jueves, 16 de abril de 2026

Anotaciones de mi experiencia con el Valproato y el litio para el tratamiento del tb

Cuando descubrí que tenía trastorno bipolar mediante consultas por internet, una de las cosas que más me atormentaba eran los tratamientos mencionados: electroshocks, fuertes antipsicóticos, litio y otros fármacos.


Para empezar debo aclarar que no pretendo recomendar o satanizar a los medicamentos para los problemas mentales, solo muestro mi caso particular y como funcionaron en mi los medicamentos que he tomado durante mucho tiempo. No soy un profesional en el campo de la psiquiatría, solo soy un paciente que narra lo que se siente cuando se ha sido tratado con medicamentos para los problemas mentales.

Durante años (aproximadamente 25) no tuve claridad sobre mi condición. Sufrí tres crisis graves con tendencia a la manía, llegando a cuadros psicóticos (que comúnmente son llamados "ataques de locura"). La primera me llevó a ser internado en un centro psiquiátrico, mientras que las otras dos se manejaron de forma ambulatoria una con un psicoanalista y otro por un psiquiatra, quienes me prescribieron antipsicóticos para controlar los episodios agudos, luego me los recetaban como tratamiento continuo, pero no los aceptaba y preferí vivir sin los medicamentos y estar alerta a cuando sentía que mis emociones me superaban.

En mi caso particular, el protocolo farmacológico no me permitía ser funcional: los antipsicóticos solo parecían útiles durante las crisis maníacas. En fases estables, optaba por suspenderlos hasta la siguiente recaída, con intervalos prolongados entre episodios. Durante las depresiones, resistía sin medicación; aunque es sumamente desagradable sentirse bajo de ánimo, nunca confié en los medicamentos que dicen tratar la depresión, los mal llamados antidepresivos.

 Ahora, al tener la etiqueta de trastorno bipolar tipo I, entiendo que esta decisión fue acertada, pues suelen desaconsejarse en casos como el mío.

Entre crisis, experimentaba fluctuaciones anímicas menos intensas que atribuía a mi personalidad, no a la enfermedad.

En un momento de mi vida, llegué aceptar que necesitaba medicación permanente y decidí tomar la atención medica que me daba mi seguro,  fui donde un psiquiatra quien me receto de nuevo, dentro de lo que me propuso fue medicarme con litio, a lo que me negué diciéndole que había escuchado muchas historias sobre sus efectos secundarios negativos, acepté explorar otras opciones como el ácido valproico, donde el psiquiatra me dijo que tiene una menor eficacia que el litio según estudios clínicos, pero con perfil de efectos adversos más tolerable.

Empecé entonces el tratamiento, durante los primeros meses los efectos secundarios que sufrí fueron ambiguos: molestias gastrointestinales transitorias y luego una sensación de aplanamiento emocional que el psiquiatra atribuyó al efecto estabilizador del fármaco.

Con el tiempo, noté disminución en la intensidad y frecuencia de los episodios. La mejoría es sutil: No se siente como un cambio positivo activo, sino como ausencia de oscilaciones bruscas. A diferencia de los antipsicóticos, el valproico no produce esa "niebla mental" o un letargo físico discapacitante, pero si un aplanamiento emocional, lo que me permitía ser plenamente funcional.

Curiosamente, en Colombia (según un amigo médico) el valproato ya supera al litio como tratamiento de primera línea para bipolaridad, coincidiendo con mi experiencia.

A pesar que la medicación con el valproato me funcionó, decidí después de algo alrededor de un año que podía vivir sin medicamentos de uso diario y a pesar que sentí que era mejor que lo que me recetaron en mis primeros episodios, suspendí mi tratamiento y estoy en este momento sin su uso crónico.

Sin embargo, sigo usando el valproato cuando siento que empiezo mis desbalances y lo uso por una o dos semanas, luego lo suspendo de nuevo.

Como he planteado en otros posts, en este momento expreso lo que opino respecto a los medicamentos para sobrellevar mis problemas mentales, en mi caso son útiles para atacar mis episodios que no son de todos los días y cuando logro llegar a la estabilidad soy capaz de ser una persona que se comporta dentro de la normalidad y ser funcional, sin la necesidad de estar medicado.

viernes, 3 de abril de 2026

La Depresión Bipolar: Cuando la Tormenta llega sin Nubes

Cuando un bipolar siente la depresión, esta tiene una cualidad traicionera y paradójica. No surge necesariamente de un fracaso, de una pérdida o de una tragedia externa. A veces, llega en silencio, cuando se puede decir que todo esta en orden. No pide permiso, no da explicaciones. Simplemente se instala, desconectando la voluntad, tiñendo el mundo de plomo y dejando una pregunta cruel flotando en el aire: ¿Por qué me siento así?, Si cuando analizas lógicamente no hay razones para sentirse mal.








De nuevo me siento deprimido: Me siento profundamente mal, a pesar de que, al analizar mi situación con lógica, no encuentro una razón objetiva para estarlo.

