martes, 24 de febrero de 2026

Cada vez estoy más retirado de las drogas

Últimamente casi no tomo drogas, solo tomo de forma continuada un compuesto para controlar la presión arterial, respecto a medicamentos para el tratamiento del trastorno bipolar llevo ya bastante tiempo sin tomar nada.




Mi trastorno bipolar no se ha ido, sé que no se irá nunca, porque es una parte de mi forma de ser, es una condición intrínseca que se tiene; que al no ser una enfermedad, no es curable.


El trastorno bipolar no se considera una enfermedad según la opinión de algunas personas entre ellas algunos psiquiatras reconocidos mundialmente.

Para lo que estoy hablando cuando digo drogas me refiero a compuestos que se toman para cambiar el funcionamiento físico del cuerpo, entre las drogas hay unas recetadas, como también otras que se toman por recomendación de otras personas o porque además tienen efectos "recreativos".

También ando retirado de este espacio, antes publicaba más de seguido, como tambien que tenia mas visitas y tenía comentarios, ahora todo se ha venido abajo, ya no he vuelto a tener entradas que  logren una buena visibilidad, esto se lo debo entre otras cosas a que este tipo de espacios son poco vistos últimamente, lo que funciona son los video blogs y los podcasts, toca pasar al formato de video y dar tu imagen plena o trabajar como guionista para que otra persona sea la que de la cara; ahora se puede y voy a ver cómo lo hago para presentar videos con las caras de otras personas o de avatares, voy a ver como me vuelco a un formato de estos.

Dentro de lo que quiero ser esta no ser visto en público como un afectado de trastorno bipolar para que me encasillen en esto, quiero conservar mi perfil anónimo, aunque acá puede que utilice mi nombre este es un genérico que muchos pueden tener, tengo un caso de una amiga que tiene un hermano que tiene mi mismo nombre, mi hermana tiene el mismo nombre de mi amiga sin que seamos familiares cercanos y esto en un pequeño pueblo, que se puede decir de una zona mas grande o de un país o del mundo.
Tengo 59 años y estoy dando cambios a mi vida.

Este 2026 cumpliré cinco años de relación sentimental.

De nuevo tengo un hogar más o menos común, el de dos personas maduras que van a convivir, donde se estará el uno para el otro, sin tener obligación con niños pequeños, entre otras cosas en comun tenemos 4 hijos y 3 nietos los cuales no son una obligación si no en gusto cuando se puede compartir con ellos.

Espero y esto lo vislumbro que respecto a mi nueva forma de vivir, esta va a ser mejor para sobrellevar mi condición de bipolar, ya con mi madurez, he comprendido mejor que es lo que me pasa y que he aprendido a lo que se puede decir sobrevivir con mi trastorno bipolar. Mi pareja que sabe de mi condición, me comprende y hasta el momento me ha acompañado de buena manera en las veces que no he estado tan normal, aunque no he tenido crisis, ni tampoco situaciones donde se generen problemas fuertes por mi forma de ser bipolar.

La vida es linda unas veces vivir es sencillo y otras veces se pone difìcil, considero que en este momento el destino me sonríe y me da la oportunidad de vivir de nuevo en compañía, estoy dando todo para que las situaciones en pareja funcionen.


Mi historia

Según la etiqueta que me he inventado, yo sufro de sentimientos encontrados. Estos me hacen sentir emociones que, muchas veces, no están relacionadas con lo que mi entorno ofrece. Para ilustrar mejor lo que digo: puedo sentirme eufórico y bastante alegre después de haber tenido una gran pérdida sentimental; como también puedo sentir una gran tristeza, lo que comúnmente se llama depresión, a pesar de haber logrado un objetivo importante en la vida que, para otra persona, podría ser claramente un motivo para estar feliz.

Que esta situación se deba a que sufro de una enfermedad, de un trastorno mental o como se pueda llamar, es algo que aún no tengo claro, sobre todo cuando la información al respecto ofrece versiones contradictorias. Trato de guiarme por lo que siento y por las experiencias que he tenido, pero mis apreciaciones muchas veces van en contravía de lo que se afirma en gran parte de lo que he podido encontrar en la red, como artículos médicos que dicen tener argumentos y sustento sólidos, basados en teorías manejadas por muchas personas y que estarían respaldadas por evidencias médicas.

En el año 1983, cuando tenía 16 años, sufrí una crisis mental fuerte en la cual llegue a alucinar y que me llevó a actuar de forma poco lógica. Para el común de las personas, se podría decir que llegué a un estado de locura o de desequilibrio mental. Mis razonamientos eran bastante confusos y, aunque para mí significaron en esos días que había encontrado la explicación a todos los interrogantes filosóficos, para las demás personas eran razonamientos absurdos o, mejor dicho, eran idioteces; y mirando desde mi punto de vista actual tuve un episodio de manía intensa, pero no de iluminación o de entrar en contacto con el mundo inmaterial aunque eso fue lo que senti y pensé en ese momento. 

Este desorden mental pudo deberse a problemas de adaptación a situaciones de la vida, ya que salí de mi hogar materno y pasé a vivir en otro entorno, en otra ciudad: dejando amigos, dejando novia y dejando una comodidad de la que había disfrutado en mis primeros 16 años de vida. Por algún motivo intrínseco o externo, llegué a un estado de desorden en mis actuaciones. Como opción para remediar la situación, fui remitido a un psiquiatra, el cual ordenó que me internaran en un centro para personas con desórdenes mentales, que en esos días se llamaba "clínica de reposo", para no llamarlo como el común de las personas conoce: "manicomio".

Allí, después de varias semanas de tratamiento con base en fuertes medicamentos que me mantenían como dormido —o como denomino yo, como un zombi—, fui poco a poco volviendo a razonar y a actuar como la mayoría de las personas. Después de esto, recibí el alta médica y regresé a mi cotidianidad, con la prescripción de una gran cantidad y variedad de medicamentos que me afectaban en la forma de sentir, como también físicamente.

El doctor que me atendió me dijo una frase que siempre martilla mi mente: "Estás enfermo y debes tomar medicamentos para el cerebro por el resto de tu vida". Por varios meses —quizá cerca de un año, pero no más de ahí— cumplí con las prescripciones y acudí a los controles rutinarios. Sin embargo, debido a que me sentía muy mal, no sé si por los efectos primarios y secundarios de las drogas psiquiátricas o porque había mutado a un sentimiento de depresión profunda, tomé la determinación de dejar de tajo toda la medicación que se me había recetado y traté de vivir mi vida sin medicamentos para la cabeza.

Para mí, había pasado por una gran mala experiencia, pero decidí que debía continuar con mi vida y, de ser posible, hacer realidad los sueños que tenía de niño y de adolescente, aunque pensaba que de pronto podía enloquecer de nuevo o incluso que existía la posibilidad de llegar a un estado de locura irremediable. Durante mucho tiempo, conviví con ciertos desbalances mentales sin darme cuenta de que los tenía, o más bien sabiendo que padecía de algo, pero tratando de no darle mucha importancia, por lo que no me atormentaba demasiado por ello.

Creo que después de varios años —unos 10, estamos hablando del año 1993—, dentro de lo que recuerdo, no sentí desbalances fuertes, aunque de pronto recuerdo que tenía periodos donde estaba lo que se puede denominar "deprimido", como también ciertos periodos en que hacía cosas de forma apresurada e impulsiva, que después analizaba y no habían sido muy convenientes. A pesar del episodio de locura sufrido, pude volver a tener una vida dentro de lo que se puede decir normal o promedio. Pude realizar y terminar estudios universitarios y me gradué para el año 1991. Después entré a trabajar en una empresa, desempeñándome en mi campo profesional con unos buenos ingresos, lo cual me permitió hacer una nueva familia al lado de una esposa y mis dos hijos.

