respecto a un comportamiento promedio y de como manejo mis sentimientos cuando entro en crisis, puede ser importante clasificar para buscar la mejor forma de abordar el problema al comparar los síntomas con lo que han sentido otros en condiciones parecidas y como mediante que protocolos se ha logrado mejorar las condiciones de vida de los que han pasado por situaciones análogas


Muchas veces las etiquetas se manejan como constructos para clasificar personas de ciertas características comunes que se definen como una enfermedad, pero que pueden mas bien un problema temporal al presentar ciertas desviaciones en los comportamientos respecto a lo que le pasa a la mayoría, lo de definir a los afectados como enfermos muchas veces se usa para cumplir con las "METAS" de diagnósticos dentro de un sistema de salud y no para solucionar los problemas mentales de los afectados.

Hablo respecto a las etiquetas porque cuando uno habla con diferentes personas y cuando revisa información por la Internet se encuentran cada vez mas etiquetas para denominar las actuaciones anormales de las personas respecto a su función mental y es posible que uno piense que puede ser etiquetado diferentemente y que de pronto por no haber tenido un buen diagnóstico es que el problema no ha sido bien manejado y no se logra una adecuada solución


Generalmente los problemas mentales que han sido etiquetados como enfermedades mentales se tiene definido que no tienen cura como tal, que son condiciones crónicas y que no tienen una solución definitiva como tal; aunque se da como solución que si se sigue un tratamiento de por vida, generalmente farmacológico, las personas estarán la mayor parte de tiempo aliviadas, he aquí porque es conveniente que las personas afectadas por problemas mentales sean etiquetadas como enfermos mentales.

lunes, 23 de enero de 2017

Video: El mito de la cura química, por la Dra Joanna Moncrieff

https://www.youtube.com/watch?v=Xw0V0994x7g

En el video que se enlaza se muestra la presentación del libro Hablando Claro de la Dra Moncrieff en España, donde se muestra una visión poco aceptada por la psiquiatría moderna sobre como funcionan los psicofármacos, básicamente muestra el siguiente modelo que ella definió respecto a como funcionan dichos medicamentos:


Los psicofármacos se prescriben con frecuencia para las personas con problemas emocionales y de comportamiento - problemas que actualmente etiquetan como 'depresión' 'esquizofrenia' ', el trastorno bipolar "y" TDAH ".  Al tratar de comprender plenamente lo que estos medicamentos en realidad hacen a la gente, he formulado dos "modelos" diferentes de la acción del fármaco: El modelo “centrado en la enfermedad ", y el modelo' centrado en la medicación'. El modelo centrado en la enfermedad sugiere que los fármacos psiquiátricos funcionan porque invierten, o parcialmente revierten la enfermedad o anomalía que da lugar a los síntomas, de un trastorno psiquiátrico en particular.  Así 'los antipsicóticos' se cree que ayudan a contrarrestar las alteraciones biológicas que producen los síntomas de la psicosis o la esquizofrenia, como se cree que "los antidepresivos" actúan sobre los mecanismos biológicos que producen los síntomas de depresión y se cree que 'los ansiolíticos actúan sobre la base biológica de la ansiedad. 'Los estabilizadores del humor' se piensa corrigen el proceso patológico que da lugar a la condición de la depresión maníaca (trastorno bipolar) o, como a veces se afirma, a la variabilidad del estado de ánimo en general.

El modelo centrado en la enfermedad es tomado de la medicina general y presenta las drogas a través del prisma de la enfermedad, trastorno o constelación de síntomas, que se cree que los medicamentos pueden tratar. De acuerdo con este punto de vista, los medicamentos tienen sus efectos en un sistema nervioso enfermo o anormal. Los efectos principales de los fármacos los ejercen sobre el proceso de la enfermedad. Todos los demás efectos son de interés secundario y se les conoce como 'efectos secundarios'. Un ejemplo de la medicina, que se cita a menudo por los psiquiatras en un esfuerzo para forzar el modelo centrado en la corrección de la enfermedad, es el uso de la insulina en la diabetes. Mediante la sustitución de alimentación defectuosa del cuerpo de la hormona insulina, el tratamiento con insulina de reemplazo ayuda a mover el cuerpo hacia un estado más normal. Sin embargo, incluso los tratamientos sintomáticos como analgésicos actúan de una manera centrada en la enfermedad, ya que producen sus efectos por contrarrestar algunos de los procesos fisiológicos que producen dolor.

