viernes, 11 de septiembre de 2026

No soy un enfermo mental

🧠 No estoy enfermo de la cabeza, solo tengo una forma distinta de sentir

Reflexión personal sobre salud mental desde la experiencia bipolar

Me han dicho muchas veces que soy raro. Algunos incluso me han llamado loco, y más de una vez, lo he sentido así. Pero no me considero un enfermo mental. Me considero una persona que siente intensamente, a veces de forma extrema, sí, pero también profundamente humana.

Me identifico con esas palabras de Edgar Allan Poe:

“Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

Durante ciertos periodos de mi vida, he vivido lo que la psiquiatría moderna describe como estados alterados del ánimo. Hay días en los que me siento lleno de energía, con la cabeza llena de ideas, el corazón acelerado, los impulsos desatados. Me emociono, me enamoro, gasto sin pensar, me creo invencible. Esos momentos pueden parecer mágicos, pero también pueden tener consecuencias duras si no los reconozco a tiempo.

Luego vienen otros días, los grises. Días en los que todo pierde sentido, en los que me aíslo, me desconecto de los demás y de mí mismo. Me invade una tristeza sin causa clara, y la apatía se apodera de mí. No quiero hablar, no quiero salir, no quiero nada. Lo que un día parecía fácil, se vuelve un muro infranqueable.


Esto no es una enfermedad

Lo que acabo de describir se parece mucho a lo que los manuales de salud mental llaman trastorno bipolar. Aceptar ese nombre me costó mucho tiempo. Al principio me resistía: no quería ponerle una etiqueta a algo tan íntimo. Me parecía injusto que una palabra pudiera resumir toda mi experiencia emocional. 

Yo no pretendo negar la existencia de los trastornos mentales. Existen. Están bien documentados. Tienen bases psicológicas y sociales. No se conocen las causas y no se tiene cura.

Lo que no acepto es decir que son enfermedades mentales, ya que no existen pruebas científicos que demuestren que existe una base física que las cause.


Enfermedad, trastorno, condición… ¿importan las palabras?

Sí, importan. Las palabras que usamos pueden abrir o cerrar puertas. Llamar “enfermedad” a lo que vivo es estigmatizante.

No me gusta pensar en mí como alguien “enfermo de la cabeza”. Prefiero pensar que tengo una condición de salud mental que requiere atención y cuidado, igual que cualquier otra condición crónica. Y, al mismo tiempo, reconozco que tengo una forma intensa y a veces compleja de sentir, que forma parte de quien soy.


Hacia una mirada más compasiva

Este texto no pretende ofrecer verdades absolutas, ni recetas. Solo quiero compartir mi experiencia para sumar a un diálogo necesario: el de desestigmatizar la salud mental sin romantizar el sufrimiento.

Hablar de estos temas con claridad, desde la experiencia vivida, puede ayudar a otros a no sentirse solos, a buscar ayuda sin vergüenza, a encontrar palabras para lo que sienten.

Yo sigo en ese camino. Con días claros y días nublados. Pero hoy sé que no estoy solo. Y que nombrar lo que uno vive es también una forma de sanarse.


📚 Referencias y lecturas recomendadas:


💬 ¿Y tú cómo lo vives?

¿También te cuesta encajar en las etiquetas que impone la salud mental? ¿Has sentido que tu forma de sentir es distinta, intensa, inexplicable?
Te leo en los comentarios. Tu historia también puede ayudar a alguien más.

¿Loco?

¿Loco?

Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surge de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general.

Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, al descubrir que han estado al borde del gran secreto.

De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal.

Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, *aggressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi*.

Diremos, pues, sí, que estoy loco.

Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida... y un estado de sombra y duda... (ver nota)

Digamos, pues, que sí, que soy un loco, a pesar de que solo actúo de forma no común (anormal) en muy pocas ocasiones.

Todo comenzó hacia el año 1984. Tuve que ser internado en una institución para personas con problemas mentales; según mi apreciación, no era tan cruel y tétrica como los manicomios que se muestran en las películas.

En mi caso particular (con el fin de suavizar las situaciones): estuve en una institución moderna para el tratamiento de personas con problemas mentales (por no decir «en un manicomio..., moderno, eso sí»), la cual se define dentro de la misión estratégica de negocio en el año 2018 como: «Pioneros en la atención de Salud Mental en el Valle del Cauca y en la región del Pacífico colombiano».

Hasta donde me alcanza la memoria, estuve internado cerca de tres semanas; pudo ser más, pero no me acuerdo bien.

Después de la hospitalización temporal, donde entré como un loco más —es posible que mi diagnóstico haya sido el de un paciente que ingresa en un estado de psicosis fuerte como parte de un cuadro de manía intensa (traducción al español coloquial: locura)—, pasé a un estado de remisión ambulatoria pero medicado (zombi drogado).