Posteriormente, no tengo bien claro la fecha, pero fue hacia el año 1995 o quizá un año o dos más, donde tuve otra crisis, no tan fuerte como la primera, cuyos síntomas fueron similares a los que tuve antes de entrar en mi crisis mayor. Al sentir que me acercaba a unos sentimientos que para mí eran hacia un estado de locura al cual no quería llegar, decidí acudir a otro médico, esta ve un psicoanalista, que me ayudara con mi problema y me permitiera volver a la normalidad. Volví de nuevo al tratamiento, esta vez con un protocolo dual de psicoterapia y drogas psiquiátricas, que me permitieron de nuevo volver a una situación normal. A pesar de que este médico tampoco me dijo que dejara los medicamentos, de nuevo los descontinué y no volví a su consultorio.

Después, hacia el año 2007 aproximadamente, cuando llegué a mis 40, empecé de nuevo a sufrir altibajos emocionales de intensidad media que me acercaban a lo que sentí en mi crisis mayor. De nuevo pensé en acudir a pedir ayuda médica, pero como ese momento coincidió con la disponibilidad y popularidad aquí en mi país de un nuevo medio de información, como es la red de internet, antes de pedir esa ayuda acudí primero a la búsqueda de información sobre cuál era la causa de mis problemas mentales. Allí descubrí tanto páginas web como blogs, foros y algunos artículos científicos que se publicaban para no científicos, de muchos temas relacionados con problemas mentales, por lo que me dediqué a buscar y leer mucho para correlacionar lo que había sentido en mi crisis y en mis desbalances con lo que otros habían sentido y con las clasificaciones que habían hecho otras personas para este tipo de sentimientos.

Vine a encontrar que, de acuerdo con muchos sitios de la red, tanto desde el punto de vista de los pacientes como del lado médico, lo que yo había sentido y que venía sintiendo se correspondía con lo que en un tiempo anterior se llegó a llamar "psicosis maníaco-depresiva", y que en ese tiempo se le había dado un nuevo nombre: "trastorno bipolar", el cual tenía varias subdivisiones de acuerdo con la severidad de los síntomas. Para mi caso, era el tipo I, que implicaba el haber llegado a un estado de desorden mental agudo, de locura temporal, de delirio o, de acuerdo con los términos psiquiátricos del momento, un estado psicótico.

Los artículos que eran a favor de la psiquiatría hablaban de que la única forma de estar bien y de poder desempeñarse de manera adecuada para una persona que sufre problemas mentales era la prescripción de medicamentos. Muchos sitios de internet tenían publicidad de ciertos medicamentos con marcas comerciales, los cuales se deberían tomar de forma constante, es decir, estar medicado de por vida, que era lo mismo que me dijo el primer psiquiatra que me trató.

Participé en foros con otros afectados de problemas parecidos y encontraba que, en la mayoría de ellos, las personas aceptaban y daban por hecho que la única opción era estar medicado. Aunque, en general, se decían libres de los síntomas más fuertes de los problemas mentales, decían no sentirse bien del todo. Se encontraban versiones de personas que decían que nunca se sentían bien, tanto si tomaban como si no tomaban medicamentos, y que la vida para ellos no era nada agradable.

Leí varios blogs de personas que habían entrado en fuertes estados psicóticos o en fuertes estados de depresión, donde narraban cuestiones bastante escabrosas o historias que rayaban en el límite de la realidad y de un estado de desorden de ideas. En esos días se encontraban fácilmente este tipo de entradas; últimamente es difícil para mí dar con este tipo de blogs. No sé si por la censura que se pueda estar haciendo en la red o porque las personas con estas alteraciones ya no acuden a este medio para publicar estas situaciones. Las entradas que leí en esos días ya no se pueden encontrar en línea porque fueron eliminadas y sus autores no siguieron escribiendo, o mutaron o cambiaron sus blogs, a pesar de que siempre se publicaba con perfiles anónimos.

También encontré otro tipo de blogs donde se hablaba de las experiencias traumáticas, pero no desde un punto de vista tan fuerte ni tan crudo. Este tipo de blogs ha ido evolucionando poco a poco y muchos de ellos todavía están vigentes, se actualizan y algunos están en los enlaces de este blog.

A partir del año 2009, me inicié como bloguero aquí en internet y he ido dejando mi forma de ver la situación mía y de lo que se habla sobre los problemas mentales. Inicialmente, era partidario de definir mi situación como la de una persona afectada de una enfermedad mental denominada "trastorno bipolar tipo 1". Me identifiqué plenamente dentro de este grupo y, es más, mi blog pasó a llamarse "Cómo vivo con mi trastorno bipolar". Acepté que lo mejor para convivir con esta "enfermedad" era tomar medicinas que la controlen. Pude identificarme con los blogueros que escribían los más crudos relatos, los cuales narraban historias similares o de un estilo a lo que pude haber sufrido en mi más fuerte crisis, como también con los blogueros que hablaban de sus experiencias desde un punto de vista más suave, los cuales se clasificaban todos como bipolares. Por lo tanto, decidí que yo también encajaba en esta definición, me etiqueté entonces como bipolar y comencé también con mi propio blog.

Pasó un cierto tiempo de estar en este mundo de las redes y de compartir mi experiencia por este medio, antes de decidir acudir nuevamente a un psiquiatra, porque para mi forma de ver las cosas era posible que pudiera seguir mi vida sin tener que tomar tanta medicina. Pero en esos días empecé a sentir nuevamente fuertes desbalances que me estaban ya causando problemas personales, por lo que decidí de nuevo volver a consulta. Esta vez acudí estando en un periodo de eutimia, pero después de haber sufrido varios desbalances que me habían hecho sentir realmente mal. Cuando le narré mis síntomas al médico, de una me clasificó como paciente que sufre de trastorno bipolar y, como siempre se me dijo que debía tomar medicinas de forma constante para estar mejor, de nuevo volví a estar medicado y convencido de que esta era la alternativa a tomar. Comencé esta vez con unas medicinas que no me hacían sentir tan mal como las que tomé en las dos oportunidades anteriores, por lo que acepté la situación y estuve muy juicioso durante varios años. Además, no sé si por el efecto de estas medicinas o por la evolución normal de mi problema, vine a sentir que sufría de menos desbalances y que estos eran más suaves, o que si trataba de desbalancearme volvía fácilmente a un estado equilibrado.

Entre la información que se encuentra en internet, existe una con una tendencia llamada "antipsiquiatría", la cual está en contra de la forma de ver y de cómo tratar los problemas mentales que aplica la psiquiatría. En esta tendencia se pueden encontrar críticas con un buen sustento argumentativo, como también se encuentra una negación completa de los problemas mentales y de la visión científica de la medicina, donde en algunos casos se va hacia el otro extremo, negando los avances científicos de la humanidad y buscando un retorno a un pasado donde las situaciones se manejaban con base en conceptos religiosos. A pesar de criticar mostrando casos concretos donde se ha manejado mal la situación de los pacientes afectados con problemas mentales, la solución que plantean, considero, no ayuda mucho, pues predican que se debe cambiar lo que ellos denominan una "manipulación moderna" por parte de la psiquiatría, por una manipulación basada en preceptos basados en la fe, lo que tampoco es una solución razonable, a mi modo de ver.

