miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mi portada según chat gpt

Unbipolarmás

Este no es un blog de autoayuda.

Tampoco es un manual médico.

Es un lugar donde se escribe desde la herida.

Nace de la experiencia personal de vivir con trastorno bipolar, pero no pretende representar a todos, ni dar respuestas universales. Aquí no hay fórmulas, hay palabras. No hay certezas, hay dudas, memoria y contradicción.

Escribo desde lo vivido: hospitalizaciones, medicación, crisis, momentos de lucidez y de oscuridad. Escribo también desde la reflexión, la crítica al sistema psiquiátrico cuando duele, y desde la literatura cuando la realidad no alcanza.


¿Qué encontrarás aquí?

Básicamente experiencias personales.
  Textos escritos desde la vida real, sin edulcorantes.

Reflexiones y pensamiento
  Sobre la locura, la normalidad, el estigma y la sociedad.

Psiquiatría y medicación
  Opiniones y vivencias personales, no verdades absolutas.

Textos literarios
  Relatos y prosa donde la frontera entre realidad y ficción se diluye.

Algunos textos son duros. Otros, silenciosos. No todos buscan gustar; muchos solo buscan decir.

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Que no encontraras aqui

Atención médica ni psicológica.
    Mis palabras nacen de una experiencia individual y no soy una persona profesional en lo mental, 
Si estás en crisis, busca ayuda profesional o de emergencia en tu país.

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    ¿Por qué “Un bipolarmás”

Porque no soy un diagnóstico.
Porque no soy un caso clínico.
Porque no soy una estadística.

Soy uno más entre muchos que piensa, siente, escribe y resiste.

Si llegaste hasta aquí, quizás no estás solo, pero tampoco se pretende atenderte como un medico.

Manicomio o institución se salud mental moderna


No era que estuviera loco, sino que sufría una crisis…

   "En los 60's aún existían los antiguos manicomios, espacios claustrofóbicos y represivos que sólo empeoraban el estado del enfermo. El manicomio no desempeñaba un papel terapéutico, sino una función excluyente. La segregación sólo acentuaba la actividad delirante y la tendencia al ensimismamiento. La reforma de la psiquiatría acabó con los manicomios, ofreciendo como alternativa la hospitalización temporal. Si el objetivo es restablecer la salud mental, la estancia del enfermo en una unidad psiquiátrica no debe prolongarse más allá del tiempo necesario para mitigar los síntomas agudos. Es cierto que se ha abusado de ese planteamiento, responsabilizando a las familias del cuidado del enfermo, sin proporcionarle los medios necesarios para enfrentarse a un conflicto que produce una enorme tensión emocional. La locura es un problema individual, pero su superación implica una respuesta social."

Rafael Narbona, 
Del Blog Into the Wild Union


  Yo estuve en un manicomio, mejor dicho, estuve en una institución mental moderna, por causa de mi trastorno mental, donde después de una hospitalización temporal, pasé de un estado de psicosis fuerte como parte de un cuadro de manía intensa a un estado de eutimia.

  Después de mi internado en este sitio logre volver a un estado de equilibrio mental, para luego seguir mi vida normal, pero las huellas de mi paso por esta institución no las he podido borrar, no fue solo el hecho de la institución como tal que a mi concepto puedo considerar que realizo bien su trabajo, si no el creer que había estado loco, ese era mi pensamiento después de mi remisión, en este momento tengo un poco mas claro que no había estado loco, sino que había sufrido de una crisis de mi problema mental, que para la época se denominaba psicosis maníaco depresiva, al cual ahora se le tiene un nombre mas complicado, de pronto un poco mas complejo, pero que suena un poco mejor: Trastorno bipolar y es mas se le tiene una subdivisión que en mi caso se denomina de tipo I.




  El trastorno bipolar es un eufemismo que pretende encubrir el estigma asociado a la psicosis maníaco depresiva, o el estigma que para muchos implica ser denominado simplemente loco, o alguien que se enloquece por ratos porque esa es la definición popular a mi problema, de igual forma se le denomina a los que sufren esquizofrenia.  Para un parroquiano es igual un esquizofrénico, un bipolar o una persona que sufra de un problema mental entre los miles que definen los manuales de psiquiatría moderna: Es simplemente un loco.

  Y como tal los locos son llevados a los manicomios, a pesar que se les de nombres raros a las instituciones mentales para el común son simplemente manicomios.

  Para mi ha sido importante conocer en mas detalle mi problema y entender como se desarrolla, sus manifestaciones, como evitar llegar a estados graves, pero para las personas comunes y corrientes no es un tema de interés, ¿Por que debe interesar el tema de las personas locas o desadaptadas a las personas que se consideran normales? pienso que no mucho y menos si no lo sufren o personas muy cercanas lo sufren.  Para muchas personas el loco es así porque quiere y no hace nada por salir de su estado, el loco es así porque le toco por una cuestión de destino o por castigo de dios, para los mas sensibles pero que no tienen conocimiento del tema, el loco es un bicho raro que se mira con pesar pero aun pensando así lo discrimina, sin embargo, para los que sufrimos de trastornos mentales estas apreciaciones no nos ayudan; a pesar de que no se puede pretender que todas las personas sepan diferenciar claramente que enfermedad mental padece cada uno de los afectados por ellas, se debe llegar a un punto donde se mire que las enfermedades de la mente son similares a las del cuerpo que aunque no todas las personas sepan con exactitud como es cada enfermedad no se discrimina a quienes la sufren. por ejemplo no se discrimina a una persona que sufra de los riñones o de los pulmones pero si al que sufre de esquizofrenia.

  A pesar que la sociedad ha avanzado respecto a la discriminación del diferente al promedio,  todavía persiste la estigmatización para los que sufren ciertos problemas como los mentales, se ha avanzado pero falta más, lo que expreso en este espacio y lo que otros expresan va en esa dirección, en mostrar que no somos seres de otro mundo, somos personas como cualquiera que tenemos diferencia en ciertos aspectos y que sufrimos de enfermedades de la mente que pueden ser manejadas hasta cierto punto gracias a los avances científicos  que nos permiten ser parte de la sociedad sin mayores inconvenientes y podemos aportar a ella.

  El "trastorno bipolar" es, en el fondo un eufemismo que la sociedad utiliza para lavar su conciencia, pero que en la práctica cotidiana colapsa en la palabra "loco" es una hipocresía social. Nadie discrimina a un enfermo renal, pero sí a un bipolar y a un esquizofrénico. 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Anotaciones de mi experiencia con el Valproato y el litio para el tratamiento del tb

Cuando descubrí que tenía trastorno bipolar mediante consultas por internet, una de las cosas que más me atormentaba eran los tratamientos mencionados: electroshocks, fuertes antipsicóticos (que no llegué a experimentar en carne propia), litio y otros fármacos.