Se puede decir que, después de mi internado en este sitio, logré volver a un estado de cierto equilibrio mental por muchos años, para después seguir con mi vida casi normal. Sin embargo, las huellas de mi paso por esta institución no las he podido borrar del todo de mi mente, y no fue solo el hecho de la institución como tal —que, a mi concepto, puedo considerar que realizó bien su trabajo—, sino el creer que había estado loco, o que terminaría enloqueciéndome y perdiéndome de este mundo pero en vida. Ese era mi pensamiento después de mi remisión y lo fue por mucho tiempo.

En este momento, año 2026, tengo un poco más claro que, según la definición de los psiquiatras de la época, había sufrido una crisis de un problema mental (que para mí no tenía nombre), que es probable que en esa época se denominara psicosis maníaco-depresiva, a la cual ahora se le tiene un nombre más complicado, quizá un poco más complejo, pero que suena un poco mejor; además, está de moda en estos días, ya que según muchas personas hay muchos famosos por ahí que dicen que la sufren. Se denomina «trastorno bipolar» y tiene muchas subdivisiones; en mi caso se denomina de tipo I.

Después de salir de mi hospitalización psiquiátrica logré la remisión. Sin embargo, algo que me marcó fuertemente fueron unas palabras que me resonaron mucho cuando empecé a ser tratado, cuando el psiquiatra me dijo: «Usted está enfermo y a partir de este momento debe tomar medicación por el resto de su vida».

Según mi apreciación, la definición actual de trastorno bipolar es un eufemismo que pretende encubrir el estigma asociado al anterior término: psicosis maníaco-depresiva, o el estigma que para muchos implica ser denominado simplemente «loco», o alguien que se enloquece por ratos, porque esa es la definición popular de mi problema. De igual forma se les denomina a los que sufren esquizofrenia y otros trastornos mentales, que como tales no pueden definirse bien como enfermedades mentales, pues según he logrado entender, el término «enfermedad» se refiere principalmente a problemas físicos corporales que no tienen que ver con el funcionamiento de la mente. Para un parroquiano, es igual un esquizofrénico, un bipolar o una persona que sufra un problema mental entre los miles que definen los manuales de psiquiatría moderna: «Es simplemente un loco». 

Mi problema mental lo definí hace ya muchos años como EE "Emociones Encontradas" que hacen que cuando se presenta lo que denomino una crisis paso unos días donde entro en un estado alterado en cuanto a mi sentir, paso de desde un estado de felicidad plena, donde estoy acelerando, quiero hacer muchas cosas al mismo tiempo, siento que soy bueno para todo, siento que me vuelvo inflexible o mejor dicho terco, me gasto hasta el último peso, veo todo color de rosa, me enamoro y enamoro fácilmente; luego paso a un estado donde me siento muy mal, no quiero ni salir de casa, todo es de color gris, nada me gusta, siento que no soy querido por nadie y por lo tanto no quiero ver a nadie, solo quiero estar recostado o dormido, no me importa lo que los demás hagan o dejen de hacer, mi estado de ánimo es como de una tristeza infinita.




Considero que para mí puede haber sido importante conocer en más detalle mi problema y tratar de entender cómo se desarrollan sus manifestaciones, cómo evitar llegar a estados graves; pero para las personas comunes y corrientes no es un tema de interés. ¿Por qué debe interesar el tema de las personas locas o desadaptadas a quienes se consideran normales? Pienso que no mucho, y menos si no lo sufren o si personas muy cercanas no lo sufren. Para muchos, el loco es así porque quiere y no hace nada por salir de su estado; para otros, es así porque le tocó por una cuestión de destino o por castigo de un dios; y para los más sensibles, pero que no tienen conocimiento del tema, el loco es un bicho raro que se mira con pesar. Sin embargo, aun pensando así, se le discrimina. Para los que sufrimos con nuestros problemas mentales, estas apreciaciones no nos ayudan, aunque no se puede pretender que todas las personas nos tengan que comprender ni sepan diferenciar claramente qué problema mental tiene cada uno de los afectados.

Al parecer, la sociedad ha avanzado respecto a la discriminación hacia lo diferente al promedio (al anormal, dicho en crudas palabras), aunque todavía persiste la estigmatización hacia los que sufren ciertos problemas, como los mentales. Lo que expreso en este espacio, y lo que otros expresan en sitios parecidos, va en esa dirección: mostrar que no somos seres de otro mundo. Somos, quizá, anormales (diferentes, especiales u otros eufemismos) y somos pocos; sufrimos problemas de la mente que pueden ser manejados hasta cierto punto gracias a los avances científicos actuales, o aun a pesar de estos.