Hace ya varios años he ido mutando en mi forma de ver la situación respecto a mi problema mental. Me he acercado a una visión de ciertos psiquiatras que plantean que se ha hecho un desarrollo interesante en el manejo de los problemas mentales, pero que ha habido un mal manejo en la mayoría de las situaciones de las personas que sufren problemas mentales, no por falta de recursos científicos, sino por un uso desmedido y descontrolado de sustancias que afectan el funcionamiento mental. Estas, en casos concretos, pueden ser de ayuda, pero se están usando para situaciones que pueden considerarse actuaciones normales de las personas y que se han catalogado erróneamente como enfermedades mentales. En vez de ser herramientas que ayuden a solucionar problemas mentales, se han convertido en sustancias que le están provocando daños a muchas personas que realmente no requieren de este tipo de sustancias.

En la forma como me he sentido en el avance de mi vida aquí en este mundo, siento a veces que algunos de los medicamentos que he tomado me han ayudado, ya que han hecho revertir sentimientos que he considerado anormales; pero también he sentido que he podido ser una víctima de la psiquiatría y que he tomado fuertes sustancias para afectar mi mente y que pudieron hacerme daño.

En este momento estoy en un dilema. Siento que mi situación es buena, que he podido sobrevivir a un entorno negativo a pesar de que sufro de un trastorno mental —que sé que sufro y que para mí es real—, pero que he sido engañado por la psiquiatría moderna de corte mercantilista. He encontrado que quizá los medicamentos pueden ayudar a tratar ciertos trastornos, pero que no existe un buen desarrollo científico al respecto y no se está avanzando, pues los esfuerzos se están canalizando sobre falsas situaciones, porque lo que se quiere es ganar dinero, mantener una industria que se basa en crear y curar falsas enfermedades, donde los realmente afectados por graves trastornos mentales no importan, pues constituyen una minoría dentro del nicho de mercado actual, por lo que no representan posibilidades de negocios lucrativos.

Dentro de las conclusiones que he podido sacar entre lo que he sentido y lo que he encontrado en muchos de los planteamientos de psiquiatras que pienso son de corte humano, es que existe una infinidad de problemas mentales, aunque como tal no se puedan definir como "enfermedades mentales". Existen diversas formas de atacarlos, entre las cuales puede funcionar el manejo farmacológico para los estados extremos y cuya utilidad no está demostrada para prevenir nuevas crisis, las cuales lo más probable es que se sigan presentando, se tomen o no medicamentos. Para el manejo del día a día de estos trastornos, lo más probable es que sea más dañino tomar medicamentos, y que puede ayudar más tener un buen entorno y unas condiciones sociales y familiares positivas. Los trastornos seguirán su curso pudiendo empeorar o mejorar, pero en este momento no se tiene un protocolo médico comprobado para controlar realmente la situación, aunque se afirme lo contrario por muchos.

Pienso que el hecho de que no esté perdido para este mundo no se debe a los medicamentos que he tomado —que quizá me han dado alivio en situaciones extremas—, sino a que he podido contar con personas que me acompañan y que han sido mi apoyo, que han podido seguir conmigo a pesar de que he actuado de forma anormal y que les he afectado. También, que afortunadamente el curso de mi trastorno no ha sido tan grave como para haberme convertido en una persona con unas capacidades mentales fuertemente disminuidas, por lo que puedo comportarme y estar en esta sociedad como una persona que se considera normal o promedio, aunque para algunos sea un tipo raro.

Sea que tenga trastorno bipolar u otra condición, he logrado sobrevivir a esta situación durante más de 40 años porque parece que uno nace con ciertas características y las puede modificar o modular, pero no eliminar, y son parte de la forma de ser de uno como persona.

jueves, 12 de febrero de 2026

Trastorno bipolar y medicación: ¿Cuándo es necesaria y cuándo no?

El trastorno bipolar es una condición compleja que plantea desafíos tanto para quienes lo padecen como para quienes buscan tratarlo. En mi experiencia, no creo que una persona con este trastorno deba estar sometida a una fuerte medicación de manera permanente. Sin embargo, reconozco que en momentos críticos, los tratamientos farmacológicos pueden ser indispensables. Mi perspectiva es que estos deberían ser temporales y, en caso de requerirse de forma crónica, administrarse en dosis mínimas y cuidadosamente controladas.

Uno de los mayores riesgos de la medicación excesiva es la polimedicación, que puede llevar a una situación en la que, tras superar una crisis, la persona pierde la capacidad de afrontar la vida por sí misma. En lugar de recuperar su autonomía, termina dependiendo de los efectos de la medicación en su día a día.

Es cierto que las crisis mentales pueden disminuir las capacidades de quienes las padecen, especialmente si se comparan con su estado previo. Sin embargo, esto varía según el tipo de trastorno y la intensidad de las crisis. En muchos casos, es posible recuperar un desempeño similar al que se tenía antes. Es importante recordar que los medicamentos no restauran las capacidades mentales disminuidas; su función no es curar, sino paliar los síntomas.

Polimedicación en el trastorno bipolar

Quienes han experimentado un episodio maníaco intenso, técnicamente llamado episodio psicótico, saben que en ese estado se sienten relativamente bien y no perciben la enfermedad. En esos momentos, la medicación puede verse como la causante de devolverlos a un estado gris y poco deseable. Por eso, es común que la persona rechace tomar medicamentos, incluso después de superar la crisis. Esto suele interpretarse como un síntoma de manía, aunque ya haya pasado.

En mi caso, durante mi primer episodio, sentí claramente que no necesitaba medicación para estar bien. Sin embargo, tras superar la crisis y a pesar de sentirme mal debido a los calmantes, acepté que el tratamiento farmacológico fue necesario en ese momento.

El papel del insight y la estabilidad

Con el tiempo, he desarrollado lo que se conoce como insight (presentimiento), que me permite reconocer cuándo me acerco a un estado anormal. Entiendo que entrar en un estado de manía es un síntoma claro de que mi trastorno me está afectando, por lo que debo buscar ayuda y, si es necesario, medicarme para controlarlo. También he aprendido a identificar cuándo estoy estable y puedo actuar adecuadamente sin necesidad de medicación o con dosis mínimas.

En resumen, el tratamiento farmacológico no debe ser visto como una solución permanente, sino como una herramienta temporal o complementaria. La clave está en encontrar un equilibrio que permita a la persona vivir de manera autónoma y plena, sin depender exclusivamente de los medicamentos.


Reflexiones sobre el tratamiento farmacológico del trastorno bipolar

Reflexiones sobre el tratamiento farmacológico del trastorno bipolar

No considero que una persona afectada por un trastorno mental, como el trastorno bipolar, deba estar sometida a una fuerte medicación de manera permanente. Sin embargo, reconozco que en ciertos momentos puede ser necesario recurrir a tratamientos farmacológicos. En mi opinión, estos deberían ser temporales y, en caso de requerirse de forma crónica, administrarse en dosis mínimas y controladas. Esto se debe a que, en muchos casos, se recurre a la polimedicación, lo que puede llevar a una situación en la que, tras superar una crisis, la persona pierde la capacidad de afrontar la vida por sí misma y termina dependiendo de los efectos de la medicación en su día a día.

Es probable que las crisis mentales disminuyan las capacidades de quienes las padecen, especialmente si se comparan con su estado previo a las crisis. Sin embargo, esto depende del tipo de trastorno y de la intensidad de las crisis. En muchos casos, la persona puede recuperar un desempeño similar al que tenía antes de la crisis. Es importante destacar que los medicamentos no restauran las capacidades mentales disminuidas, ya que no actúan como una cura, sino como un paliativo.