Para empezar debo aclarar que no pretendo ni recomendar, ni satanizar a los medicamentos para los problemas mentales, solo muestro mi caso particular y como funcionaron en mi los medicamentos que he tomado durante mucho tiempo. No soy, ni pretendo ser un profesional en el campo de la psiquiatría, solo soy un paciente que narra lo que se siente cuando se ha sido tratado con medicamentos para los problemas mentales.

Durante años (aproximadamente 25) no tuve claridad sobre mi condición. Sufrí tres crisis graves con tendencia a la manía, llegando a cuadros psicóticos (que comúnmente son llamados "ataques de locura"). La primera me llevó a ser internado en un centro psiquiátrico, mientras que las otras dos se manejaron de forma ambulatoria una con un psicoanalista y otro por un psiquiatra, quienes me prescribieron antipsicóticos para controlar los episodios agudos, luego me los recetaban como tratamiento continuo, pero no los aceptaba y preferí vivir sin los medicamentos y estar alerta a cuando sentía que mis emociones me superaban.

En mi caso particular, el protocolo farmacológico no me permitía sentirme funcional: los antipsicóticos solo parecían útiles durante las crisis maníacas. En fases estables, optaba por suspenderlos hasta la siguiente recaída, con intervalos prolongados entre episodios. Durante las depresiones, resistía sin medicación; aunque desagradables, nunca confié en los antidepresivos. Ahora, al confirmar que tengo trastorno bipolar tipo I, entiendo que esta decisión fue acertada, pues suelen desaconsejarse en casos como el mío.

Entre crisis, experimentaba fluctuaciones anímicas menos intensas que atribuía a mi personalidad, no a la enfermedad.

En un momento de mi vida, llegué aceptar que necesitaba medicación permanente y decidí tomar la atención medica que me daba mi seguro,  fui donde un psiquiatra quien me receto de nuevo, dentro de lo que me propuso fue medicarme con litio, a lo que me negué diciéndole que había escuchado muchas historias sobre sus efectos secundarios negativos, acepté explorar otras opciones como el ácido valproico, donde el psiquiatra me dijo que tiene una menor eficacia que el litio según estudios clínicos, pero con perfil de efectos adversos más tolerable.

Empecé entonces el tratamiento, durante los primeros meses los efectos secundarios que sufrí fueron ambiguos: molestias gastrointestinales transitorias y luego una sensación de aplanamiento emocional que el psiquiatra atribuyó al efecto estabilizador del fármaco.

Con el tiempo, noté disminución en la intensidad y frecuencia de los episodios. La mejoría es sutil: No se siente como un cambio positivo activo, sino como ausencia de oscilaciones bruscas. A diferencia de los antipsicóticos, el valproico no produce esa "niebla mental" o un letargo físico discapacitante, pero si un aplanamiento emocional, lo que me permitía ser mas funcional.

Curiosamente, en Colombia (según un amigo médico) el valproato ya supera al litio como tratamiento de primera línea para bipolaridad, coincidiendo con mi experiencia.

A pesar que la medicación con el valproato me funcionó, decidí después de algo alrededor de un año que podía vivir sin medicamentos de uso diario y a pesar que sentí que era mejor que lo que me recetaron en mis primeros episodios, suspendí mi tratamiento y estoy en este momento sin su uso crónico.

Sin embargo, sigo usando el valproato cuando siento que empiezo mis desbalances y lo uso por una o dos semanas, luego lo suspendo de nuevo.

Como he planteado en otros posts, en este momento expreso lo que opino respecto a los medicamentos para sobrellevar mis problemas mentales, en mi caso son útiles para atacar mis episodios que no son de todos los días y cuando logro llegar a la estabilidad soy capaz de ser una persona que se comporta dentro de la normalidad y ser funcional, sin la necesidad de estar medicado.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Si las enfermedades fisicas fueran como las mentales

Soy de la opinión de que no existen las enfermedades mentales, existen problemas mentales, existen los trastornos mentales, existen los trastornos de la personalidad, existen problemas médicos que traen como consecuencia desbalances mentales, para mi concepto hablar de enfermedad se refiere a un problema de salud física que tiene una causa comprobada y verificable con exámenes cuantitativos y replicables, cuyos comportamientos son estudiados y corresponden a síntomas claros y definidos, como también que existen tratamientos claros y definidos, además que comprobados mediante estudios probabilísticos, siguiendo las pautas de método científico.

En este momento desde el punto de vista científico no se tiene suficiente claridad sobre cuales son las causas de los problemas mentales, solo se tienen muchas hipótesis algunas compartidas por muchos psiquiatras pero que no pasan las pruebas científicas para decir que son tesis comprobables, verificables o replicables, en resumen mediante el método científico no se pueden comprobar estas hipótesis respecto a las causas de los problemas mentales, sin embargo, se vienen sosteniendo muchas hipótesis mediante un cientificismo que es muy parecido a lo que es un religiocismo, donde las pruebas solo se sostienen mediante la fe.

Si la práctica de la medicina que tiene que ver con las enfermedades llamémoslas físicas fuera como en la psiquiatría, entonces cuando vas por ejemplo con una tos recurrente a una consulta médica, el médico no te examinaría en absoluto, solo te haría preguntas sobre tu tos y luego algunas preguntas más sobre tu vida personal. Después afirmaría que tienes un “Trastorno de la Respiración y Tos Recurrente” (TRTR) y te daría un inhalador de esteroides para que lo inhalases una vez al día. El inhalador no tiene efectos específicos y abre las vías respiratorias, así que al menos a corto plazo habría alguna mejora de los síntomas. Sin embargo, si tuvieras una infección toráxica, es probable que en última instancia empeorase, incluso aunque inicialmente pudieras sentirte un poco mejor. Pero con el inconveniente que a largo plazo, el uso de esteroides puede tener toda clase de efectos secundarios desagradables y peligrosos si se toman en cantidades suficientes. Si el TRTR fuera parte de lo que los médicos de atención primaria “diagnostican”, entonces siempre habrá algunos pacientes que tengan fe en ello, pues su tos mejoró y querrán seguir tomando los esteroides de forma prolongada; mientras para otros las consecuencias habrían sido horribles, incluso potencialmente mortales. 

 Este ejemplo es muy ilustrador y me da argumentos para decir que no existen las enfermedades mentales de forma igual a las enfermedades del resto del cuerpo.

 

 

 

martes, 28 de octubre de 2025

Noviembre Negro



  Abro mi diario para leer lo que he venido escribiendo sobre hechos que me marcaron durante la pandemia.

Hoy es 30 de noviembre de 2024

  Para mí el año 20 del siglo 21 fue un año de terror... Muy parecido a cómo lo describe Poe en su cuento Sombra:


"Este año ha sido ....