En contraste, el modelo 'centrado en el fármaco' sugiere que, lejos de la corrección de un estado anormal, como el modelo de la enfermedad sugiere, los medicamentos psiquiátricos inducen un estado anormal o alterado. Las drogas psiquiátricas son sustancias psicoactivas, como el alcohol y la heroína. Las sustancias psicoactivas modifican la forma en que funciona el cerebro y de esta manera producen alteraciones en el pensamiento, el sentimiento y la conducta. Las drogas psicoactivas ejercen sus efectos en cualquier persona que los tome, independientemente de si tienen o no una condición mental. Las diferentes sustancias psicoactivas producen diferentes efectos, sin embargo. El modelo centrado en drogas sugiere que los efectos psicoactivos producidas por algunos fármacos pueden ser terapéuticamente útiles en algunas situaciones. Ellos no hacen esto en la forma en que el modelo centrado en la enfermedad sugiere al normalizar la función cerebral. Lo hacen mediante la creación de un estado cerebral anormal o alterado que suprime o sustituye las manifestaciones de problemas mentales y de comportamiento.

Modelos alternativos de Acción de Drogas
Modelo centrado en la corrección de la enfermedad
Modelo centrado en efecto de las drogas
Las drogas ayudan a corregir un estado anormal del cerebro
Las drogas crean un estado anormal del cerebro
Drogas como tratamientos de la enfermedad
Las drogas psiquiátricas son como las drogas psicoactivas
Los efectos terapéuticos de los fármacos derivados de sus efectos en un proceso de la enfermedad subyacente
Los efectos terapéuticos se derivan del impacto del estado inducido de las drogas en los problemas de conducta y emocionales
Paradigma: insulina para la diabetes
Paradigma: de alcohol para la ansiedad social

Un ejemplo aceptado del modelo drogas centrada es los beneficios propuestos de alcohol en las personas que sufren de fobia social o ansiedad social. El alcohol ayuda a reducir la ansiedad social no porque corrige un desequilibrio bioquímico subyacente, sino porque las características de la intoxicación por alcohol inducida, incluyen la relajación y desinhibición. Es el estado superpuesto de intoxicación el que ayuda, no los efectos de la droga en un mecanismo de la enfermedad.

Otro ejemplo interesante es el uso de analgésicos opiáceos, como la morfina. Los opiáceos ejercen un efecto directo 'centrado en la enfermedad "al disminuir la conducción de los mensajes de los nervios del dolor, pero también tienen efectos psicoactivos bien reconocidos. Inducen un estado alterado característico en el que las personas se vuelven emocionalmente distantes o indiferentes, a veces esto se conoce como "anestesia emocional". Las personas que han tomado opiáceos para el dolor a menudo dicen que todavía tienen un poco de dolor, pero no se preocupan más. Este es un efecto 'centrado en las drogas "en la medida en que demuestra la superposición de la experiencia del dolor por una alteración inducida por drogas en la experiencia emocional.


Cuando los medicamentos psiquiátricos modernos se introdujeron en la década de 1950, fueron entendidas de acuerdo con un modelo centrado en las drogas. Los antipsicóticos, por ejemplo, que luego fueron conocidos como "los principales tranquilizantes", eran considerados como un tipo especial de sedante. Se cree que tienen propiedades que les hizo singularmente útiles en situaciones como un episodio psicótico agudo, ya que podrían frenar el pensamiento y amortiguar la emoción, sin dormir, simplemente inducir, pero no fueron considerados como un tratamiento de metas de la enfermedad. Por la década de 1970, sin embargo, este punto de vista fue eclipsado y el modelo centrado en la corrección de la enfermedad por acción del fármaco se convirtió en dominante. De acuerdo con las drogas psiquiátricas eran considerados como los tratamientos específicos que trabajaron por la orientación de una enfermedad subyacente o anormalidad. El cambio se demuestra más claramente en la manera en que las drogas se nombraron y clasificaron. Antes del año 1950 las drogas se clasificaban de acuerdo a la naturaleza de los efectos psicoactivos que producían. Los medicamentos existentes fueron crudamente clasificados de acuerdo con sus efectos como sedantes o estimulantes sobre el sistema nervioso. Después de la década de 1950, sin embargo, las drogas se nombraron y clasificaron según la enfermedad o trastorno que se cree tratan: Antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos, por ejemplo.

El ascenso del modelo centrado en la corrección de la enfermedad por acción del fármaco, no se produjo debido a la abrumadora evidencia de la superioridad y la verdad del modelo centrado en la enfermedad. No había entonces, y no es ahora, pruebas convincentes de que cualquier clase de fármacos psiquiátricos tiene una acción centrada o enfermedad específica de la enfermedad. Ni siquiera hubo ningún debate real acerca de las teorías alternativas de la acción del fármaco. El modelo de la enfermedad centrada simplemente se hizo cargo y la visión del modelo centrado en las drogas, simplemente se desvaneció. La gente se olvidó que alguna vez hubo otra forma de entender cómo las drogas psiquiátricas podrían funcionar.