Polimedicación en el trastorno bipolar

Si alguien con trastorno bipolar ha experimentado un episodio maníaco intenso, técnicamente denominado episodio psicótico, sabrá que en ese estado se siente relativamente bien y no percibe la enfermedad. En esos momentos, la medicación puede verse como la causante de devolverlo a un estado gris y poco deseable. Por ello, es común que la persona rechace tomar medicamentos, incluso después de superar la crisis. Esto suele interpretarse como un síntoma de manía, aunque ya haya pasado.

En mi caso, durante mi primer episodio, sentí claramente que no necesitaba medicación para estar bien. Sin embargo, tras superar la crisis y a pesar de sentirme mal debido a los calmantes, acepté que el tratamiento farmacológico fue necesario en ese momento.

viernes, 16 de enero de 2026

¿Es el trastorno bipolar una enfermedad?


El trastorno bipolar, que a mi parecer no es una enfermedad mental, es un problema mental bastante difícil de manejar, aunque no imposible. Se sufre mucho, aunque a veces también se goza; sin embargo, después de haber pasado por momentos que podríamos llamar “buenos”, nos arrepentimos terriblemente de las locuras cometidas. Considero que, si uno sobrevive a los primeros episodios, aprende a convivir con este problema. Cada cual lo hace a su manera; yo lo he hecho a la mía, de buena forma. He sobrevivido ya casi cuarenta años padeciendo esta situación que, vuelvo y repito, no es una “enfermedad mental”.

Considero, además, que he tenido una vida plena a pesar de cargar con el estigma del trastorno bipolar, porque he hecho muchas cosas, tal como las ha podido hacer alguien que no tiene este problema.

Quiero hacer énfasis en que el trastorno bipolar no es una enfermedad. Para ser catalogado como tal, tendría que demostrarse científicamente que se debe a un problema físico, algo que hasta el momento no se ha podido lograr. Aunque puedo afirmar que, para la mayoría de los psiquiatras, el trastorno bipolar es una enfermedad que tiene su base física en un problema de neurotransmisores dentro de las neuronas del cerebro, esto no ha sido posible probarlo dentro de lo que se llama el método científico. Solo se tienen teorías, o lo que se denomina científicamente hipótesis, pero que no han pasado las pruebas de demostración necesarias para que se pueda decir que se convierten en tesis comprobadas.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mi portada según chat gpt

Ahora todo se hace con la ayuda de la IA, yo como muchos estoy tambien entrando en esta cuestión, entonces le pregunte a la IA chat gpt cual seria una entrada de portada para mi blog y me redacto lo siguiente:


Unbipolarmás

Este no es un blog de autoayuda.

Tampoco es un manual médico.

Es un lugar donde se escribe desde la herida.

Nace de la experiencia personal de vivir con trastorno bipolar, pero no pretende representar a todos, ni dar respuestas universales. Aquí no hay fórmulas, hay palabras. No hay certezas, hay dudas, memoria y contradicción.

Escribo desde lo vivido: hospitalizaciones, medicación, crisis, momentos de lucidez y de oscuridad. Escribo también desde la reflexión, la crítica al sistema psiquiátrico cuando duele, y desde la literatura cuando la realidad no alcanza.


¿Qué encontrarás aquí?

Básicamente experiencias personales.
  Textos escritos desde la vida real, sin edulcorantes.

Reflexiones y pensamiento
  Sobre la locura, la normalidad, el estigma y la sociedad.

Psiquiatría y medicación
  Opiniones y vivencias personales, no verdades absolutas.

Textos literarios
  Relatos y prosa donde la frontera entre realidad y ficción se diluye.

Algunos textos son duros. Otros, silenciosos. No todos buscan gustar; muchos solo buscan decir.

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Que no encontraras aqui

Atención médica ni psicológica.
    Mis palabras nacen de una experiencia individual y no soy una persona profesional en lo mental, 
Si estás en crisis, busca ayuda profesional o de emergencia en tu país.

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    ¿Por qué “Un bipolarmás”

Porque no soy un diagnóstico.
Porque no soy un caso clínico.
Porque no soy una estadística.

Soy uno más entre muchos que piensa, siente, escribe y resiste.

Si llegaste hasta aquí, quizás no estás solo, pero tampoco se pretende atenderte como un medico.

Manicomio o institución se salud mental moderna


No era que estuviera loco, sino que sufría una crisis…

   "En los 60's aún existían los antiguos manicomios, espacios claustrofóbicos y represivos que sólo empeoraban el estado del enfermo. El manicomio no desempeñaba un papel terapéutico, sino una función excluyente. La segregación sólo acentuaba la actividad delirante y la tendencia al ensimismamiento. La reforma de la psiquiatría acabó con los manicomios, ofreciendo como alternativa la hospitalización temporal. Si el objetivo es restablecer la salud mental, la estancia del enfermo en una unidad psiquiátrica no debe prolongarse más allá del tiempo necesario para mitigar los síntomas agudos. Es cierto que se ha abusado de ese planteamiento, responsabilizando a las familias del cuidado del enfermo, sin proporcionarle los medios necesarios para enfrentarse a un conflicto que produce una enorme tensión emocional. La locura es un problema individual, pero su superación implica una respuesta social."

Rafael Narbona, 
Del Blog Into the Wild Union


  Yo estuve en un manicomio, mejor dicho, estuve en una institución mental moderna, por causa de mi trastorno mental, donde después de una hospitalización temporal, pasé de un estado de psicosis fuerte como parte de un cuadro de manía intensa a un estado de eutimia.

  Después de mi internado en este sitio logre volver a un estado de equilibrio mental, para luego seguir mi vida normal, pero las huellas de mi paso por esta institución no las he podido borrar, no fue solo el hecho de la institución como tal que a mi concepto puedo considerar que realizo bien su trabajo, si no el creer que había estado loco, ese era mi pensamiento después de mi remisión, en este momento tengo un poco mas claro que no había estado loco, sino que había sufrido de una crisis de mi problema mental, que para la época se denominaba psicosis maníaco depresiva, al cual ahora se le tiene un nombre mas complicado, de pronto un poco mas complejo, pero que suena un poco mejor: Trastorno bipolar y es mas se le tiene una subdivisión que en mi caso se denomina de tipo I.




  El trastorno bipolar es un eufemismo que pretende encubrir el estigma asociado a la psicosis maníaco depresiva, o el estigma que para muchos implica ser denominado simplemente loco, o alguien que se enloquece por ratos porque esa es la definición popular a mi problema, de igual forma se le denomina a los que sufren esquizofrenia.  Para un parroquiano es igual un esquizofrénico, un bipolar o una persona que sufra de un problema mental entre los miles que definen los manuales de psiquiatría moderna: Es simplemente un loco.

  Y como tal los locos son llevados a los manicomios, a pesar que se les de nombres raros a las instituciones mentales para el común son simplemente manicomios.

  Para mi ha sido importante conocer en mas detalle mi problema y entender como se desarrolla, sus manifestaciones, como evitar llegar a estados graves, pero para las personas comunes y corrientes no es un tema de interés, ¿Por que debe interesar el tema de las personas locas o desadaptadas a las personas que se consideran normales? pienso que no mucho y menos si no lo sufren o personas muy cercanas lo sufren.  Para muchas personas el loco es así porque quiere y no hace nada por salir de su estado, el loco es así porque le toco por una cuestión de destino o por castigo de dios, para los mas sensibles pero que no tienen conocimiento del tema, el loco es un bicho raro que se mira con pesar pero aun pensando así lo discrimina, sin embargo, para los que sufrimos de trastornos mentales estas apreciaciones no nos ayudan; a pesar de que no se puede pretender que todas las personas sepan diferenciar claramente que enfermedad mental padece cada uno de los afectados por ellas, se debe llegar a un punto donde se mire que las enfermedades de la mente son similares a las del cuerpo que aunque no todas las personas sepan con exactitud como es cada enfermedad no se discrimina a quienes la sufren. por ejemplo no se discrimina a una persona que sufra de los riñones o de los pulmones pero si al que sufre de esquizofrenia.