..... un año de terror "

 Este año ha sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues han ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, se ciernen las negras alas de la peste

 Fragmentos Cuento Sombra 

Edgar Allan Poe

  Cuatro años han transcurrido desde que Clara dejó de ser Clara, desde que la peste —esa entidad silenciosa y voraz— se llevó lo último que me quedaba de ella. Hoy vuelven a mi memoria mis últimos días a su lado, así como también esos días de ensueño, cuando todo fue amor y felicidad.

  Era el año 2015, cuando atravesaba por uno de los peores momentos de mi vida, debido a mis problemas mentales.

  —Otra vez aquí, Carlos —había suspirado el Dr. Durán la semana anterior, hojeando mi historial en el Hospital Ramón y Cajal—. El alcohol y la cocaína son malos compañeros de viaje para una mente como la tuya. Y el diagnóstico es claro: trastorno límite de la personalidad. Deberás seguir tomando medicinas por el resto de tu vida, pero, afortunadamente existen buenos tratamientos para lo tuyo y si sigues mis consejos y los de otros profesionales tendrás una vida normal.

  Las palabras resonaban en mi cabeza como un veredicto. Salí del pabellón psiquiátrico tras un mes de encierro, con la sensación de ser un fantasma con receta médica. El mundo olía a desinfectante y a derrota.

  Aquel día, acudí a una cita programada y, al llegar, encontré a una chica que me deslumbró.

  La sala de espera de la consulta privada del Dr. Durán era un espacio silencioso, con revistas de arquitectura que yo no tocaba. Y allí estaba ella. No leía. Miraba por la ventana, con una postura que no era de abatimiento, sino de una fatiga profunda, casi elegante. Llevaba abrigo y unas botas que hablaban de un mundo distante al mío, Pero sus ojos, cuando se giraron hacia mí, tenían el mismo destello roto que yo veía cada mañana en el espejo.

  Tenía la certeza de que la conocía, pero no me acordaba de dónde.

  ¿De un sueño? ¿De la sala de urgencias del Ramón y Cajal, entre gritos y camillas? No. Era más extraño. Era como si reconociera en ella el "contorno exacto de mi propio vacío". Un vacío que, por primera vez, no daba miedo.

 Me senté frente a ella, sentí un flechazo y, de pronto, empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.

 —El aire aquí huele a paciencia —dije, sin pensarlo, señalando el difusor de esencias con un gesto torpe.

  Ella sonrió, una sonrisa pequeña y cansada que le llegaba a los ojos.

—A paciencia cara. La consulta del Dr. Durán cuesta más que mi seguro del coche.

  Si no es porque mi seguro de salud cubría este tipo de consultas, hubiera seguido mi vida sin estas visitas a los psiquis que tanto me atormentan, pero seguramente no la habría conocido.

  Su voz era clara, madrileña con un dejo de… ¿internado internacional? No supe ubicarlo.

  —Carlos —dije, extendiendo una mano que esperaba temblorosa, pero que se mantuvo firme al contacto con su mirada.

  —Clara.

  Hablamos. No del tiempo. Hablamos de "los ruidos en la cabeza cuando todo calla". De la sensación de vivir detrás de un cristal. De lo absurdo de tener que explicarle a otra persona que no conoces cómo duele el alma. Fue una conversación en clave, en código de supervivientes. Diez minutos que pesaron más que el mes entero de terapia grupal.

A ella la llamaron primero. Cuando salió, anunciaron:
—El ingeniero Carlos García puede seguir.
La puerta de la consulta se abrió y ella salió. No parecía más liviana, pero al pasar junto a mí, nuestros dedos rozaron el brazo del sillón. Fue un contacto eléctrico, deliberado.

 Antes de entrar, le dije que quería seguir conversando, pues la charla me había encantado.
Me levanté, el corazón galopándome no por la ansiedad, sino por una urgencia nueva.
—Clara, esto… ha sido lo más cuerdo que me ha pasado en meses. No puedo dejarlo aquí.

  Ella respondió que no podía esperar mucho debido a sus compromisos, sacó una lujosa pluma de su bolso, me tomó la mano sin ceremonia y escribió un número de diez dígitos en mi palma. La tinta era azul y fresca.


 Así lo hicimos, y así comenzó todo entre nosotros.

Entré en la consulta del Dr. Durán con su número ardiéndome en la mano. El diagnóstico, las advertencias, los protocolos… todo sonó a estática de fondo. Por primera vez en años, tenía algo que anhelar, más allá del próximo trago o la próxima línea. Tenía un número azul en la palma de la mano y la promesa de una voz al otro lado del teléfono.
 

Hoy es 14 de marzo de 2020.

 Recuerdo en estos momentos que Clara y yo habíamos planeado un viaje a Cádiz para el verano, pero este ya no parecía posible. También recuerdo los días que pasamos juntos en Cartagena. Afortunadamente, había aplazado para mayo el viaje que tenía programado para el mes pasado a Cartagena de Indias para ver el proyecto del nuevo centro de convenciones Arena del Caribe. Le dije a mi jefe que, al parecer, iban a cerrar las fronteras y que, de darse esto, quedaría como exiliado en Colombia, algo que no quería. Con reticencia por parte de la empresa, llegamos a un acuerdo: Si no se cerraban las fronteras, iría a finales de la primavera.

Veo en la televisión que se publicó el Real Decreto 463, donde se anuncian el cierre de fronteras y la restricción de movilidad en el Reino de España. Ya lo veíamos venir...


Hoy es 21 de junio de 2020.

El miedo flotaba en el aire como un presagio, pero aquellos días de encierro se convirtieron en el edén secreto de nuestro amor. Nunca antes, en los años fugaces de nuestra pasión, habíamos permanecido tanto tiempo entrelazados en la quietud de cuatro paredes, descubriendo que el tiempo —ese tirano implacable— podía volverse miel cuando se compartía con los labios correctos. Lo sabía con la certeza melancólica de quien atisba el futuro: jamás, ni en los crepúsculos que nos quedaran por vivir, volveríamos a estar tan cerca como en aquellos días en que el mundo se detuvo y nos dejó a solas con nuestras dichas.

Todo comenzó tras un encuentro fortuito en el consultorio del Dr Cajal. Nuestros primeros jueves, entregados al laberinto de calles madrileñas, fueron el prólogo de una fábula que decidimos escribir juntos. El amor, ese arquitecto silencioso, fue erigiendo su obra: en tres meses, el lecho y el techo se fundieron en un único hábitat para nuestros cuerpos y sueños. Recuerdo con una nitidez que duele las mañanas en nuestro piso de Vallecas: el sol se filtraba tímido por las persianas, iluminando el rito sagrado de nuestros cuerpos. En aquel cuarto, las paredes no eran testigos mudos, sino el confesionario laico, donde nuestros susurros se volvían plegarias. Hasta lo mundano se transfiguraba: el tazón agrietado era una reliquia de lo imperfecto perdurable, las páginas dobladas de Neruda un mapa de nuestras emociones subrayadas. Cada objeto bañado por esa luz auroral parecía despojarse de su temporalidad para brillar con la ficción dorada de lo eterno. Era la belleza pura de lo efímero que se cree absoluto. Y en la cúspide de aquel vértigo, Cartagena de Indias fue el escenario elegido para la promesa: un anillo que no era un cierre, sino el sello que consagraba nuestro pacto contra el tiempo, un compromiso para el resto de los días que nos fueran concedidos

Hoy es 30 de noviembre de 2020.