En mi caso, escribo sobre mi problema mental, algo que quizás solo debería interesarme a mí. Soy, en términos coloquiales, un loco que escribe y que, para hacerlo, se basa en lo que siente y se ayuda con lo que sienten y expresan otros, porque muchas veces me resulta difícil decirlo con mis palabras. Esta es mi situación actual, aunque, como ya dije anteriormente y en otras ocasiones, no pretendo volverme famoso ni rico con este blog. Sin embargo, me encanta que alguien lo lea; me alegra cuando las estadísticas muestran que varias personas lo han leído últimamente, y mucho más cuando comentan las entradas.


Sin embargo, considero que en mi caso particular estar loco es un estado temporal, o para mejor decir: entro en un estado de locura de cuando en vez y normalmente paso desapercibido ante casi todas las personas. Se puede decir que la mayor parte del tiempo soy una persona cuerda, o mejor dicho, actúo de forma normal. Mis estados de locura son realmente muy pocos; solo en una oportunidad tuve unos sentimientos profundos de infinita sabiduría, de total inspiración, iluminación. Dios me hablaba al oído y yo lo ignoraba, pero el tiempo que duró mi delirio fue muy corto comparado con todo lo que he vivido; estadísticamente puede decirse que no pasó.

Cuando entro en esto que llamaré «estado de locura temporal» (manía, según los psiquiatras), llego a un estado de clarividencia donde descubro cosas que han estado al alcance de mi conocimiento, pero que no había captado antes por no analizarlas bien. Sin embargo, son tantas y de tantos aspectos al mismo tiempo, que termino abrumado. Es como cuando uno está en un sueño que vislumbra y descubre todo, pero estando despierto. De ahí que Poe lo describa dentro de su forma poética al decir: «Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche». Médicamente, en la actualidad, esto que he estado diciendo es un síntoma del trastorno bipolar, como también puede serlo de otros problemas mentales, y lo llaman «estado psicótico». Pero, a diferencia de un sueño donde uno interactúa con seres que uno mismo ha creado, cuando se está despierto se interactúa con seres reales y se choca muchas veces con ellos, porque mucho de lo que uno hace va en contra de las normas —y digo «normas» refiriéndome a lo que la mayoría hace.

Cuando uno pasa mucho tiempo en este estado, donde siente una infinita felicidad y no regresa a la triste realidad, se necesita un impulso de algo. Es cuando las personas buscan ayuda, o cuando la sociedad a su alrededor decide parar esta situación. Antes se encontraba con el alcohol u otras sustancias que se tenían al alcance sin ser ilegales, o ahora se buscan sustancias más potentes, las drogas —de las cuales hay algunas legales y otras ilegales—. Mediante estas se intoxica el cuerpo y la mente, bloqueando este estado anormal, a veces sin consecuencias apreciables, pero muchas veces causando daños a corto o largo plazo. Además, muchas de estas drogas son para el resto de la vida por su forma de actuar, al volverse la persona dependiente de ellas.

**Nota:** La primera parte, no es de mi autoría, pero como dice una canción por ahí: «Esa canción es mía por un derecho casual», ya que define lo que siento en algún momento y se puede decir que su letra soy yo. Además, de acuerdo con mi poco conocimiento legal, no puedo ser demandado por quien la escribió, aunque se revuelque en la tumba si uso sus palabras sin su autorización.

Esta forma de escribir solo la puede hacer una persona como lo fue Edgar Allan Poe y forma parte de su cuento *Eleonora*. Este cuento lo pueden ver en mi versión prologada e ilustrada en: http://unbipolarmas.blogspot.com.co/2015/10/cuento-eleonora-por-poe.html."

La imagen de los bipolares en los medios masivos



Alfred Hitchcock alguna vez dijo algo así como: 
 
"La TV y el cine han hecho mucho por la psiquiatría: no sólo han difundido su existencia, sino que han contribuido a hacerla necesaria".

La imagen que proyectan los medios masivos de información y comunicación (o desinformación, diría yo) sobre las personas con trastorno bipolar o cualquier otro problema mental: Es la de individuos "locos". Se nos retrata como seres desquiciados, casi de ultratumba, comparables con Hannibal Lecter de *El silencio de los inocentes*: Maniáticos, descontrolados y peligrosos. No sé exactamente con qué fin se perpetúa esta imagen; tal vez sea para vender más, ya que parece que a muchas personas les atrae lo sensacionalista, lo truculento y lo violento. Al asociar los problemas mentales con la locura y el peligro, los medios crean un mundo imaginario que, para muchos, se confunde con la realidad. Uno de sus objetivos parece ser borrar la línea entre la ficción que construyen y el mundo real en el que vivimos.