  A pesar que la sociedad ha avanzado respecto a la discriminación del diferente al promedio,  todavía persiste la estigmatización para los que sufren ciertos problemas como los mentales, se ha avanzado pero falta más, lo que expreso en este espacio y lo que otros expresan va en esa dirección, en mostrar que no somos seres de otro mundo, somos personas como cualquiera que tenemos diferencia en ciertos aspectos y que sufrimos de enfermedades de la mente que pueden ser manejadas hasta cierto punto gracias a los avances científicos  que nos permiten ser parte de la sociedad sin mayores inconvenientes y podemos aportar a ella.

  El "trastorno bipolar" es, en el fondo un eufemismo que la sociedad utiliza para lavar su conciencia, pero que en la práctica cotidiana colapsa en la palabra "loco" es una hipocresía social. Nadie discrimina a un enfermo renal, pero sí a un bipolar y a un esquizofrénico. 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Si las enfermedades fisicas fueran como las mentales

Soy de la opinión de que no existen las enfermedades mentales, existen problemas mentales, existen los trastornos mentales, existen los trastornos de la personalidad, existen problemas médicos que traen como consecuencia desbalances mentales, para mi concepto hablar de enfermedad se refiere a un problema de salud física que tiene una causa comprobada y verificable con exámenes cuantitativos y replicables, cuyos comportamientos son estudiados y corresponden a síntomas claros y definidos, como también que existen tratamientos claros y definidos, además que comprobados mediante estudios probabilísticos, siguiendo las pautas de método científico.

En este momento desde el punto de vista científico no se tiene suficiente claridad sobre cuales son las causas de los problemas mentales, solo se tienen muchas hipótesis algunas compartidas por muchos psiquiatras pero que no pasan las pruebas científicas para decir que son tesis comprobables, verificables o replicables, en resumen mediante el método científico no se pueden comprobar estas hipótesis respecto a las causas de los problemas mentales, sin embargo, se vienen sosteniendo muchas hipótesis mediante un cientificismo que es muy parecido a lo que es un religiocismo, donde las pruebas solo se sostienen mediante la fe.

Si la práctica de la medicina que tiene que ver con las enfermedades llamémoslas físicas fuera como en la psiquiatría, entonces cuando vas por ejemplo con una tos recurrente a una consulta médica, el médico no te examinaría en absoluto, solo te haría preguntas sobre tu tos y luego algunas preguntas más sobre tu vida personal. Después afirmaría que tienes un “Trastorno de la Respiración y Tos Recurrente” (TRTR) y te daría un inhalador de esteroides para que lo inhalases una vez al día. El inhalador no tiene efectos específicos y abre las vías respiratorias, así que al menos a corto plazo habría alguna mejora de los síntomas. Sin embargo, si tuvieras una infección toráxica, es probable que en última instancia empeorase, incluso aunque inicialmente pudieras sentirte un poco mejor. Pero con el inconveniente que a largo plazo, el uso de esteroides puede tener toda clase de efectos secundarios desagradables y peligrosos si se toman en cantidades suficientes. Si el TRTR fuera parte de lo que los médicos de atención primaria “diagnostican”, entonces siempre habrá algunos pacientes que tengan fe en ello, pues su tos mejoró y querrán seguir tomando los esteroides de forma prolongada; mientras para otros las consecuencias habrían sido horribles, incluso potencialmente mortales. 

 Este ejemplo es muy ilustrador y me da argumentos para decir que no existen las enfermedades mentales de forma igual a las enfermedades del resto del cuerpo.

 

 

 

martes, 28 de octubre de 2025

Noviembre Negro



  Abro mi diario para leer lo que he venido escribiendo sobre hechos que me marcaron durante la pandemia.

Hoy es 30 de noviembre de 2024

  Para mí el año 20 del siglo 21 fue un año de terror... Muy parecido a cómo lo describe Poe en su cuento Sombra:


"Este año ha sido ....



..... un año de terror "

 Este año ha sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues han ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, se ciernen las negras alas de la peste

 Fragmentos Cuento Sombra 

Edgar Allan Poe

  Cuatro años han transcurrido desde que Clara dejó de ser Clara, desde que la peste —esa entidad silenciosa y voraz— se llevó lo último que me quedaba de ella. Hoy vuelven a mi memoria mis últimos días a su lado, así como también esos días de ensueño, cuando todo fue amor y felicidad.

  Era el año 2015, cuando atravesaba por uno de los peores momentos de mi vida, debido a mis problemas mentales.

  —Otra vez aquí, Carlos —había suspirado el Dr. Durán la semana anterior, hojeando mi historial en el Hospital Ramón y Cajal—. El alcohol y la cocaína son malos compañeros de viaje para una mente como la tuya. Y el diagnóstico es claro: trastorno límite de la personalidad. Deberás seguir tomando medicinas por el resto de tu vida, pero, afortunadamente existen buenos tratamientos para lo tuyo y si sigues mis consejos y los de otros profesionales tendrás una vida normal.

  Las palabras resonaban en mi cabeza como un veredicto. Salí del pabellón psiquiátrico tras un mes de encierro, con la sensación de ser un fantasma con receta médica. El mundo olía a desinfectante y a derrota.

  Aquel día, acudí a una cita programada y, al llegar, encontré a una chica que me deslumbró.

  La sala de espera de la consulta privada del Dr. Durán era un espacio silencioso, con revistas de arquitectura que yo no tocaba. Y allí estaba ella. No leía. Miraba por la ventana, con una postura que no era de abatimiento, sino de una fatiga profunda, casi elegante. Llevaba abrigo y unas botas que hablaban de un mundo distante al mío, Pero sus ojos, cuando se giraron hacia mí, tenían el mismo destello roto que yo veía cada mañana en el espejo.

  Tenía la certeza de que la conocía, pero no me acordaba de dónde.

  ¿De un sueño? ¿De la sala de urgencias del Ramón y Cajal, entre gritos y camillas? No. Era más extraño. Era como si reconociera en ella el "contorno exacto de mi propio vacío". Un vacío que, por primera vez, no daba miedo.

 Me senté frente a ella, sentí un flechazo y, de pronto, empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.

 —El aire aquí huele a paciencia —dije, sin pensarlo, señalando el difusor de esencias con un gesto torpe.

  Ella sonrió, una sonrisa pequeña y cansada que le llegaba a los ojos.

—A paciencia cara. La consulta del Dr. Durán cuesta más que mi seguro del coche.

  Si no es porque mi seguro de salud cubría este tipo de consultas, hubiera seguido mi vida sin estas visitas a los psiquis que tanto me atormentan, pero seguramente no la habría conocido.

  Su voz era clara, madrileña con un dejo de… ¿internado internacional? No supe ubicarlo.

  —Carlos —dije, extendiendo una mano que esperaba temblorosa, pero que se mantuvo firme al contacto con su mirada.

  —Clara.

  Hablamos. No del tiempo. Hablamos de "los ruidos en la cabeza cuando todo calla". De la sensación de vivir detrás de un cristal. De lo absurdo de tener que explicarle a otra persona que no conoces cómo duele el alma. Fue una conversación en clave, en código de supervivientes. Diez minutos que pesaron más que el mes entero de terapia grupal.