  La situación no parece mejorar. Aunque los confinamientos por la COVID-19 en España se han relajado, el terror aún impregna el ambiente. Desde el mes pasado pudimos salir de nuevo. El riesgo seguía latente, pero preferíamos contagiarnos de una vez a seguir temblando entre cuatro paredes. Queríamos de nuevo respirar junto a otras personas… 

¡Estamos en un año de terror!

 —como escribió el Maestro Poe—. Un año en el que las sombras se alargaron hasta devorar los rostros de los vivos.

  
  Yo volé de Madrid a Sevilla el 30 de octubre y, aunque el confinamiento había aflojado sus garras, sentía que la Parca danzaba en las calles. Al descender del avión, me llegó un olor a azahar podrido y alcohol en gel. Debía reactivar el proyecto del edificio Lleda, paralizado por la pandemia —al menos no tuve que viajar a Cartagena de Indias, pues aún había restricciones para vuelos internacionales—. También viajé para visitar a mi madre; la encontré pálida como un espectro tras meses de encierro. Me recibió con una mascarilla bordada de cruces negras:
—No te asustes, hijo. Es solo algo "contra el mal de ojo" que también evita la entrada de la peste —murmuró.

  Clara se quedó en nuestro piso de Madrid. Me dijo:
—Tengo que atender a mis pacientes de forma presencial. Por eso no puedo acompañarte a Sevilla.
Habíamos planeado viajar juntos, pero ahora prefería trabajar en persona.
—Es solo una separación breve. No te afanes por esto —le dije al besarla en la frente, ignorando que mis labios rozaban por última vez a la mujer que amaba.

  Ella celebró Halloween con "su familia": su padre, alto funcionario del Ministerio de Salud, y su ex esposo, que era ni más ni menos que el director técnico del Hospital La Paz. Con la familia de Clara no fuimos del agrado mutuo. Mientras ellos brindaban en algún salón con muebles caros, yo recorría las calles desiertas de mi infancia sevillana, donde las farolas parpadeaban como ojos enfermos.

  Nos despedimos tras una última cena íntima. Ambos mentimos al decir que estábamos bien.
Ambos sentimos el virus reptando en nuestros pulmones días después, pero reímos —¡Ay, qué grotesca fue nuestra risa!— mientras comparábamos fiebres por WhatsApp.


  Yo tenía boletos aéreos para el 10 de noviembre, pero adelanté el viaje para el 4. Como era improbable que me permitieran volar estando positivo, tomé un autobús. Clara había dado positivo para COVID-19 y quería verla.

  La noche del regreso a Madrid fue un viaje a través de los limbos. Seis horas de un silencio sepulcral, rotas por toses y el zumbido del motor. El autobús ALSA avanzaba por la A-4 como un ataúd con ruedas. Fuera, la luna llena —esa luna— iluminaba los campos de La Mancha, transformando los girasoles mustios en cabezas decapitadas. Dentro, un hombre tosía detrás de mí con un sonido húmedo, como si alguien revolviera carne cruda en su pecho. Yo también tenía síntomas de que el virus me había entrado al cuerpo, pero antes del viaje me tomé un fuerte antigripal y me los alivió temporalmente. Seguro era positivo, pero no quise hacerme pruebas.

  Mientras yo viajaba en aquella noche eterna, Clara ingresaba de urgencia en el Hospital La Paz, donde trabajaba como pediatra. No pude verla antes de que la hospitalizaran.







  Cuando llegué al piso supe que la situación era terrible, sentí un fuerte olor a cloro y la muerte me golpeó de repente.

 Su mensaje final yacía en mi pantalla, una reliquia digital de su voz: "Me ahogo", tengo que entregar el celular.

  Nuestro último adiós...


 No me permitieron verla los primeros días, pues fue ingresada en una sala UCI para pacientes positivos de COVID-19, donde no se permitían visitas. La vi después de que tuvo una leve mejoría, tras tres semanas en estado crítico. Llegué a la UCI de pacientes graves que ya no eran contagiosos. Me dijeron:  

 —Puede ver a la doctora Sánchez, pero solo por unos minutos.  

 En la sala de espera, los llantos y gritos de quienes salían resonaban como ecos de despedida. La mayoría de los pacientes salían directamente al crematorio; en esos días, las velaciones seguían prohibidas. Me dejaron entrar con un traje como de astronauta que me entorpecía cada movimiento. De pronto, estaba en una sala blanca y aséptica, tan pulcra que lastimaba los ojos. Allí yacía Clara, conectada a máquinas que silbaban como vientos de ultratumba. Sus manos —aquellas que solían acariciar mis cicatrices con la misma ternura que a los niños de su consultorio— estaban amoratadas, los dedos contraídos como garras de pájaro muerto. Le hablé, pero mis palabras solo rebotaron en las paredes de aquel sepulcro inmaculado.  

—Despierta —supliqué—. Despierta.  

Hoy, 30 de diciembre de 2020 

 Ha pasado un mes desde que la visité la vez pasada, hoy puedo verla de nuevo. Finalmente salió de su estado crítico, despertó, pero... sufrió una hemorragia cerebral tras vencer las infecciones que casi destruyen sus pulmones. El médico me explicó:  
—La paciente tuvo una hemorragia severa que le afectó los ganglios basales del hemisferio izquierdo. Ahora está en estado casi vegetativo: necesitará traqueotomía (respirar por un hueco en el cuello) por un tiempo indefinido, tal vez de por vida. La alimentación será parenteral (alimentarla por una manguera), aunque podría recuperar la capacidad de comer por si misma. El accidente vascular paralizó su lado derecho y dañó el habla. La recuperación requerirá terapia, paciencia y dedicación. En este momento el riesgo de muerte es bajo, pero lo que se viene en el camino es largo y muy complicado. 

 Mis súplicas para que despertara surtieron efecto, pero... La Clara que emergió de aquel sueño de dos meses no era «mi coneja loca» como cariñosamente le decía muchas veces. Era un fantasma con su rostro, el derrame cerebral que sufrió la convirtió en una criatura de mirada vidriosa que olvidó nuestros pactos de sangre y el sabor de sus lágrimas en mi boca. 
 