Tomada de la internet DRA



Esta representación no nos ayuda en absoluto a quienes sufrimos problemas mentales. La imagen que tienen de nosotros las personas comunes, influenciadas por los medios, es la de individuos peligrosos, victimarios, los "malos" de la película. Este concepto distorsionado puede llevar a que se nos vea como una amenaza en la vida real. Si alguien descubre que hemos visitado a un psiquiatra o que hemos estado internados en una clínica mental, es probable que nos miren raro e, incluso, que nos teman.

Sin embargo, la realidad es que, en muchas ocasiones, somos más víctimas que victimarios. Esta sociedad, que a menudo nos discrimina, nos aísla y se nos niega ayuda, pasa a menudo que se termina por desechar a personas con problemas mentales graves, pero que pueden ser manejables, convirtiéndolas en indigentes abandonados en las calles.

Los medios también han creado una imagen distorsionada de las instituciones de salud mental. Las pintan como lugares oscuros, tenebrosos y llenos de "locos" sucios y peligrosos, encerrados en jaulas de alta seguridad y amarrados con camisas de fuerza. Estos "manicomios" no son atendidos por médicos competentes, sino por "medicuchos" más locos que los propios pacientes, y no por personal de enfermería especializado, sino por "locólogos" que parecen sacados de una película de Frankenstein. Ante esta imagen, no es de extrañar que alguien con un problema mental tema ser internado en un lugar así. Y si se sabe que alguien ha estado en uno de estos sitios, automáticamente se le puede llegar a considerar una persona rara y peligrosa.

No digo que no existan lugares donde los pacientes no reciban un trato adecuado; seguramente los hay y de pronto son muchos, pero también existen instituciones donde se trata a los pacientes con dignidad y se les ayuda a mejorar su calidad de vida. 

Yo estuve internado en una institución de salud mental, y mi experiencia fue completamente diferente a lo que los medios masivos de comunicación nos han hecho creer. El lugar donde estuve era similar a cualquier hospital o clínica, atendido por profesionales de la salud altamente capacitados, que saben lo que hacen y brindan un trato humano. Nunca vi a ningún "loco peligroso" (aunque es posible que existan en pabellones especiales), solo a personas con problemas mentales similares a los míos. Si no hubiera sido porque estaba dentro de esa institución, no habría podido distinguirlos de cualquier persona en la calle.

El estigma que los medios masivos han creado alrededor de las enfermedades mentales es difícil de erradicar. Sin embargo, desde espacios alternativos como este, y otros a los que podamos acceder, debemos trabajar para cambiar esta narrativa. Es importante que se sepa que la ciencia ha avanzado mucho en el tratamiento de los problemas mentales. Aunque en la mayoría de los casos no existe una cura definitiva, sí es posible manejar los síntomas y ayudar a las personas a llevar una vida lo más parecida a la normalidad, similar a la de quienes padecen otras enfermedades crónicas.

Acceder a medios masivos como la televisión, el cine o los principales diarios para cambiar estos conceptos erróneos es una tarea difícil. Sin embargo, en internet tenemos una oportunidad única. Este medio es como un mensaje en una botella lanzada al mar: Puede llegar a cualquier parte del mundo. Ojalá alguien lo encuentre, lo lea y lo comparta, para que más personas puedan conocer la realidad de quienes vivimos con trastorno bipolar y otros problemas mentales.

Psicofarmacos para el trastorno bipolar

 ¿Estabilizadores del ánimo o calmantes? La visión de la Dra. Joanna Moncrieff que todo paciente debería conocer

En el camino de convivir con el trastorno bipolar, una de las preguntas que más he hecho es: ¿qué hacen realmente los medicamentos dentro del cerebro? Hoy quiero compartir la perspectiva de la Dra. Joanna Moncrieff, una psiquiatra e investigadora que lleva años cuestionando las bases de la psiquiatría convencional y que nos invita a mirar el tratamiento con otros ojos.

La Dra Moncrief no trata de demonizar la medicación, sino de entenderla desde una visión que para mí concepto es la más realista.

El modelo centrado en el fármaco: un cambio de mirada

La Dra. Moncrieff propone algo revolucionario: pasar del modelo "centrado en la enfermedad" al modelo "centrado en el fármaco". ¿Qué significa esto?

· El modelo tradicional, (centrado en la enfermedad) el que probablemente te han explicado alguna vez, asume que los medicamentos psiquiátricos corrigen un desequilibrio químico del cerebro, como la insulina trata la diabetes.

· En cambio, Moncrieff sostiene que estos fármacos son sustancias psicoactivas que generan un estado alterado del funcionamiento cerebral. Ese estado puede suprimir o enmascarar los síntomas emocionales o conductuales. Lo impactante es que esto ocurre en cualquier persona, tenga o no un diagnóstico.