Mi trabajo se ha centrado en la rehabilitación de la visión del modelo centrado en la acción del fármaco, porque creo que es la forma correcta de entender que están haciendo los medicamentos que utilizamos actualmente, cuando se toman por personas diagnosticadas con problemas mentales. El modelo centrado en las drogas exige una comprensión más completa de la gama total de efectos que las drogas producen y se inicia desde el punto de vista de que todas las drogas son sustancias químicas extrañas que necesariamente cambian la forma en que el cuerpo normalmente funciona. El modelo centrado en las drogas enfoca nuestra atención en el impacto que tienen las drogas en el cuerpo y el cerebro, y en todas las posibles consecuencias que las alteraciones inducidas por fármacos pueden tener sobre cómo las personas piensan, sienten y se comportan. Es un punto de partida necesario para el uso sensato, prudente y seguro de los medicamentos en los servicios de salud mental.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Neurolépticos: banalidad de su prescripción (por Javier Romero Cuesta, vía AMSM)

Hoy deseo repostear un articulo técnico de uno de los blogs que sigo y que tengo enlazados en este blog, corresponde a un artículo sobre los neurolépticos que en jerga comun significa calmantes.

dicho articulo lo pueden encontrar en la siguiente direccion electrónica: http://postpsiquiatria.blogspot.com.co/2016/12/neurolepticos-banalidad-de-su.html

El artículo habla principalmente sobre los calmantes (técnicamente denominados neurolépticos); en este artículo escrito por un psiquiatra con mucha experiencia dice en un lenguaje muy tecnico que: "a nivel clínico nos encontramos con fármacos efectivos a nivel sintomático a corto plazo y posiblemente perjudiciales de manera mantenida", que traducido al lenguaje cotidiano quiere decir que los calmantes son efectivos para controlar a personas que parecen locas, o que están actuando raro, y son efectivos en los primeros momentos, pero que no son buenos a largo plazo

También dice: "Con el problema añadido de no tener parámetros concretos que diferencien una recaída de un síndrome de discontinuidad" Traduciendo a lenguaje vulgar dice que no se tiene como diferenciar si una persona que viene tomando calmantes cuando los deja les da una crisis del problema mental o tienen un sindrome de abstinencia por la falta del calmante.

a continuación presento el artículo completo:

"Como sin duda imaginarán, la psiquiatría es, por supuesto, política, como señaló Moncrieff o Munárriz en el último editorial de la Revista de la AEN, con lo cual no deja de haber cierta relación entre la necesidad de llegar a la gente a la que se dice querer defender y expresarse de la forma más cercana posible para ser escuchado y entendido. Lo que no quiere decir, por supuesto, perder nada de complejidad en el discurso, pero sí no añadir dificultades adicionales. En fin, que el blog ha cambiado, que ya era hora. Todas las entradas siguen ahí y todos los enlaces laterales también, pero esperamos que todo se lea mejor. En última instancia, si hacemos esto es para ser leídos, para hacer llegar nuestras opiniones y los hechos que conocemos y, tal vez o tal vez no, contribuir a provocar un cambio. No de otra cosa va todo esto.

Entrando ya en el tema que nos ocupa hoy, en el siempre imprescindible blog de la Asociación Madrileña de Salud Mental leímos hace poco una excelente revisión sobre los neurolépticos (mal llamados antipsicóticos) y los problemas que llevan aparejados. Creemos que es una excelente síntesis de un tema que está de plena actualidad. Se acumulan cada vez más los estudios que cuestionan tanto eficacia como seguridad de estos fármacos, que hasta hace no mucho considerábamos indudables. Y tengamos en cuenta además que son prescritos muchas veces fuera de las indicaciones aprobadas, con lo que eso supone. Su autor es Javier Romero Cuesta, psiquiatra.
RESUMEN
Tras décadas en las que el tratamiento para las personas con trastornos psicóticos ha estado basado en el uso de neurolépticos en detrimento de los abordajes psicoterapéuticos, nos encontramos recientemente con interrogantes tanto sobre la efectividad de estos fármacos como también sobre su seguridad, hasta el punto de poder tener influencia negativa en la evolución del proceso psicótico con el uso de los mismos.
En este estudio se realiza una revisión narrativa de dos importantes efectos secundarios que producen estos fármacos y que pueden estar detrás de esta posible iatrogenia; el síndrome de discontinuidad y la pérdida de sustancia cerebral. Los resultado, aún escasos, son preocupantes en cuanto al daño que pueden estar ocasionando con su uso continuado y hacen pensar en la necesidad de cambios en el abordaje de los trastornos psicóticos donde los neurolépticos no sean el eje de los mismos, recuperando abordajes más relacionales. Estos resultados colocan a los clínicos en su relación con pacientes medicados en una situación de conflicto. Conflicto que tendremos que afrontar desde una perspectiva ética en el marco de la relación clínica, deliberando conjuntamente con los pacientes. Sin olvidar los aspectos éticos de la organización que deben hacer plantearse a nuestras instituciones el modelo de atención a los pacientes que sufren trastornos psicóticos.