A ella la llamaron primero. Cuando salió, anunciaron:
—El ingeniero Carlos García puede seguir.
La puerta de la consulta se abrió y ella salió. No parecía más liviana, pero al pasar junto a mí, nuestros dedos rozaron el brazo del sillón. Fue un contacto eléctrico, deliberado.

 Antes de entrar, le dije que quería seguir conversando, pues la charla me había encantado.
Me levanté, el corazón galopándome no por la ansiedad, sino por una urgencia nueva.
—Clara, esto… ha sido lo más cuerdo que me ha pasado en meses. No puedo dejarlo aquí.

  Ella respondió que no podía esperar mucho debido a sus compromisos, sacó una lujosa pluma de su bolso, me tomó la mano sin ceremonia y escribió un número de diez dígitos en mi palma. La tinta era azul y fresca.


 Así lo hicimos, y así comenzó todo entre nosotros.

Entré en la consulta del Dr. Durán con su número ardiéndome en la mano. El diagnóstico, las advertencias, los protocolos… todo sonó a estática de fondo. Por primera vez en años, tenía algo que anhelar, más allá del próximo trago o la próxima línea. Tenía un número azul en la palma de la mano y la promesa de una voz al otro lado del teléfono.
 

Hoy es 14 de marzo de 2020.

 Recuerdo en estos momentos que Clara y yo habíamos planeado un viaje a Cádiz para el verano, pero este ya no parecía posible. También recuerdo los días que pasamos juntos en Cartagena. Afortunadamente, había aplazado para mayo el viaje que tenía programado para el mes pasado a Cartagena de Indias para ver el proyecto del nuevo centro de convenciones Arena del Caribe. Le dije a mi jefe que, al parecer, iban a cerrar las fronteras y que, de darse esto, quedaría como exiliado en Colombia, algo que no quería. Con reticencia por parte de la empresa, llegamos a un acuerdo: Si no se cerraban las fronteras, iría a finales de la primavera.

Veo en la televisión que se publicó el Real Decreto 463, donde se anuncian el cierre de fronteras y la restricción de movilidad en el Reino de España. Ya lo veíamos venir...


Hoy es 21 de junio de 2020.

El miedo flotaba en el aire como un presagio, pero aquellos días de encierro se convirtieron en el edén secreto de nuestro amor. Nunca antes, en los años fugaces de nuestra pasión, habíamos permanecido tanto tiempo entrelazados en la quietud de cuatro paredes, descubriendo que el tiempo —ese tirano implacable— podía volverse miel cuando se compartía con los labios correctos. Lo sabía con la certeza melancólica de quien atisba el futuro: jamás, ni en los crepúsculos que nos quedaran por vivir, volveríamos a estar tan cerca como en aquellos días en que el mundo se detuvo y nos dejó a solas con nuestras dichas.

Todo comenzó tras un encuentro fortuito en el consultorio del Dr Cajal. Nuestros primeros jueves, entregados al laberinto de calles madrileñas, fueron el prólogo de una fábula que decidimos escribir juntos. El amor, ese arquitecto silencioso, fue erigiendo su obra: en tres meses, el lecho y el techo se fundieron en un único hábitat para nuestros cuerpos y sueños. Recuerdo con una nitidez que duele las mañanas en nuestro piso de Vallecas: el sol se filtraba tímido por las persianas, iluminando el rito sagrado de nuestros cuerpos. En aquel cuarto, las paredes no eran testigos mudos, sino el confesionario laico, donde nuestros susurros se volvían plegarias. Hasta lo mundano se transfiguraba: el tazón agrietado era una reliquia de lo imperfecto perdurable, las páginas dobladas de Neruda un mapa de nuestras emociones subrayadas. Cada objeto bañado por esa luz auroral parecía despojarse de su temporalidad para brillar con la ficción dorada de lo eterno. Era la belleza pura de lo efímero que se cree absoluto. Y en la cúspide de aquel vértigo, Cartagena de Indias fue el escenario elegido para la promesa: un anillo que no era un cierre, sino el sello que consagraba nuestro pacto contra el tiempo, un compromiso para el resto de los días que nos fueran concedidos

Hoy es 30 de noviembre de 2020.

  La situación no parece mejorar. Aunque los confinamientos por la COVID-19 en España se han relajado, el terror aún impregna el ambiente. Desde el mes pasado pudimos salir de nuevo. El riesgo seguía latente, pero preferíamos contagiarnos de una vez a seguir temblando entre cuatro paredes. Queríamos de nuevo respirar junto a otras personas… 

¡Estamos en un año de terror!

 —como escribió el Maestro Poe—. Un año en el que las sombras se alargaron hasta devorar los rostros de los vivos.

  
  Yo volé de Madrid a Sevilla el 30 de octubre y, aunque el confinamiento había aflojado sus garras, sentía que la Parca danzaba en las calles. Al descender del avión, me llegó un olor a azahar podrido y alcohol en gel. Debía reactivar el proyecto del edificio Lleda, paralizado por la pandemia —al menos no tuve que viajar a Cartagena de Indias, pues aún había restricciones para vuelos internacionales—. También viajé para visitar a mi madre; la encontré pálida como un espectro tras meses de encierro. Me recibió con una mascarilla bordada de cruces negras:
—No te asustes, hijo. Es solo algo "contra el mal de ojo" que también evita la entrada de la peste —murmuró.

  Clara se quedó en nuestro piso de Madrid. Me dijo:
—Tengo que atender a mis pacientes de forma presencial. Por eso no puedo acompañarte a Sevilla.
Habíamos planeado viajar juntos, pero ahora prefería trabajar en persona.
—Es solo una separación breve. No te afanes por esto —le dije al besarla en la frente, ignorando que mis labios rozaban por última vez a la mujer que amaba.

  Ella celebró Halloween con "su familia": su padre, alto funcionario del Ministerio de Salud, y su ex esposo, que era ni más ni menos que el director técnico del Hospital La Paz. Con la familia de Clara no fuimos del agrado mutuo. Mientras ellos brindaban en algún salón con muebles caros, yo recorría las calles desiertas de mi infancia sevillana, donde las farolas parpadeaban como ojos enfermos.

  Nos despedimos tras una última cena íntima. Ambos mentimos al decir que estábamos bien.
Ambos sentimos el virus reptando en nuestros pulmones días después, pero reímos —¡Ay, qué grotesca fue nuestra risa!— mientras comparábamos fiebres por WhatsApp.


  Yo tenía boletos aéreos para el 10 de noviembre, pero adelanté el viaje para el 4. Como era improbable que me permitieran volar estando positivo, tomé un autobús. Clara había dado positivo para COVID-19 y quería verla.

  La noche del regreso a Madrid fue un viaje a través de los limbos. Seis horas de un silencio sepulcral, rotas por toses y el zumbido del motor. El autobús ALSA avanzaba por la A-4 como un ataúd con ruedas. Fuera, la luna llena —esa luna— iluminaba los campos de La Mancha, transformando los girasoles mustios en cabezas decapitadas. Dentro, un hombre tosía detrás de mí con un sonido húmedo, como si alguien revolviera carne cruda en su pecho. Yo también tenía síntomas de que el virus me había entrado al cuerpo, pero antes del viaje me tomé un fuerte antigripal y me los alivió temporalmente. Seguro era positivo, pero no quise hacerme pruebas.

  Mientras yo viajaba en aquella noche eterna, Clara ingresaba de urgencia en el Hospital La Paz, donde trabajaba como pediatra. No pude verla antes de que la hospitalizaran.







  Cuando llegué al piso supe que la situación era terrible, sentí un fuerte olor a cloro y la muerte me golpeó de repente.