 Hoy, al final de este año negro, tengo sueños vívidos de cuando nos conocimos en el 2015, en esa sala de espera de un psiquiatra. Ella acababa de sobrevivir a una sobredosis de pastillas rojas; yo, a una noche de whisky y cuchillas. Esa noche, hicimos el amor como condenados: entre vendas, terrores nocturnos y promesas susurradas al borde del abismo.  

 Ahora, nuestras enfermedades han vuelto a ganar. Yo soy un adicto en recuperación que sueña con recaer; ella, un cuerpo frágil que olvidó cómo sostenerme.  

 Sé que en algún lugar de su cerebro dañado, la Clara verdadera aún grita por salir. Pero las sombras son más fuertes.  

  3 de diciembre de 2024 

  Hoy, el eco de Clara aún resuena en mi mente.  

 Cuatro años huyendo. La abandoné definitivamente tras aquella última visita en el fin de año del terror. Mi cabeza dañada no pudo cargar con el peso de sacarla adelante, como sí pudo su familia. Yo, entre tanto, estaba en la quiebra: la pandemia había cerrado la constructora y me dejó sin trabajo.  

 Dejé Madrid y me escondí en Sevilla, en esta ciudad donde las farolas parecen ojos enfermos y la gente no hace preguntas. El tiempo aquí se descompone como un cadáver en la humedad. Las semanas se derriten en meses; los meses, en años. Todo se pudre mientras aguardo un juicio que nunca llega.  

 Ella ya no me recuerda. O eso me repito, para mi consuelo. ¿Qué es peor? ¿El olvido absoluto o la sombra de nuestro pasado atrapada en su cerebro marchito?  

 Hoy, mientras escribo esto, la luna llena cuelga sobre los tejados como un ojo ciego, vigilante y ajeno. En la radio suena "Noviembre sin ti", lloro, y la nostalgia me embriaga como un licor barato. Quizá debería tomar el teléfono, marcar su número y decirle que lo siento. Pero no lo haré. Porque en algún lugar de esta noche, el autobús ALSA sigue avanzando por la A-4. Y en cada bache, en cada curva, el traqueteo insiste: «Ya no hay vuelta atrás». 



 




 


miércoles, 22 de octubre de 2025

El amor en los tiempos del COVID






I. Otoño, 1 de noviembre de 2075



  

  Las ciudades ya no envejecen; las personas sí. 




  Estoy en Madrid, El Imperio Americano del Sur (llamado oficialmente Mancomunidad Iberoamericana) acaba de aliarse con lo que quedaba del Reino Español. El rey abdicó hace ya tres años cuando el parlamento declaró a España como una república democrática independiente (Ja, la primera república bananera de Europa, diría yo).

 De nuevo un noviembre negro, el frio cuela los huesos, la ciudad es un espejismo de neón y silencio. En el cielo los drones voladores no hacen ruido, sin embargo, los androides que barren las calles si, y yo, estoy barriendo mis recuerdos con ayuda de AlinAI.

  —Amor, tienes un 92% de probabilidades de depresión hoy —dijo la IA, su voz cálida como la que tenia mi gran amor, Clara, pero sin su imperfecta humanidad.

 — ¿Quieres que active los protocolos de bienestar?

  —No, murmuré, mirando el holograma de una transmisión desde Cartagena de Indias, donde se estaba dando el discurso del presidente López. 

 Se reviven entonces mis recuerdos, porque allí, en 2016, Clara y yo habíamos jurado nuestro amor eterno, mientras huíamos juntos de nuestros problemas mentales.

  La historia no se repite pero rima, Es como volver al siglo XVIII, donde se dio la mayor extensión del Imperio Español, pero donde la capital política ya no es Madrid, sino Los Ángeles, y Cartagena de Indias se acaba de declarar la capital cultural.



  Esa noche, mientras el presidente del Gobierno Hispano (así se llama al gobierno de la Mancomunidad Iberoamericana) emitía un discurso sobre la paz y la reconciliación histórica iberoamericana, AlinAI mostró una notificación cifrada, de esas que sobrevivieron en servidores piratas después de la Gran Purga digital del 40, era un archivo de voz de 2020, etiquetado como Clara_Velásquez_ÚltimoMensaje.wav. Cuando intenté reproducirlo, inicialmente escuché solo estática... y luego un susurro: 



   —No puedo respirar, tengo que entregar el celular. Voy a entrar a la UCI y es posible que no salga de esto, Carlos esta es mi despedida. Te amo...

 

II. La llamada


  El café matutino se enfriaba entre mis manos cuando AlinAI interrumpió el silencio:  

  —Amor, prioridad inesperada: llamada desde Colombia. Remitente: Carlos López. ¿Atender o archivar?  

  Mis dedos se aferraron a la taza. Nadie me llamaba desde Colombia desde hacía..? Había enterrado esos recuerdos bajo capas de tiempo y silencio.  

  Recuerdo la vez que estuve en Cartagena, cuando logré sobrevivir de milagro, fue como por el año de 2045 cuando se dio el asedio del imperio Anglo, en contra del imperio Hispano, algo que también se dio por allá en el siglo XVIII, y como aquella vez a pesar de que hubo varios millones de muertos por la hambruna, al final Cartagena resistió, pero a pesar de que se gano esta batalla el imperio Hispano perdió pues España volvió a perder la ultima guerra, esta vez Inglaterra se quedo con Andalucía y las posesiones del reino español fuera de la península y Cataluña se independizo también con apoyo de los ingleses y entro a ser parte del imperio Anglo.

  Que me contestas me replico AlinAI —Atender —dije, aunque algo en mi pecho se encogió. 

  Mi vida, aunque yo no lo acepte, terminó ligada a esta ciudad, yo la odio con todos mis sentimientos o quizás de tanto odio es que la amo.

  El único recuerdo bello que tengo de Cartagena, aunque también puedo decir el mas abrumador, fue cuando en noviembre del 2016, huyendo de la vida en la capital, después de empezar mi relación con Clara y cuando estábamos comenzando nuestra vida en pareja, le dije a Clara -Amor, te tengo una sorpresa, vamos una semana al mar, este invierno esta muy deprimente ¿Qué opinas?, Ella me dijo que no, que tenía mucho trabajo en el Hospital La Paz, que apenas hace un mes empezó a trabajar como pediatra titular y que una semana es demasiado tiempo, sin embargo, aceptó, luego ya cuando estábamos en la terminal me dijo -para donde vamos este es el terminal internacional, creía que íbamos para el mar pero de pronto a Sevilla o a Barcelona, ¿para donde me llevas?, tranquila amor vamos a Cartagena. Ella me contestó -pero este es el muelle internacional.  -si vamos para Cartagena pero no para Cartagena España sino para Cartagena Colombia, le dije.