INTRODUCCIÓN
En la evolución del tratamiento de la esquizofrenia siempre se ha considerado un antes y un después de la aparición de los neurolépticos, comparándose su aparición a la introducción de la penicilina (1). La utilización de los neurolépticos ha sido y es en nuestro entorno la base del tratamiento de la esquizofrenia y otras psicosis siendo poco cuestionada su utilización. En la década de los 50-60 los neurolépticos demostraron su eficacia a nivel sintomático lo que permitió la salida de muchos pacientes de las instituciones. Aunque posiblemente se han minusvalorado otros factores que también pudieron influir en la desinstitucionalización, como medidas psicosociales, de rehabilitación y psicoterapéuticas que se fueron incorporando (2) (3). En los 70-80 la preocupación pasó a estar más centrada en la evitación de recaídas lo que llevó a implantar recomendaciones de tratamiento a largo plazo. Todavía hoy es fácil encontrar pacientes a los que se les recomendó que mantuvieran la medicación “de por vida a raíz de un solo episodios psicótico”. Ya en los 90, como medida para influir en el curso de la enfermedad, la atención se localizó en la disminución del tiempo de la psicosis no tratada como un tiempo crítico que podía inducir cambios irreversibles si no se actuaba antes (4) (5).
Con el uso generalizado de los neurolépticos también comenzaron a aparecen efectos secundarios, algunos muy invalidantes como las discinesias tardías. Con la particularidad que al retirar la medicación causante se producía un empeoramiento que volvía a mejorar retomándola de nuevo (6) (7).
Para evitar los efectos secundarios se intentó retirar, en general de manera brusca, la medicación, mediante la identificación de pródromos para un reinicio rápido de la misma. Este tratamiento intermitente cuando se comparó con el tratamiento de mantenimiento dio peores resultados en cuanto a la prevención de las descompensaciones y hospitalizaciones (8) (9) (10). Pero es interesante señalar dos cuestiones que no se tuvieron en cuenta. La primera, en el caso de pacientes con un primer episodio el tratamiento intermitente era más favorable que el de mantenimiento (11). La segunda cuestión era que la mayor frecuencia de recaídas se producía en aquéllos que tenían dosis previas más altas de neurolépticos (6) (7). Al pasar estas dos cuestiones desapercibidas, ganó peso la idea que la retirada del tratamiento para pasar a intermitente tenía más porcentaje de recaídas y hospitalizaciones.