Lo que realmente hacen los estabilizadores del ánimo

Para Moncrieff, el término "estabilizador del ánimo" es, como mínimo, problemático. Según su revisión, fármacos como el litio, el valproato o los antipsicóticos que se usan para el trastorno bipolar no estabilizan nada anormal. En realidad, ejercen un efecto sedante y de inhibición neurológica general. Dicho de otro modo, pueden atenuar los episodios de hiperexcitación (manía) porque reducen la actividad mental y física, no porque estén corrigiendo una supuesta causa específica.

Y aquí viene otro punto delicado. Moncrieff advierte sobre los riesgos del uso a largo plazo y a dosis altas. En sus investigaciones señala que el uso continuado de antipsicóticos podría estar asociado con efectos como la atrofia cerebral. Por eso insiste en que los beneficios de la medicación preventiva a largo plazo deben sopesarse con honestidad frente a estos posibles daños.

Su propuesta: decisiones informadas y compartidas

La conclusión de la Dra. Moncrieff no es un rechazo absoluto a los medicamentos, sino un llamado urgente a la toma de decisiones informada y compartida. Algo que, como pacientes, debería ser nuestro derecho básico.

· Útil en crisis agudas: Reconoce que el efecto sedante de los fármacos puede ser un alivio bienvenido durante un episodio severo de manía o psicosis, ayudándonos a moderarnos.

· Transparencia total: Insiste en que los médicos deberían explicarnos que estos fármacos actúan como sedantes, no como correctores de un desequilibrio químico que no es claro que exista. Necesitamos conocer tanto los efectos psicoactivos reales como los riesgos del consumo a largo plazo.

· Decisiones individualizadas: Con esa información en la mano, cada persona diagnosticada puede decidir, junto con su clínico, cuál es la mejor estrategia a largo plazo: mantener un tratamiento farmacológico preventivo (siendo consciente de sus riesgos) o implementar otras estrategias de manejo y afrontamiento para posibles crisis futuras.

En esencia, el enfoque de la Dra. Moncrieff nos empodera. Nos exige transparencia sobre lo que las pastillas realmente hacen: inducir un estado alterado que puede ayudarnos en momentos puntuales, pero que no es una "cura química" libre de consecuencias.

Neutralizando el sufrimiento


Neutralizando el sufrimiento:

Cómo la medicalización de la angustia borra su significado y genera ganancias.


Introducción

Está es una traducción hecha con la ayuda Google y en la redacción con ayuda de ChatGPT con algunas correcciones mías para hacerla mas entendible, de un artículo científico escrito por la Dra Joanna Moncrieff.

En el artículo se aborda la evolución de la medicalización de la angustia a lo largo del tiempo y sus implicaciones. Se destaca que, a lo largo de las décadas, la generalización del uso de medicamentos de prescripción para los problemas mentales ha llevado a la creciente medicalización de la vida cotidiana, afectando la relación que las personas tienen con sustancias psicoactivas. Se ejemplifica con la historia de John Barton, un trabajador del siglo XIX adicto al opio, comparándolo con la situación actual en la que personas como él serían diagnosticadas con depresión y se les ofrecerían medicamentos como Prozac en lugar de opio.

El ensayo critica la creencia de que los medicamentos psiquiátricos pueden rectificar trastornos mentales al atacar un mecanismo subyacente, argumentando que esta idea ha contribuido a la desaparición de la comprensión anterior de las sustancias psicoactivas. Además, señala cómo las compañías farmacéuticas han promovido nuevos trastornos para ampliar el mercado de antidepresivos, como el trastorno bipolar.

La Dra Moncrieff destaca la contradicción en la percepción de las drogas, donde la medicación prescrita se considera aceptable, mientras que las sustancias recreativas son vilipendiadas. Se menciona la comercialización exitosa de antipsicóticos para la depresión y el trastorno bipolar, señalando las consecuencias graves de estos medicamentos.y en última instancia,  sugiere que las demandas y presiones de la vida moderna han contribuido a una sociedad donde la insatisfacción es generalizada, proporcionando un terreno fértil para la industria farmacéutica y las profesiones psicológicas.

Los párrafos anteriores presentan un resumen del artículo completo escrito como un paper científico, con las fuentes de dónde se basó para su escritura 




Joanna Moncrieff es una de mis referentes respecto a los conceptos sobre los medicamentos psiquiátricos; psiquiatra británica y académica conocida por su crítica a la medicalización excesiva de la angustia y la psicopatologización de problemas sociales. Ha abogado por un enfoque más crítico y contextualizado en el tratamiento de los trastornos mentales, cuestionando la idea de que los medicamentos psiquiátricos aborden problemas subyacentes específicos.