 Su mensaje final yacía en mi pantalla, una reliquia digital de su voz: "Me ahogo", tengo que entregar el celular.

  Nuestro último adiós...


 No me permitieron verla los primeros días, pues fue ingresada en una sala UCI para pacientes positivos de COVID-19, donde no se permitían visitas. La vi después de que tuvo una leve mejoría, tras tres semanas en estado crítico. Llegué a la UCI de pacientes graves que ya no eran contagiosos. Me dijeron:  

 —Puede ver a la doctora Sánchez, pero solo por unos minutos.  

 En la sala de espera, los llantos y gritos de quienes salían resonaban como ecos de despedida. La mayoría de los pacientes salían directamente al crematorio; en esos días, las velaciones seguían prohibidas. Me dejaron entrar con un traje como de astronauta que me entorpecía cada movimiento. De pronto, estaba en una sala blanca y aséptica, tan pulcra que lastimaba los ojos. Allí yacía Clara, conectada a máquinas que silbaban como vientos de ultratumba. Sus manos —aquellas que solían acariciar mis cicatrices con la misma ternura que a los niños de su consultorio— estaban amoratadas, los dedos contraídos como garras de pájaro muerto. Le hablé, pero mis palabras solo rebotaron en las paredes de aquel sepulcro inmaculado.  

—Despierta —supliqué—. Despierta.  

Hoy, 30 de diciembre de 2020 

 Ha pasado un mes desde que la visité la vez pasada, hoy puedo verla de nuevo. Finalmente salió de su estado crítico, despertó, pero... sufrió una hemorragia cerebral tras vencer las infecciones que casi destruyen sus pulmones. El médico me explicó:  
—La paciente tuvo una hemorragia severa que le afectó los ganglios basales del hemisferio izquierdo. Ahora está en estado casi vegetativo: necesitará traqueotomía (respirar por un hueco en el cuello) por un tiempo indefinido, tal vez de por vida. La alimentación será parenteral (alimentarla por una manguera), aunque podría recuperar la capacidad de comer por si misma. El accidente vascular paralizó su lado derecho y dañó el habla. La recuperación requerirá terapia, paciencia y dedicación. En este momento el riesgo de muerte es bajo, pero lo que se viene en el camino es largo y muy complicado. 

 Mis súplicas para que despertara surtieron efecto, pero... La Clara que emergió de aquel sueño de dos meses no era «mi coneja loca» como cariñosamente le decía muchas veces. Era un fantasma con su rostro, el derrame cerebral que sufrió la convirtió en una criatura de mirada vidriosa que olvidó nuestros pactos de sangre y el sabor de sus lágrimas en mi boca. 
 

 Hoy, al final de este año negro, tengo sueños vívidos de cuando nos conocimos en el 2015, en esa sala de espera de un psiquiatra. Ella acababa de sobrevivir a una sobredosis de pastillas rojas; yo, a una noche de whisky y cuchillas. Esa noche, hicimos el amor como condenados: entre vendas, terrores nocturnos y promesas susurradas al borde del abismo.  

 Ahora, nuestras enfermedades han vuelto a ganar. Yo soy un adicto en recuperación que sueña con recaer; ella, un cuerpo frágil que olvidó cómo sostenerme.  

 Sé que en algún lugar de su cerebro dañado, la Clara verdadera aún grita por salir. Pero las sombras son más fuertes.  

  3 de diciembre de 2024 

  Hoy, el eco de Clara aún resuena en mi mente.  

 Cuatro años huyendo. La abandoné definitivamente tras aquella última visita en el fin de año del terror. Mi cabeza dañada no pudo cargar con el peso de sacarla adelante, como sí pudo su familia. Yo, entre tanto, estaba en la quiebra: la pandemia había cerrado la constructora y me dejó sin trabajo.  

 Dejé Madrid y me escondí en Sevilla, en esta ciudad donde las farolas parecen ojos enfermos y la gente no hace preguntas. El tiempo aquí se descompone como un cadáver en la humedad. Las semanas se derriten en meses; los meses, en años. Todo se pudre mientras aguardo un juicio que nunca llega.  

 Ella ya no me recuerda. O eso me repito, para mi consuelo. ¿Qué es peor? ¿El olvido absoluto o la sombra de nuestro pasado atrapada en su cerebro marchito?  

 Hoy, mientras escribo esto, la luna llena cuelga sobre los tejados como un ojo ciego, vigilante y ajeno. En la radio suena "Noviembre sin ti", lloro, y la nostalgia me embriaga como un licor barato. Quizá debería tomar el teléfono, marcar su número y decirle que lo siento. Pero no lo haré. Porque en algún lugar de esta noche, el autobús ALSA sigue avanzando por la A-4. Y en cada bache, en cada curva, el traqueteo insiste: «Ya no hay vuelta atrás». 



 




 


miércoles, 22 de octubre de 2025

El amor en los tiempos del COVID






I. Otoño, 1 de noviembre de 2075



  

  Las ciudades ya no envejecen; las personas sí. 




  Estoy en Madrid, El Imperio Americano del Sur (llamado oficialmente Mancomunidad Iberoamericana) acaba de aliarse con lo que quedaba del Reino Español. El rey abdicó hace ya tres años cuando el parlamento declaró a España como una república democrática independiente (Ja, la primera república bananera de Europa, diría yo).

 De nuevo un noviembre negro, el frio cuela los huesos, la ciudad es un espejismo de neón y silencio. En el cielo los drones voladores no hacen ruido, sin embargo, los androides que barren las calles si, y yo, estoy barriendo mis recuerdos con ayuda de AlinAI.

  —Amor, tienes un 92% de probabilidades de depresión hoy —dijo la IA, su voz cálida como la que tenia mi gran amor, Clara, pero sin su imperfecta humanidad.

 — ¿Quieres que active los protocolos de bienestar?

  —No, murmuré, mirando el holograma de una transmisión desde Cartagena de Indias, donde se estaba dando el discurso del presidente López. 

 Se reviven entonces mis recuerdos, porque allí, en 2016, Clara y yo habíamos jurado nuestro amor eterno, mientras huíamos juntos de nuestros problemas mentales.

  La historia no se repite pero rima, Es como volver al siglo XVIII, donde se dio la mayor extensión del Imperio Español, pero donde la capital política ya no es Madrid, sino Los Ángeles, y Cartagena de Indias se acaba de declarar la capital cultural.



  Esa noche, mientras el presidente del Gobierno Hispano (así se llama al gobierno de la Mancomunidad Iberoamericana) emitía un discurso sobre la paz y la reconciliación histórica iberoamericana, AlinAI mostró una notificación cifrada, de esas que sobrevivieron en servidores piratas después de la Gran Purga digital del 40, era un archivo de voz de 2020, etiquetado como Clara_Velásquez_ÚltimoMensaje.wav. Cuando intenté reproducirlo, inicialmente escuché solo estática... y luego un susurro: 



   —No puedo respirar, tengo que entregar el celular. Voy a entrar a la UCI y es posible que no salga de esto, Carlos esta es mi despedida. Te amo...

 

II. La llamada


  El café matutino se enfriaba entre mis manos cuando AlinAI interrumpió el silencio:  

  —Amor, prioridad inesperada: llamada desde Colombia. Remitente: Carlos López. ¿Atender o archivar?  

  Mis dedos se aferraron a la taza. Nadie me llamaba desde Colombia desde hacía..? Había enterrado esos recuerdos bajo capas de tiempo y silencio.  