SÍNDROME DE DISCONTINUIDAD vs RECAIDA
Aún habiendo hecho posible el alta de muchos pacientes hospitalizados y contribuido a acortar la estancia, el tratamiento con neurolépticos también se ha asociado a un aumento de las readmisiones que se ha relacionado, al menos parcialmente, con problemas de discontinuidad.
A finales de los 70 Chouinard (12) (13) publicó un artículo donde hizo un paralelismo entre la fisiopatología de las discinesias tardías y la aparición de síntomas psicóticos tras la retirada de los neurolépticos. Ambos eventos, las discinesias y las reaparición de los síntomas, estarían causados por una hipersensibilidad dopaminérgica en la regíón neoestriada para las discinesias y mesolímbica para lo que llama el autor psicosis por hipersensibilidad.
Otras observaciones que apoyan esta hipótesis de iatrogenia las encontramos en la aparición de síntomas psicóticos en pacientes sin antecedentes psiquiátricos cuando se le retiraba metoclopramida (14). También se observó algo similar en pacientes con trastorno bipolar que al retirar el neuroléptico aparecía una sintomatología paranoica que no habían tenido antes (15) (16).
Al no tratarse de un síndrome de abstinencia al uso tenemos dificultades para concretar este fenómeno. En la literatura lo podemos encontrar también como síndrome de estrés farmacológico que se caracterizaría por una aparición de síntomas no inmediatos tras la retirada, al mismo tiempo que aparecen cambios estructurales por la acción prolongada del fármaco los cuales persistirían a pesar de la retirada de éste. Esta dificultad de concreción del síndrome ha contribuido a su vez a sobreestimar el efecto del fármaco, al interpretar la sintomatología como recaída por haber retirado el mismo (17).
En la presentación de este fenómeno de discontinuidad parecen influir:
1- Dosis de neurolépticos. A mayor dosis de neurolépticos mayor frecuencia de presentación (6) (7).
2- Gradualidad en la retirada. En un metaanálisis donde se compara una retirada gradual de tres semanas, con una retirada abrupta, encuentran unas diferencias de 32% de recaída frente a 65% en la retirada abrupta (18). La gradualidad podría ser un elemento tan fundamental que incluso las tres semanas de este estudio no se puedan considerar hoy día un tiempo lento de retirada.
3- Tiempo de tratamiento. La acción prolongada de neurolépticos provoca cambios estructurales a nivel de receptores dopaminérgicos. Una persona con años de tratamiento posiblemente no precisará el mismo ritmo de retirada que otra con pocos meses (19). La reversibilidad de estos cambios estructurales es una incógnita.
Hay datos recientes sobre la fisiopatología de la esquizofrenia que pueden aportar más luz a esta cuestión de la discontinuidad. Desde el principio la fisiopatología de la esquizofrenia ha estado centrada en la dopamina al observarse la aparición de síntomas psicóticos al administrar sustancias dopaminérgicas como las anfetaminas en controles sanos. Esta hipótesis hiperdopaminérgica se modificó al observar que pacientes con predominio de síntomas negativos no presentaban este incremento dopaminérgico, lo que hizo pensar en un exceso de dopamina subcortical que estaría ligado a la presencia de síntomas positivos y una hipodopaminergia frontal responsable de los síntomas negativos (20) (21).
En un reciente metanálisis de estudios de imágenes se describen pruebas consistentes de disfunción presináptica en la esquizofrenia sin que haya regulación al alza de receptores (20). Al actuar los neurolépticos bloqueando los receptores a nivel postsináptico estaríamos empeorando esta hiperdopaminergia presináptica. Al mismo tiempo a nivel postsináptico, la neurona responde al bloqueo farmacológico generando más receptores (22) (23). Podemos entonces comprender que al retirar bruscamente el neuroléptico estamos abriendo un puente de comunicación dopaminérgica intensa y puedan aparecer síntomas psicóticos propios de un síndrome de discontinuidad. Con estos hallazgos se demuestra que estamos farmacológicamente actuando en un lugar inadecuado, al mismo tiempo que se da un mayor peso a la hipótesis de la discontinuidad (20) (24).

REMISION / RECUPERACIÓN
La existencia de este síndrome da un giro copernicano a los estudios realizados hasta ahora, pues tenemos que considerar que la retirada brusca para pasar a placebo, que es la metodología habitual en los ensayos de neurolépticos, no es igual a comparar con un grupo de no tratamiento (25). Si el concepto de recaída está en cuestión, lo mismo ocurre con el de remisión. Generalmente utilizamos éste para hablar de pacientes cuya sintomatología positiva ha disminuido a niveles considerados leves o inferiores y en presencia de síntomas negativos que no sean moderados (26) (27) (28) (29).
Pero ni el concepto de recaída ni el de remisión prestan atención al elemento de funcionalidad, concepto mas interesante en nuestro quehacer clínico diario que contempla un nivel adecuado de funcionamiento vocacional y social y que está más en relación con la idea de recuperación. El creciente interés en la recuperación funcional está permitiendo ahora observar la falta de interrelación entre recuperación y la remisión sintomática. En estudios observaciones a largo plazo tenemos recientes datos que sugieren que un tratamiento farmacológico prolongado podría tener un impacto positivo en la remisión de los síntomas y paradójicamente adverso a nivel del funcionamiento social (30) (31).
No es ésta una cuestión totalmente nueva, ya en 1990 se realizó un estudio de seguimiento de dos años de duración comparando placebo y fármaco en el que se encontraron más recaídas en el grupo placebo, y a pesar de ello, mejor funcionalidad (32). 
En otro estudio de seguimiento de siete años (32), continuación de un ensayo aleatorizado, realizado en pacientes con un primer episodio de psicosis a los que se le retiró de manera gradual la medicación, se observó hasta los dos años una mayor tasa de recaída en el grupo de retirada. A partir del tercer año los datos de recaída se igualaron y al final del estudio, se observó que no había diferencia a nivel sintomático entre los grupos y un mejor funcionamiento en el grupo de retirada comparado con el grupo de mantenimiento del tratamiento. La estrategia de reducción / discontinuación tuvo una recuperación funcional del 46,2% vs 19,6% en el grupo de mantenimiento (33).
En un estudio más reciente con un seguimiento de 20 años aparecen resultados similares. De los 139 pacientes incorporados al estudio se encontró un 5% de recuperación en aquéllos que siguieron tratamiento con neurolépticos y un 40% en los pacientes que no siguieron tratamiento (34).
Estos trabajos sobre la recuperación y su relación con el uso limitado de neurolépticos son aún escasos y necesitan replicación. Pero nos llevan al otro efecto secundario objeto de estudio de este trabajo que es la asociación entre la toma de neurolépticos y el daño cerebral.