Moncrieff es profesora y jefa de la Sección de Psiquiatría Social en el University College London (UCL). Ha escrito numerosos artículos y libros que exploran temas relacionados con la psiquiatría y la medicalización, y su trabajo ha contribuido a debates críticos en el campo de la salud mental. Su perspectiva destaca la importancia de considerar factores sociales y contextuales en la comprensión y tratamiento de las dificultades emocionales y mentales

A continuación se presenta el artículo completo:


Neutralizando el sufrimiento:

Cómo la medicalización de la angustia borra su significado y genera ganancias.


@joannamoncrieff / 11 de marzo de 2014

  Las personas han usado sustancias psicoactivas para mitigar y amortiguar el dolor, la miseria y el sufrimiento desde tiempos inmemoriales, pero solo recientemente, en las últimas décadas, las personas se han convencido de que lo que están haciendo en esta situación se considera correctamente como tomar un remedio para una enfermedad subyacente.

  La generalización del uso de medicamentos de prescripción ha ido de la mano con la creciente medicalización de la vida cotidiana y la correspondiente pérdida de la relación anterior que las personas tenían con las sustancias psicoactivas.

   La novela de Elizabeth Gaskell, Mary Barton, iba a llevar originalmente el nombre del padre de Mary, John Barton,un obrero de fábrica adicto al opio (1); la novela describe la inimaginable pobreza y explotación del Manchester industrial que hizo del olvido inducido por el opio un atractivo escape, aunque Gaskell desaprobaba claramente la adicción de John, al lector no le queda ninguna duda de que el consumo de opio en la Gran Bretaña del siglo XIX era un síntoma de un profundo malestar social, John es una víctima de su entorno social, junto con el dolor abrumador de perder a su amada esposa, los cuales se cree que contribuyeron al declive gradual de John hacia el letargo y la beligerancia inducidos por las drogas.


  Hoy en día, John Barton sin duda sería diagnosticado con depresión, y se le ofrecería Prozac y Zopiclona en lugar de opio; Le dirían que aunque los "factores sociales" podrían haber precipitado sus sentimientos, sufría de un desequilibrio químico subyacente, que las drogas podrían ayudar a remediar. En lugar de tomar una sustancia con cuyas propiedades estaba familiarizado, por muy destructivas que resultaran, estaría tomando algo cuyos efectos en la psique humana nunca se han investigado adecuadamente y apenas se describen. Se desalentaría de evaluar cómo le afectaban las drogas, de averiguar si ayudaban o entorpecían sus actividades diarias, o si sus efectos eran agradables o desagradables. Además, al sugerir que el problema estaba en su cerebro, se le haría creer que las circunstancias en las que vivía y trabajaba, la pérdida de su esposa y la pérdida de su trabajo eran meramente detalles incidentales, y que desafiar su situación sería bastante inútil e irrelevante para su estado de ánimo. Cuando el primer lote de píldoras inevitablemente no lograba erradicar su desesperación, se le ofrecían otras curas milagrosas para mejorar o reemplazar las primeras.

  Los lectores de la versión moderna de Mary Barton no despertarían una ira e indignación justificadas por el estado de los pobres urbanos, como se pretendía que sucedieran los lectores de escritores como Gaskell y Dickens. Solo sentirían lástima por el desafortunado personaje cuyo maquillaje defectuoso lo llevó a su ruina.

  Hemos sido alimentados con un mito sobre la naturaleza de las drogas psiquiátricas durante décadas, el mito de que pueden rectificar los trastornos mentales al atacar un mecanismo subyacente. Nos han dicho que son tratamientos específicos, en la misma línea que la insulina para la diabetes, que actúan revirtiendo las anomalías que dan lugar a los síntomas de un determinado trastorno. A medida que esta idea se ha arraigado, hemos llegado a comprender cada vez más nuestros problemas diarios en términos de las sustancias químicas de nuestro cerebro (2), y en el proceso contribuye aún más a la desaparición de la comprensión anterior de la naturaleza de las sustancias psicoactivas y cómo modular estados psicológicos.

   Las drogas ahora se han dividido claramente en buenas y malas: la medicación prescrita que la gente debe tomar por muy mal que la haga sentir, y las sustancias 'recreativas' que son cada vez más ya menudo históricamente vilipendiadas (3). Al mismo tiempo que se les dice a las personas que no deben dejar de tomar su antidepresivo, se les recuerda constantemente los peligros del alcohol y el canabis. Se alienta a las personas a buscar supresores emocionales lícitos y recetados, pero se las menosprecia (y se las procesa si se trata de la sustancia equivocada) por buscar placer a través de medios químicos. El ciudadano moderno está atrapado en un flujo constante de mensajes contradictorios.