Mis obligaciones me obligan a salir y a cumplir con mis tareas. Lo hago, pero es un movimiento por puro impulso, automático. Si dependiera únicamente de mi voluntad, no cruzaría la puerta en todo el día.

Todo es tan extraño. Hace apenas unos días, era otra persona. No podía estarme quieto, tenía ánimo para todo: para trabajar en varios frentes a la vez y, aún después de largas jornadas, para salir a buscar diversión. Ahora, en cambio, solo espero la primera oportunidad para tirarme en la cama, un lugar donde, irónicamente, me siento todavía peor.

Era una situación esperada. Sabía que tras la subida vendría la caída. Y ahora que estoy aquí, es difícil de soportar. Solo me queda un consuelo frío: "Al menos es mejor que estarla 'embarrando' por estar acelerado".

Incluso escribir estas líneas me ha costado una dificultad inmensa. No tengo ganas de hacer nada. Solo lo hago con la intención de dejar un testimonio, una ventana a cómo se siente uno de los polos de este desbalance: las diversas y agotadoras facetas de este problema.

Afortunadamente —y esto es un "afortunadamente" amargo— tengo a quién echarle la culpa: A mi problema mental. No a las circunstancias, no a las personas que me rodean, y, lo más importante, no llego al abismo de pensar que mi vida es una desgracia completa que no merece ser vivida. Esa es una línea que he visto cruzar a otros y que, en el pasado, yo mismo contemplé cuando no entendía mi dolencia. Hoy, el diagnóstico, por duro que sea, actúa también como un salvavidas conceptual ,sin embargo, tras todo este proceso de reflexión, tras encontrar la explicación lógica, la realidad persiste: Sigo sintiéndome mal. Muy mal.  Sé que esto es pasajero, pero ese conocimiento no apaga el dolor.  Solo el tiempo, permitirá que cambie los sentimientos que ahora tengo.

Hago este esfuerzo de escribir desde el fondo, con fuerza titánica, que es en sí mismo un acto de resistencia. Este post no es una reflexión en frío, sino un mapa dibujado desde el territorio hostil. Sirve para que quien lo lea y no lo viva, pueda acercarse a comprender; y para quien sí lo viva, pueda sentirse menos solo en su propia batalla silenciosa contra la gravedad del alma.



El doble filo de los psicofármacos: entre el alivio y la dependencia



  Los psicofármacos se utilizan habitualmente para mitigar el dolor emocional, pero su aplicación en el tratamiento del dolor físico es igualmente significativa. Las sustancias en sí mismas no son intrínsecamente "buenas" o "malas"; su beneficio depende de un uso adecuado. Incluso los opioides, cuando se administran en casos críticos para calmar dolores intensos, cumplen una función terapéutica vital.

  Los opioides, derivados del opio, son sustancias de uso milenario con aplicaciones tanto medicinales como recreativas. Según se define técnicamente, un opioide es cualquier agente que se une a los receptores situados principalmente en el sistema nervioso central y el tracto gastrointestinal.

  Existen tres grandes clases de estas sustancias: Los alcaloides naturales como la morfina y la codeína, los semisintéticos como la heroína y la oxicodona y los sintéticos como la petidina y la metadona.





  Si bien la morfina y la heroína son eficaces para bloquear dolores agudos, también son conocidas por su alto potencial adictivo. Estas drogas actúan sobre el dolor físico, pero también sobre aquel dolor "presumiblemente físico" derivado de desajustes cerebrales en las mal llamadas enfermedades mentales.

  Sin embargo, su uso conlleva un riesgo latente: la dependencia. El cuerpo desarrolla tolerancia, exigiendo dosis cada vez mayores o sustancias más potentes para calmar dolores que se vuelven resistentes. Con frecuencia, el paciente termina necesitando la sustancia incluso cuando el dolor original ha desaparecido, transformando un tratamiento médico en una adicción. Por ello, es delicado promocionarlos como una "cura", especialmente ante la tendencia actual de prescribirlos de forma indiscriminada para una infinidad de dolencias.

  Este fenómeno ha generado una crisis de salud pública en países como Estados Unidos, donde la adicción inducida por recetas médicas para dolores leves o crónicos ha causado millones de muertes por sobredosis, incluyendo casos mediáticos como los de Michael Jackson y Whitney Houston.

  En mi experiencia personal, he comprobado que los psicofármacos en mi caso me dan un alivio inicial que pronto se desvanece. Cuando consultaba con un profesional medico diciéndole que ya no sentía mejoría, la respuesta solía ser aumente la dosis o cambiemos a un compuesto más fuerte, lo que solo intensificaba los efectos secundarios. Hace años tomé la decisión de alejarme de estas drogas. Prefiero lidiar hasta cuando pueda con autocontrol con los "dolores" de mi condición mental antes que vivir bajo el yugo de los psicofármacos. Aunque a veces sufro recaídas, lo hago con la firme convicción de que será por un periodo breve, priorizando siempre recuperar mi autonomía frente a la sustancia.