NEUROLÉPTICOS Y DAÑO CEREBRAL
No tenemos un tratamiento eficaz para los llamados síntomas negativos y es aceptado que el uso de neurolépticos puede producir efectos secundarios a nivel cognitivo (35). Los datos sobre el uso de neurolépticos y su relación, a dosis y, posiblemente, tiempo dependiente, con el daño cerebral comienzan a ser preocupantes, hasta el punto de considerar a los neurolépticos como una variable confusora en la evolución de la enfermedad (36).
Tras los resultados del estudio de ensayos de efectividad de los antipsicóticos “CATIE” (37) donde no se encontraron diferencias significativas entre los neurolépticos en general, se siguió una línea de investigación basada en el posible efecto neuroprotector de los atípicos a diferencia de los típicos (38) (39) (40). Esta hipótesis se basaba en los hallazgos de lesión cerebral junto a niveles bajos del factor neurotrófico (BDNF) que se detectaban en los pacientes con esquizofrenia no medicados y la posible reversión de dichos niveles con el uso de neurolépticos atípicos (41) (42) (43) (44) (45) (46) (47). Recientes estudios sin embargo parecen no sustentar esta hipótesis neuroprotectora (48) (49) (50). Un estudio de seguimiento de pacientes con inicio reciente de esquizofrenia, mediante resonancia magnética, encontró una progresión de lesiones, reducción de sustancia blanca a nivel frontal e incremento del volumen al mismo nivel, sin que los neurolépticos consiguieran reducir estas lesiones. Hallazgos que fueron mayores en los pacientes con peor evolución (51). Los estudios se hicieron tomando como grupo control a personas que no padecían enfermedad psiquiátrica alguna. Metodología que no permite discriminar un posible efecto de los fármacos en la lesión.
El efecto lesivo de los neurolépticos sobre el tejido cerebral comenzó a valorarse en estudios con macacos que permitieron observar una pérdida significativa de sustancia cerebral tras una exposición de alrededor de dos años a neurolépticos (52).
Ho y Andreasen siguieron estudiando las variables que podían influir en los cambios observados a nivel cerebral. Estudiaron 4 potenciales predictores: duración de la enfermedad, tratamiento neuroléptico, gravedad de la enfermedad y abuso de sustancias. De manera prospectiva siguieron a 211 pacientes con diagnostico de esquizofrenia durante 7 y 14 años con resonancia magnética de alta resolución (53). La conclusión a la que llegaron es que existe una relación entre el uso de neurolépticos y la disminución de la sustancia gris y de la sustancia blanca, con aumento de los ganglios basales de manera dosis dependiente. Ante estos hallazgos los autores recomiendan una cuidadosa valoración del beneficio-riesgo en el uso de estos fármacos. Debiendo revisarse tanto las dosis como la duración del tratamiento, así como considerar el uso fuera de indicación de estos fármacos.
Hay que señalar que este concluyente estudio se publicó años después, en 2011, pues los resultados no fueron dados a conocer de una manera paternalista por los autores hasta años después por el miedo a un abandono del tratamiento por parte de los pacientes (54).
A pesar de que los datos parecen bastante relevantes como para cuestionar el uso de estos fármacos, los defensores de utilización de los mismos emplean el argumento de que una asociación en los estudios no necesariamente implica una relación de causalidad (55). Al mismo tiempo refieren que no es tan peligroso este efecto, por un lado porque la propia enfermedad lo produce y por otro porque otros fármacos de reconocida efectividad como la levodopa en Parkinson, o la difenilhidantoína en la epilepsia también producen efectos secundarios similares (56) (57) (58) (59).