   Ella quiso no ir inicialmente, me dijo, bastantes problemas tengo con mi familia para que me lleves a Colombia en estos momentos, te recuerdo que mi padre, aunque para mi no sea importante, es una figura pública por su alto cargo en el ministerio de salud y por mi seguridad no debo viajar para lugares que se consideran peligrosos y Cartagena Colombia hasta donde sé es una de las ciudades mas peligrosas, -No Carlos, que pena contigo pero no puedo viajar, yo le dije que se tranquilizara. -No nos va a pasar nada cariño y como además vamos de incógnito nadie fuera de nosotros dos sabe que vamos a viajar a Cartagena, también ten en cuenta que todas las ciudades son peligrosas, lo importante es no arriesgarse uno por su cuenta, solo vamos a visitar lugares seguros y nada nos va a pasar, ella me contestó: -mi mamá me mata si sabe que voy para Cartagena de Indias, pero... Bueno, vamos, -tranquila que ella no se va a enterar le dije.


  Al final el viaje resulto de maravilla y allí precisamente fue cuando le di el anillo de compromiso, de un compromiso que no se pudo definir, pues siempre fuimos aplazando nuestra boda por los problemas de pareja que nunca faltan y para el 2020 después de que ella casi muere por la peste, nos separamos sin haber celebrado nuestra boda.
 
  De repente, La llamada interrumpió mis recuerdos:

—¿Carlos García? Soy el hijo de Clara Velásquez.  

El mundo se detuvo. "Clara". Su nombre me atravesó como un cuchillo oxidado. De pronto volví a tener treinta años, en aquel apartamento de hospital donde el olor a alcohol gel se mezclaba con sus lágrimas.  

—Mi madre falleció ayer —continuó la voz—. Quiso que usted estuviera en su despedida. 

El piso pareció inclinarse. Clara muerta. Era imposible. Clara era el eco de risas en la Feria de Abril, el calor de una mano en mi pelo cuando la fiebre del COVID me hacía delirar. Clara no podía ser... un cadáver.  

—El funeral es en Cartagena el 20 de marzo. Me dijo el hijo de Clara —Pero si no puede, y puede otra fecha cercana, lo reprogramamos.  

  Cartagena. La ciudad donde una vez creímos que el amor era más fuerte que las pandemias y las fronteras. Ahora solo quedaba a dos horas en transbordador, pero yo ya no era el hombre que cruzaba océanos por ella.  

—Necesito pensarlo —mentí, colgando antes de que mi voz quebrara.  

 Tres días de batalla...

EL MENSAJE QUE AHOGÓ EL SUEÑO

Carlos sintió el sudor frío al leer una notificación en su celular, No puedo respirar… Corrió entre calles vacías de Madrid, buscando su antigua casa, pero las puertas se convertían en muros húmedos. El cielo se oscureció hasta volverse agua espesa. Cuando intentó gritar, el líquido llenó su garganta. Despertó de golpe, jadeando, las sábanas enrolladas en su cuello como algas. En la pantalla de su móvil, solo había un anuncio del tiempo. Pero el sabor salado del miedo seguía en sus labios.


ALINAI Y LAS BANDERAS ROTAS

  Revisando archivos olvidados anunció la voz suave de AlinAI. La pantalla me mostró junto a Clara en un cortijo andaluz (verano, 2019): uvas entre sus manos, piel dorada, risas que chocaban contra las colinas. La siguiente foto los congeló en 2020: misma terraza, mismas sillas. Pero ahora llevaban mascarillas quirúrgicas colgando de una oreja, como "banderas rendidas" (así lo llamaba Clara). Ambos sonreían con ojos vidriosos, termómetros en mano, mientras el termómetro marcaba 39°C.

 ---¿Recuerdas, Carlos? —susurró AlinAI—. Reímos hasta que nos dolió el pecho... pero no era por la risa. Carlos apagó la pantalla. El silencio olía a desinfectante.


LA MALETA DE LOS ADIOSES DUPLICADOS

  Al tercer día de ordenar el trastero, encuentro la maleta azul. La misma que compré con Clara el día que pudimos salir en pandemia, después de varios meses de encierro,  (agosto, 2020). La cremallera crujió al abrirla. Dentro, solo un sobre: Una impresión de un boleto electrónico Madrid - Sevilla dos viajes ida y regreso a nombre de Clara y yo. Dos fechas escritas a mano:  
15 junio 2020 (tachado con rabia).  30 octubre 2020 (tachado con resignación).  Esa vez la del 30 de octubre fue el día en que viaje solo y fue el último día que vivimos en pareja, pues después de esto Clara casi muere y solo pudo recuperarse después de muchos años pero no a mi lado.

  Acaricié las rayas que anularon el futuro. Clara se había ido definitivamente.

  La maleta volvió a la oscuridad, conteniendo el único viaje que nunca hicimos juntos.

  —Amor —me interrumpió AlinAI—, tu estrés cardíaco requiere intervención. ¿Activo protocolos de calma?  

 —No 
 —respondí, mirando el holograma de Cartagena que flotaba sobre la mesa

 — Reserva un transbordador. Para mañana.  

---  

 

III. Los fantasmas del 2020

  El puerto de Cartagena brillaba bajo la luz violeta de los drones funerarios cuando llegué...



  Acepté viajar. No por el funeral, sino por ver su rostro una última vez, aunque fuera en la muerte. El transbordador me dejó en Cartagena al anochecer, cuando las murallas brillaban con bioluminiscencia artificial y el olor a salitre se mezclaba con el zumbido de los drones funerarios, Cartagena era una ciudad bulliciosa y una gran metrópoli, que según datos estadísticos del INE el distrito cuenta con unos 10 millones de habitantes y si se tiene en cuenta el área metropolitana que comparte junto a las otras ciudades caribeñas cercanas se tienen 25 millones de almas juntas, en este momento es el área mas densamente poblada del Caribe a pesar que se puede decir que es una isla, pues con la subida del mar por culpa del cambio climático Sur América se dividió y lo que antes era el tapón del Darién se convirtió en el estrecho del Darién, las costas de la provincia de Colombia han retrocedido muchos kilómetros y lo que antes era una costa entera se convirtió en un Archipiélago dividido por los diferentes ramales de la desembocadura del rio Magdalena que se convirtió en un rio mucho mas grande y que se unió con el Orinoco y el Amazonas mediante canales.



  Carlos López, el hijo de Clara, me esperaba en el puerto junto a dos jóvenes, sus hijos, pienso yo (que debieron ser mis nietos), era bastante alto, como me dijeron que era su padre (a quien yo nunca conocí), pero tenía los ojos de Clara: negros y profundos como pozos de tinta, le salude al recibirme, -mucho gusto Carlos García. El me contestó, -mucho gusto Carlos López. Tratando de romper el hielo le dije: -Eres de los López de la familia del presidente?, me dijo: -Nada que ver, no fuera mas mi desgracia.