  David Healy ha descrito la transformación de los "nervios cotidianos" a principios de la década de 1990 a través de la comercialización de los nuevos antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) como Prozac y Seroxat (4). Problemas que antes se concebían como ansiedad, para ajustarse a los estereotipos retratados en la comercialización de las benzodiazepinas, comenzaron a entenderse como un trastorno del estado de ánimo, y la noción de 'depresión' se expandió para abarcar casi todas las formas de insatisfacción y descontento. Las compañías farmacéuticas tuvieron cuidado de comercializar su nueva gama de medicamentos para la depresión como medicinas, que funcionaban al revertir la bioquímica defectuosa del individuo. El tardío reconocimiento de que las benzodiazepinas inducían dependencia, junto con las críticas a su uso generalizado como un pacificador químico para el receptor sobrecargado o frustrado, generalmente femenino, había amenazado con desacreditar toda la empresa del tratamiento masivo de la miseria común o corriente. Los ISRS debían presentarse como algo diferente, como una cura nueva y milagrosa para una enfermedad de buena fe, una enfermedad que, por una misteriosa coincidencia, solo había sido plenamente reconocida cuando los ISRS entraron en escena. Así que las compañías farmacéuticas se dedicaron a comercializar la teoría de la depresión de la serotonina, arrasando con gran parte de las profesiones psíquicas, con solo unas pocas voces solitarias señalando tardíamente que el emperador estaba desnudo (5). como una cura nueva y milagrosa para una enfermedad de buena fe, una enfermedad que, por una misteriosa coincidencia, solo había sido plenamente reconocida cuando los ISRS entraron en escena. Así que las compañías farmacéuticas se dedicaron a comercializar la teoría de la depresión de la serotonina, arrasando con gran parte de las profesiones psíquicas, con solo unas pocas voces solitarias señalando tardíamente que el emperador estaba desnudo (5).

   El éxito de Prozac inspiró un frenesí de actividad, con empresas compitiendo por hacerse con una parte del enorme mercado de los antidepresivos. Cuando se saturó la capacidad de persuadir a las personas de que estaban deprimidas, se promovieron nuevos trastornos para atraer a más sectores de la población y extender las patentes de los nuevos antidepresivos. Trastornos como el trastorno de ansiedad social y el trastorno disfórico premenstrual fueron promovidos por campañas ostentosas orquestadas por empresas de relaciones públicas disfrazadas de organizaciones de base (6).

   A fines de la década de 1990, los fabricantes de antipsicóticos atípicos también comenzaron a fijarse en este mercado y se dedicaron a construir un problema esencialmente nuevo, que ocultaron bajo el antiguo concepto de "depresión maníaca" que se asimila al trastorno maníaco depresivo el cual es un problema mental grave. El nuevo pensamiento sugería que 'la depresión era sólo la mitad de la historia' (7) (P 190), y que los altibajos emocionales eran una condición patológica que se clasificaba bajo la rúbrica de 'trastorno bipolar'. Se alentó a las personas a monitorear sus estados de ánimo con "diarios de estados de ánimo" para detectar la condición, y hordas de personas comenzaron a identificar sus experiencias de esta manera, incitadas por el respaldo de celebridades como Stephen Fry.
 
   Eli Lilly obtuvo una licencia para el uso de Zyprexa en el trastorno bipolar I (el nuevo nombre para el antiguo concepto de depresión maníaca) en 2000, pero la población objetivo nunca fue el pequeño número de personas con esta condición rara y grave. El objetivo, como se revela en los anuncios y en los documentos internos filtrados conocidos como los "papeles Zyprexa", era la enorme población de personas que actualmente se identificaban como deprimidas, preocupadas, infelices, inestables o casi cualquier persona a la que se pudiera persuadir de que había algo malo en su vida (8).

'  Zyprexa equilibra las sustancias químicas que se encuentran de forma natural en el cerebro', se nos habla del nuevo éxito de taquilla de Lilly (9), una declaración que no ofrece indicios de las graves consecuencias metabólicas, el aumento masivo de peso y la reducción del volumen cerebral que puede producir la droga (10), o los grandes acuerdos que Lilly ha hecho con litigantes en Estados Unidos y Canadá (11). Lilly no está sola. Los fabricantes de Seroquel, otro antipsicótico 'atípico', también han posicionado su producto en el mercado de la depresión y el trastorno bipolar, asegurando con éxito que también se convierta en uno de los medicamentos más vendidos de todos los tiempos (12). La combinación de obtener licencias para condiciones vagas y fácilmente ampliables, con la comercialización ilegal para indicaciones sin licencia (13) ha asegurado que los antipsicóticos, una vez reservados para el tratamiento de los más gravemente perturbados, han escapado del asilo ahora metafórico y en la comunidad. Son el 'opio del pueblo' más nuevo.