DISCUSIÓN: ¿QUÉ DEBEMOS HACER?
A nivel clínico nos encontramos con fármacos efectivos a nivel sintomático a corto plazo y posiblemente perjudiciales de manera mantenida. Con el problema añadido de no tener parámetros concretos que diferencien una recaída de un síndrome de discontinuidad.
Con todo lo visto lo primero a señalar es que estos fármacos no deberían utilizarse fuera de indicación y menos en poblaciones tan vulnerable como son los ancianos, los niños y las personas con discapacidad intelectual.
En el caso de la esquizofrenia y otras psicosis, a la hora de abordar como manejamos esta medicación se nos plantean, de manera genérica, dos escenarios diferentes: Pacientes en un primer episodio o sin tratamiento previo y pacientes estables en tratamiento prolongado con neurolépticos.
1.- Pacientes en su primer episodio o en situación de descompensación psicótica sin tratamiento actual con neurolépticos:
1.1 Tener en cuenta que entre un 20-26% de personas diagnosticadas de esquizofrenia tienen una buena evolución (60) (61), y que un 20% de las personas diagnosticadas de esquizofrenia tendrán sólo un episodio (62). Necesitamos un mayor esfuerzo para poder identificar mejor a este grupo y recuperar la esperanza de que puede haber una buena evolución independientemente del uso de neurolépticos.(63) (64) (65) (66) (67) (68) (69).
1.2. Mientras no tengamos otros fármacos mejores, los neurolépticos no deberían ser el eje central del abordaje terapéutico Estamos obligados a considerar otras alternativas terapéuticas no farmacológicas (70).
1.3 En pacientes que comienzan tratamiento con neurolépticos debemos plantear una hoja de ruta considerando, dentro de la incertidumbre, tiempo y gradualidad de la retirada. Evidentemente sin plantear “tratamiento de por vida” en ningún caso.
1.4. Monitorización estrecha y un balance continuado entre riesgos y beneficios.
1.5 Dosis bajas de neurolépticos. La dosis terapéuticas parecen ser mucho más bajas que las que suelen utilizarse habitualmente y con mejores resultados (71) (72). Los estudios de ocupación de receptores apoyan que esta sea la línea de actuación desde el inicio (73). Un estudio en primeros episodios psicóticos determinó que una dosis de 1 mg de haloperidol mantenida durante 4 semanas fue útil para el 55 % de los pacientes y solo el 20% requirieron subir a 3 o 4 mg (74). Conociendo esto, cabe reconsiderar el uso que estamos haciendo de los neurolépticos en su utilización más como tranquilizantes que por el efecto antipsicótico lo que está ocasionando un exceso de medicación con el impacto negativo consiguiente (75). Siguiendo criterios de ocupación de receptores posiblemente podríamos utilizar los fármacos de manera más espaciada (76) (77) (78).
1.6 Hay acuerdo en la literatura en cuanto a la utilización de dosis bajas, pero tenemos mayor incertidumbre cuando hablamos del tiempo que debemos mantener esta medicación.
A pesar de haber pasado más de 50 años de la utilización de estos fármacos es sorprendente los pocos trabajos sobre eficacia en las primeros episodios. Y escasos y poco concluyentes a la hora de apoyar las recomendaciones de tratamiento prolongado. Existe un número pequeño de ensayos aleatorizados controlados con placebo que midan eficacia en el periodo inicial de la enfermedad. Una reciente revisión de la Cochrane Library plantea que la recomendación de las guías de mantener el tratamiento durante 6 a 24 meses no está sustentada con suficientes pruebas, puesto que proceden de estudios de pacientes con múltiples episodios anteriores (79). Necesitamos más estudios que comparen el uso de neurolépticos con otros tratamientos no farmacológicos. Curiosamente hay una preocupación cada vez mayor entre los investigadores al observar que la respuesta positiva al placebo está siendo cada vez mayor en estudios comparando con antipsicóticos. Datos que son interpretados más con preocupación, centrándose en el placebo, que con un espíritu crítico en los neurolépticos (80) (81).
2.- Pacientes estables en tratamiento prolongado con neurolépticos:
Al no tener predictores pronósticos adecuados y considerar que los neurolépticos tienen efecto preventivo (82), las guías clínicas recomiendan mantener la medicación para prevenir recaídas con la excepción de los episodios psicóticos breves (83). Pero la base de este efecto preventivo parte de pacientes en remisión con tratamiento farmacológico a los que se le retira la medicación pasándolos a placebo. Como hemos comentado antes, la creciente evidencia de un síndrome de discontinuidad hace pensar que exista un sesgo importante en los estudios, lo cual nos llevaría a que debe hacerse una revisión de los estudios que comparaban mantenimiento vs retirada de medicación.
Ya la propia NICE recoge el problema de salud con el tratamiento mantenido con neurolépticos refiriéndose al trabajo de Wunderink: “Si se replican, esto debería marcar un importantísimo cambio reduciendo los riesgos en el tratamiento a largo plazo asociado con los neurolépticos“ (84).