  —Ella no quería lágrimas —me dijo mientras caminábamos por calles empedradas—. Quiso una fiesta. Música, ron, y que usted estuviera aquí, nada raro en esta parte del mundo donde todavía los funerales se celebran como fiestas, una tradición africana de hace mucho tiempo.



  La casa era una casona colonial, acabo de acordarme cuando trabajaba para la firma de ingenieros y que estuve en las obras de los muros de contención para proteger a Cartagena del mar y entre lo que estuve trabajando nos toco subir unos 10 metros la ciudad antigua para que no se estuviera inundando a cada rato.

  Las paredes hablaban en hologramas: fotos de Clara en Madrid, con los médicos del Hospital La Paz, de nosotros dos en la Feria de Abril, de su hijo creciendo entre dos patrias, que hoy son solo una. En el centro del salón, su cuerpo descansaba dentro de una urna criogénica de despedida —una costumbre de la nueva era—, rodeada de orquídeas.



  —Ella dejó esto para usted —me dijo Carlos, entregándome un sobre amarillento. Dentro había una impresión de un pantallazo de celular, un boleto de avión de ida y vuelta de Madrid a Sevilla del año 2020, y una carta en español antiguo, hecha con su puño y letra, que olía a jazmines secos.



  Carlos: Si lees esto, es que al fin me rendí al tiempo. Pero no temas. La muerte es solo un puente. Te espero donde las mareas no llegan.



IV. El secreto en el sótano



  Esa noche, mientras los invitados bebían y reían (como Clara quiso), su hijo me llevó al sótano del edificio. Allí cogimos un ascensor que descendió varios minutos. Entre sombras y cables de nanotecnología, había un arca neuronal, un dispositivo clandestino que almacenaba conciencias.



  —Ella no quería que lo supiera nadie —susurró el hijo de Clara—. Pero pagó para que su mente se guardara aquí. No es inmortalidad… es solo un eco. ¿Quiere hablar con ella?



  Mis manos temblaron. Era una blasfemia, una fantasía gótica y un pecado mortal. Pero asentí.



La máquina se encendió, y de pronto, Clara estaba allí: no como un holograma, sino como una voz que brotaba de las paredes, dulce y cálida como el verano madrileño.



—Tardaste, mi amor —dijo, y mi corazón se partió en dos.



Los últimos recuerdos



  Pasé horas hablando con Clara en su espectro digital, riendo de nuestros errores, llorando los años perdidos. Al amanecer, su hijo me encontró dormido frente al arca, abrazando la foto del boleto de avión.



  —Ella quería que se quedara con esto —me dijo, mostrándome un anillo de oro con un pequeño rubí—. Era de su abuela. Dijo que usted lo entendería.

El anillo 





  Lo entendí. No era un adiós, sino una promesa.



  Al salir de la casa, el sol caribeño me golpeó el rostro. En mi bolsillo, el anillo pesaba más que el futuro. Y entonces, por primera vez en años, sonreí. Porque Clara, a su manera, me había dado un final feliz: La certeza de que, en algún lugar entre la tecnología y la magia, nuestro amor seguía vivo.



  Fin  

lunes, 25 de agosto de 2025

Quienes amamos y sentimos con locura somos anormales, pero no estamos enfermos

Voy a definir la cuestión.

Ser anormal es estar fuera de la norma, según la estadística. La distribución normal representa la forma en que se distribuyen en la naturaleza los diversos valores de las variables continuas, como la estatura o el peso. Comúnmente, *normal* es lo que se considera que está bien, lo que cumple con ciertos criterios. Una persona normal es la que se comporta de acuerdo con las normas, y estas se definen con base en el comportamiento de la mayoría. Entonces, si la mayoría actúa de determinada forma, esta es la forma normal.

Miremos un ejemplo en particular: hablemos de una persona que escribe con la mano derecha. Se puede decir que es una persona normal, pues, como la mayoría en esta sociedad escribe con la mano derecha, esto se considera la norma. Entonces, ¿qué es la persona que escribe con la izquierda? La respuesta es que es una persona anormal, pues no cumple con lo que hace la mayoría. En la actualidad, los zurdos, a pesar de no ser normales, no son considerados malos, ni raros, ni personas que sufran una enfermedad. Aunque, en mi caso particular, una profesora sí consideraba que ser zurdo era, además de anormal, algo malo. Lo consideraba erróneo y, además, "cosa del demonio". Por eso, en su clase nadie podía escribir con la izquierda, y ella decía que iba a "curar" a los "enfermos" que escribían con esa mano. Yo ya estaba a punto de "curarme" de esta "enfermedad" cuando mis padres se dieron cuenta de la actitud de la profesora, que inicialmente me amarraba la mano izquierda y luego me la soltaba, pero me daba reglazos cuando escribía con ella. Entonces me tocaba escribir con la derecha; como era muy poco lo que podía hacer, mis notas eran malas. Claro que, si hubiera pasado más tiempo con esa profesora, me habría "curado" de mi "enfermedad" de ser zurdo. Es más, a pesar de ser zurdo, puedo escribir relativamente rápido y de forma torpe con la derecha, pero se entiende lo que escribo.

Muchas veces, las normas se convierten en leyes. Y como las leyes no se pueden violar, quien lo hace se convierte en un delincuente. Existen sociedades que consideran delincuentes a las personas —llamémoslas, por definición políticamente correcta, "no heterosexuales"— porque son anormales y, además, la norma de ser heterosexual es ley. Esto pasa porque la mayoría de las personas son heterosexuales y, por lo tanto, son las normales, lo que convierte a los homosexuales en delincuentes.

En otras sociedades, ser normal puede ser equivalente a ser saludable, y ser anormal se considera ser una persona enferma. Entonces, en este tipo de sociedades, los "no heterosexuales" no serán considerados delincuentes, pero sí enfermos.

Igual podría decirse de las personas en cuanto a su forma de sentir: si uno siente como lo hace la mayoría, entonces es una persona normal; pero si siente como pocos, es un anormal y puede ser también considerado enfermo. Afortunadamente, no se nos considera delincuentes, pues la forma normal de sentir todavía no se ha convertido en ley

sábado, 23 de agosto de 2025

Una pagina de mi diario bipolar: Estable de nuevo



**Estable de nuevo, o eso creo**

Doy por terminada esta serie de escritos personales sobre lo que siento en esta etapa de mi vida y sobre cómo he manejado los altibajos emocionales de estos últimos días.

Siento que ya no estoy deprimido como antes, pero tampoco reboso de alegría; por lo tanto, puedo decir que tampoco he caído en la manía. He logrado dormir bien a pesar de no tomar somníferos y me levanto sin esa molesta pesadez que me provocaban.