    Es posible que las personas que viven en las sociedades occidentales ya no sufran las desesperadas privaciones materiales de personas como John Barton, sino las demandas y presiones de la vida moderna, la competitividad, la gestión del desempeño, la creciente inseguridad, la desigualdad, la constante transmisión de riqueza, extravagancia y poder en los hogares de la gente común, contribuyen a una sociedad donde todos se sienten inadecuados e insatisfechos, y nadie está seguro: terreno fértil para la industria farmacéutica y las profesiones psicológicas. Desde este punto de vista, la tragedia de John Barton fue que al vengarse del hijo del dueño del molino, dejó el sistema no sólo intacto, sino fortalecido. ¡Al menos no pensó que el enemigo era su cerebro!

    Este ensayo fue escrito por primera vez como un tributo al profesor Mark Rapley, QEPD, para una edición conmemorativa especial del Foro de Psicología Clínica.

Referencias

(1) Gaskell E. Mary Barton. Londres: Penguin Books; 1848.
(2) Rose N. Convertirse en sí mismos neuroquímicos. En: Stehr N, editor. Biotecnología, Comercio y Sociedad Civil. New Brunswick, New Jersey: Transaction Publishers; 2004. pág. 89-128.
(3) DeGrandpre R. El Culto de la Farmacología. Cómo Estados Unidos se convirtió en la cultura de drogas más problemática del mundo. Durham, Carolina del Norte: Duke University Press; 2006.
(4) Healy D. Dando forma a lo íntimo: influencias en la experiencia de los nervios cotidianos. Soc Stud Sci 2004 abril; 34 (2): 219-45.
(5) Lacasse JR, Leo J. Serotonina y depresión: una desconexión entre los anuncios y la literatura científica. PLoS Med 2005 Dic;2(12):e392.
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He aprendido a convivir con la bipolaridad



En estos momentos me encuentro mejor, saliendo adelante con mi vida, considero que he superado el duelo que implicó la tragedia que  me afectó durante la pandemia, como también el hecho de separarme, decidí fluir, alejarme de una situación que no me hace bien y seguir mi vida por un nuevo camino.

De nuevo estoy en una relación, he encontrado de nuevo un amor y he de seguir, la vida ha de continuar, todavía tengo ganas de vivir, siento que puedo hacerlo, convivo con mis problemas diarios, pero disfruto de compartir con personas que quiero, de saber que he hecho muchas acciones por mi vida, como también, por la vida de otros, aunque he sufrido por culpa de las vicisitudes del hecho de estar vivo, es una situación que considero natural; como pienso que la vida es una ratico, que aquí se viene a vivir y a morir, entonces se disfruta de la compañía de las personas cuando están y se añora a los que no están, mientras se ha de continuar hasta el final.

Respecto a mi dolencia del trastorno bipolar, ahí esta, no se ha ido, se que no se irá nunca, estoy en una etapa donde tengo desbalances pero son relativamente suaves, (porque mi experiancia los hace ver asi), donde puedo estar varios días de pronto una semana o hasta dos en un animo estable, pero luego vuelvo a tener oscilaciones de ánimo, tengo cortos periodos donde me voy un poco arriba por un día, máximo dos y la paso bien, para luego sufrir el rebote donde estoy también uno o dos días con el animo bajo, hasta que vuelvo a la estabilidad, en estos momentos la paso sin tomar medicamentos, comparando: Cuando tomaba medicamentos realmente no lograba evitar los desbalances, mas bien me mantenía en un estado de somnolencia, me sentía apagado, para cuando venían los desbalances estos eran mas fuertes, además de sentir los efectos primarios y secundarios de los medicamentos. Cuando no tomo medicamentos los desbalances son mas suaves además que no tengo los efectos desagradables de la medicación psicotrópica.

Considero que para mi fortuna he podido vivir la bipolaridad a mi manera, logrando convivir con este problema sin dañarme y sin afectar a los demás. Lo que vengo haciendo con mis imaginarios o mis fantasmas como los llamo, es que a pesar de sentirme el más poderoso en la manía, se que no lo soy por lo que no actúo como si lo fuera; al contrario cuando me siento el ser mas infeliz, se que esto no va con mi realidad, se que puedo seguir viviendo de buena forma cuando supere el bajón. 

Los fantasmas o mi manera de ser bipolar siempre estará ahí pero he aprendido a vivir bien y a comportarme de acuerdo con lo que se acostumbra para poder compartir socialmente con los demás, sin mayores inconvenientes. 

Dentro de este convivir actual no incluyo la medicación, acepto que ha sido un apoyo en momentos críticos y reconozco que me ha servido, pero en un día a día se convierte en otra carga, más que en un mecanismo estabilizador como dicen muchos.