2.1 Ética del riesgo: Mientras llegan estos estudios no podemos quedarnos sin cambiar nada bajo la excusa de la incertidumbre. En pacientes que llevan un tratamiento prolongado con buena evolución nos encontramos por un lado, con un evidente riesgo al retirar, incluso de manera gradual, la medicación y por otro con el riesgo de que el mantenimiento pueda ocasionar más probabilidades de daño cerebral. Pero esta situación de incertidumbre no nos exime del deber de informar. Tendremos que analizar conjuntamente con el paciente los beneficios, los riesgos y los miedos. Sin olvidar que el riesgo no lo corremos los profesionales sino los pacientes. Hay dignidad en tomar un riesgo y puede haber una indignidad deshumanizadora en la seguridad (85).
2.2 El consentimiento informado (CI) debería estar más reglado dado los riesgos que conlleva el uso de estos fármacos. Hay que tener en cuenta dos errores en los que podemos caer los profesionales en el manejo de la información que no hay que olvidar es la base del CI: Por un lado ocultar información al paciente como medida de protección, (privilegio terapéutico), que fue lo que hizo Andreasen durante años con los resultados de su estudio. Por otro lado no dar la información correcta o hacer más énfasis en otros aspectos (decisiones silentes) (86). La información es un proceso continuo que se da dentro de un marco relacional asistencial y es más de calidad que de cantidad. Esto nos obliga a los profesionales a adaptarnos al estado intelectual y emocional que tenga la persona en ese momento. No será igual ante un paciente que lleva años estable tomando medicación y con la idea transmitida de tratamiento de por vida, que ante un paciente estable tras un primer episodio. Es trascendental no olvidar el papel de los familiares o cuidadores, pues va a ser difícil plantear la retirada o reducción de la medicación sin contar con su apoyo.
2.3 En caso de que tome la decisión de retirada gradual.
2.3.1 Esta debe hacerse preferiblemente en una etapa de estabilidad y con apoyo familiar y terapéutico estrecho.
2.3.2 No abandono: tras informar adecuadamente al paciente si el deseo de éste es dejar el tratamiento nuestra obligación será respetarlo sin abandonarlo porque creamos que es una decisión equivocada. El abandono por nuestra parte se va a relacionar con más probabilidad, con una retirada brusca de la medicación y por tanto con un mayor riesgo de complicaciones.
2.3.3 Decisiones compartidas: planes de crisis. Hay que ayudar a identificar pródromos de cara a poder elaborar conjuntamente un plan de crisis que se incluya dentro de un modelo más centrado en la recuperación, que tenga en cuenta los valores del propio paciente (87) (88) y cuente con el apoyo de pares (89) (90) (91).
2.3.4 Pautas de reducción: la pauta de reducción debe ser de alrededor del 10% de la dosis total en intervalos de cuatro a seis semanas. Hay que tener en cuenta que a mayor tiempo de tratamiento más lenta debería ser la reducción. En pacientes que han tomado medicación durante más de cinco años el tiempo de retirada debería ser de más de dos años (92).
A nivel institucional estamos obligados a cuestionarnos si no hemos organizado nuestra asistencia en torno al uso de unos fármacos que distan mucho de ser todo lo beneficiosos que pensábamos. ¿Qué pasaría si se confirmara la gravedad de lo visto hasta el punto de tener que retirarlos del mercado? ¿Podemos imaginar en estos momentos en nuestro entorno una práctica clínica sin neurolépticos? El tratamiento de personas con psicosis descansa sobre la medicación casi exclusivamente. Nuestras hospitalizaciones se hacen con ingresos muy cortos, sostenidos por el uso de altas dosis de medicación. A nivel ambulatorio, al carecer de suficientes recursos de apoyo cercanos, es impensable un abordaje sin medicación y también difícil el comienzo con dosis bajas. Todo hace pensar que debemos empezar a reflexionar sobre cambios organizativos de abordaje a los pacientes con psicosis. Cambios que pueden empezar por adecuar las dosis y los tiempos de tratamiento y continuar con la diseminación e implementación de recursos no basados en la medicación.
Vivimos tiempos de crisis en psiquiatría una vez más. Desde el comienzo de nuestra especialidad hemos ido viendo cómo tratamientos han funcionado durante unas décadas para poco a poco ir demostrándose su ineficacia y peligrosidad: la cura de Sakel, la malarioterapia, la lobotomía, los IMAO, los antidepresivos y ahora los antipsicóticos. De esta crisis tenemos que salir no abandonando herramientas científicas, sino fortaleciendo los aspectos éticos de nuestro trabajo que despierte a los profesionales de un letargo que dura décadas producido por la fascinación farmacológica y genere un mayor escepticismo crítico ante los supuestos avances.

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Javier Romero Cuesta. Psiquiatra.
Unidad Gestión Salud Mental del Área Serranía Málaga.
Centro de Salud Santa Bárbara Ronda.