A mi alrededor, aunque no todo es color de rosa, vivo la vida a mi manera y creo que soy objetivo con mis sentimientos en este momento. Me encuentro inmerso en la cotidianidad de mi relación familiar, lo que genera una sensación de tranquilidad, aun con la carga de las obligaciones diarias. Hasta ahora, estas me gustan y he podido cumplirlas.

Tengo ocupaciones que me llenan el tiempo; laboralmente estoy copado y, además, recibo una buena remuneración económica sin que esta sea exagerada. Es mucho menor a la que recibía cuando tenía un trabajo formal a tiempo completo, pero la situación de mi entorno es complicada y esta es la opción disponible.

Esta situación que he relatado en las últimas entradas es muy común en mí y se repite constantemente: a veces de manera muy sutil y otras con mucha fuerza. Últimamente, he sentido estos desbalances más amortiguados.

A pesar de haber sido afectado por el trastorno bipolar, mi forma de ser o sentir no ha cambiado mucho. Tengo una personalidad muy propia, y lo que hace mi condición es distorsionar la manera en que expreso o siento emociones como la alegría o la tristeza cuando estoy desbalanceado. El resto del tiempo, soy como cualquier persona sin el trastorno: siento las emociones y las expreso como corresponde.

lunes, 28 de julio de 2025

Mi diario bipolar 7 2025

Estoy de nuevo con mis oscilaciones de ánimo, en esta oportunidad no son tan fuertes, no estoy medicado de forma crónica, pero decidí de nuevo tomar un medicamento (recaí en las drogas), tuve un día muy agitado por obligaciones de mi vida diaria y a la vez fue un día de estos de energía desbordante y de inspiración (un episodio hipomaníaco), me dormí temprano y a las dos horas me desperté de nuevo con ánimos para todo, entonces pensé que podría estar entrando en una espiral de manía y decidí que esto debe parar, era cerca de media noche y me tome un calmante, Quetiapina con lo cual pude después de unas dos horas sentir calma y dormir bastante, al otro día sentí un bajonazo bastante fuerte pues hace ya bastante que no la tomaba, llevo ya dos días de emociones bajas pero me siento aterrizado y con capacidad de hacer mi vida diaria de buena manera.

En términos generales se puede decir que mantengo bien de ánimo y que no he vuelto a tener crisis, estas oscilaciones de ánimo no me dejan del todo, sin embargo, creo entenderlas y he podido mantenerlas a raya en niveles que no me creen problemas, no se cuando pero hacia ya bastante tiempo que no acudía a tomar medicinas para controlarlos, como he comentado en otras entradas trato de auto controlarme y logro superar los desbalances.  Cuando subo se que no debo seguir y trato de dormir un mínimo de horas y parar mis actividades, así quiera y sienta que puedo hacer muchas actividades, para cuando estoy en el otro lado aunque me cueste mucho trabajo hago de forma a veces muy forzada actividades que requieran esfuerzo y aunque sienta que no puedo las hago.

Algo que siento que me ha ayudado últimamente es mi entorno familiar y de amistades, mi entorno mas intimo sabe de mi problema mental y me ayudan demasiado, respecto a mis amistades estoy con amigos que no sean de fiestas y de consumo de licor o de otras sustancias y me reúno de forma zanahoria, como decimos coloquialmente por mi entorno.

Respecto a mi vida sentimental, estoy muy bien, de nuevo estoy en pareja y siento que nos entendemos y guardamos buenas relaciones.  


sábado, 26 de julio de 2025

No soy un enfermo mental

🧠 No estoy enfermo de la cabeza, solo tengo una forma distinta de sentir

Reflexión personal sobre salud mental desde la experiencia bipolar

Me han dicho muchas veces que soy raro. Algunos incluso me han llamado loco, y más de una vez, lo he sentido así. Pero no me considero un enfermo mental. Me considero una persona que siente intensamente, a veces de forma extrema, sí, pero también profundamente humana.

Me identifico con esas palabras de Edgar Allan Poe:

“Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

Durante ciertos periodos de mi vida, he vivido lo que la psiquiatría describe como estados alterados del ánimo. Hay días en los que me siento lleno de energía, con la cabeza llena de ideas, el corazón acelerado, los impulsos desatados. Me emociono, me enamoro, gasto sin pensar, me creo invencible. Esos momentos pueden parecer mágicos, pero también pueden tener consecuencias duras si no los reconozco a tiempo.

Luego vienen otros días, los grises. Días en los que todo pierde sentido, en los que me aíslo, me desconecto de los demás y de mí mismo. Me invade una tristeza sin causa clara, y la apatía se apodera de mí. No quiero hablar, no quiero salir, no quiero nada. Lo que un día parecía fácil, se vuelve un muro infranqueable.


Esto no es una enfermedad

Lo que acabo de describir se parece mucho a lo que los manuales de salud mental llaman trastorno bipolar. Aceptar ese nombre me costó mucho tiempo. Al principio me resistía: no quería ponerle una etiqueta a algo tan íntimo. Me parecía injusto que una palabra pudiera resumir toda mi experiencia emocional. 

Pero con el tiempo, entendí que negar la existencia de los trastornos mentales no ayuda. Existen. Están bien documentados. Tienen bases psicológicas y sociales. No siempre tienen una causa única ni una cura definitiva, pero sí existen estrategias y tratamientos que pueden mejorar mucho la calidad de vida de quienes los padecen.


Enfermedad, trastorno, condición… ¿importan las palabras?

Sí, importan. Las palabras que usamos pueden abrir o cerrar puertas. Llamar “enfermedad” a lo que vivo es estigmatizante.

No me gusta pensar en mí como alguien “enfermo de la cabeza”. Prefiero pensar que tengo una condición de salud mental que requiere atención y cuidado, igual que cualquier otra condición crónica. Y, al mismo tiempo, reconozco que tengo una forma intensa y a veces compleja de sentir, que forma parte de quien soy.


Hacia una mirada más compasiva

Este texto no pretende ofrecer verdades absolutas, ni recetas. Solo quiero compartir mi experiencia para sumar a un diálogo necesario: el de desestigmatizar la salud mental sin romantizar el sufrimiento.

Hablar de estos temas con claridad, desde la experiencia vivida, puede ayudar a otros a no sentirse solos, a buscar ayuda sin vergüenza, a encontrar palabras para lo que sienten.

Yo sigo en ese camino. Con días claros y días nublados. Pero hoy sé que no estoy solo. Y que nombrar lo que uno vive es también una forma de sanarse.


📚 Referencias y lecturas recomendadas:


💬 ¿Y tú cómo lo vives?

¿También te cuesta encajar en las etiquetas que impone la salud mental? ¿Has sentido que tu forma de sentir es distinta, intensa, inexplicable?
Te leo en los comentarios. Tu historia también puede ayudar a alguien más.