  Recuerdo la vez que estuve en Cartagena, cuando logré sobrevivir de milagro, fue como por el año de 2045 cuando se dio el asedio del imperio Anglo, en contra del imperio Hispano, algo que también se dio por allá en el siglo XVIII, y como aquella vez a pesar de que hubo varios millones de muertos por la hambruna, al final Cartagena resistió, pero a pesar de que se gano esta batalla el imperio Hispano perdió pues España volvió a perder la ultima guerra, esta vez Inglaterra se quedo con Andalucía y las posesiones del reino español fuera de la península y Cataluña se independizo también con apoyo de los ingleses y entro a ser parte del imperio Anglo.

  Que me contestas me replico AlinAI —Atender —dije, aunque algo en mi pecho se encogió. 

  Mi vida, aunque yo no lo acepte, terminó ligada a esta ciudad, yo la odio con todos mis sentimientos o quizás de tanto odio es que la amo.

  El único recuerdo bello que tengo de Cartagena, aunque también puedo decir el mas abrumador, fue cuando en noviembre del 2016, huyendo de la vida en la capital, después de empezar mi relación con Clara y cuando estábamos comenzando nuestra vida en pareja, le dije a Clara -Amor, te tengo una sorpresa, vamos una semana al mar, este invierno esta muy deprimente ¿Qué opinas?, Ella me dijo que no, que tenía mucho trabajo en el Hospital La Paz, que apenas hace un mes empezó a trabajar como pediatra titular y que una semana es demasiado tiempo, sin embargo, aceptó, luego ya cuando estábamos en la terminal me dijo -para donde vamos este es el terminal internacional, creía que íbamos para el mar pero de pronto a Sevilla o a Barcelona, ¿para donde me llevas?, tranquila amor vamos a Cartagena. Ella me contestó -pero este es el muelle internacional.  -si vamos para Cartagena pero no para Cartagena España sino para Cartagena Colombia, le dije.

   Ella quiso no ir inicialmente, me dijo, bastantes problemas tengo con mi familia para que me lleves a Colombia en estos momentos, te recuerdo que mi padre, aunque para mi no sea importante, es una figura pública por su alto cargo en el ministerio de salud y por mi seguridad no debo viajar para lugares que se consideran peligrosos y Cartagena Colombia hasta donde sé es una de las ciudades mas peligrosas, -No Carlos, que pena contigo pero no puedo viajar, yo le dije que se tranquilizara. -No nos va a pasar nada cariño y como además vamos de incógnito nadie fuera de nosotros dos sabe que vamos a viajar a Cartagena, también ten en cuenta que todas las ciudades son peligrosas, lo importante es no arriesgarse uno por su cuenta, solo vamos a visitar lugares seguros y nada nos va a pasar, ella me contestó: -mi mamá me mata si sabe que voy para Cartagena de Indias, pero... Bueno, vamos, -tranquila que ella no se va a enterar le dije.


  Al final el viaje resulto de maravilla y allí precisamente fue cuando le di el anillo de compromiso, de un compromiso que no se pudo definir, pues siempre fuimos aplazando nuestra boda por los problemas de pareja que nunca faltan y para el 2020 después de que ella casi muere por la peste, nos separamos sin haber celebrado nuestra boda.
 
  De repente, La llamada interrumpió mis recuerdos:

—¿Carlos García? Soy el hijo de Clara Velásquez.  

El mundo se detuvo. "Clara". Su nombre me atravesó como un cuchillo oxidado. De pronto volví a tener treinta años, en aquel apartamento de hospital donde el olor a alcohol gel se mezclaba con sus lágrimas.  

—Mi madre falleció ayer —continuó la voz—. Quiso que usted estuviera en su despedida. 

El piso pareció inclinarse. Clara muerta. Era imposible. Clara era el eco de risas en la Feria de Abril, el calor de una mano en mi pelo cuando la fiebre del COVID me hacía delirar. Clara no podía ser... un cadáver.  

—El funeral es en Cartagena el 20 de marzo. Me dijo el hijo de Clara —Pero si no puede, y puede otra fecha cercana, lo reprogramamos.  

  Cartagena. La ciudad donde una vez creímos que el amor era más fuerte que las pandemias y las fronteras. Ahora solo quedaba a dos horas en transbordador, pero yo ya no era el hombre que cruzaba océanos por ella.  

—Necesito pensarlo —mentí, colgando antes de que mi voz quebrara.  

 Tres días de batalla...

EL MENSAJE QUE AHOGÓ EL SUEÑO

Carlos sintió el sudor frío al leer una notificación en su celular, No puedo respirar… Corrió entre calles vacías de Madrid, buscando su antigua casa, pero las puertas se convertían en muros húmedos. El cielo se oscureció hasta volverse agua espesa. Cuando intentó gritar, el líquido llenó su garganta. Despertó de golpe, jadeando, las sábanas enrolladas en su cuello como algas. En la pantalla de su móvil, solo había un anuncio del tiempo. Pero el sabor salado del miedo seguía en sus labios.


ALINAI Y LAS BANDERAS ROTAS

  Revisando archivos olvidados anunció la voz suave de AlinAI. La pantalla me mostró junto a Clara en un cortijo andaluz (verano, 2019): uvas entre sus manos, piel dorada, risas que chocaban contra las colinas. La siguiente foto los congeló en 2020: misma terraza, mismas sillas. Pero ahora llevaban mascarillas quirúrgicas colgando de una oreja, como "banderas rendidas" (así lo llamaba Clara). Ambos sonreían con ojos vidriosos, termómetros en mano, mientras el termómetro marcaba 39°C.

 ---¿Recuerdas, Carlos? —susurró AlinAI—. Reímos hasta que nos dolió el pecho... pero no era por la risa. Carlos apagó la pantalla. El silencio olía a desinfectante.


LA MALETA DE LOS ADIOSES DUPLICADOS

  Al tercer día de ordenar el trastero, encuentro la maleta azul. La misma que compré con Clara el día que pudimos salir en pandemia, después de varios meses de encierro,  (agosto, 2020). La cremallera crujió al abrirla. Dentro, solo un sobre: Una impresión de un boleto electrónico Madrid - Sevilla dos viajes ida y regreso a nombre de Clara y yo. Dos fechas escritas a mano:  
15 junio 2020 (tachado con rabia).  30 octubre 2020 (tachado con resignación).  Esa vez la del 30 de octubre fue el día en que viaje solo y fue el último día que vivimos en pareja, pues después de esto Clara casi muere y solo pudo recuperarse después de muchos años pero no a mi lado.

  Acaricié las rayas que anularon el futuro. Clara se había ido definitivamente.

  La maleta volvió a la oscuridad, conteniendo el único viaje que nunca hicimos juntos.

  —Amor —me interrumpió AlinAI—, tu estrés cardíaco requiere intervención. ¿Activo protocolos de calma?  

 —No 
 —respondí, mirando el holograma de Cartagena que flotaba sobre la mesa

 — Reserva un transbordador. Para mañana.  

---  

 

III. Los fantasmas del 2020

  El puerto de Cartagena brillaba bajo la luz violeta de los drones funerarios cuando llegué...



  Acepté viajar. No por el funeral, sino por ver su rostro una última vez, aunque fuera en la muerte. El transbordador me dejó en Cartagena al anochecer, cuando las murallas brillaban con bioluminiscencia artificial y el olor a salitre se mezclaba con el zumbido de los drones funerarios, Cartagena era una ciudad bulliciosa y una gran metrópoli, que según datos estadísticos del INE el distrito cuenta con unos 10 millones de habitantes y si se tiene en cuenta el área metropolitana que comparte junto a las otras ciudades caribeñas cercanas se tienen 25 millones de almas juntas, en este momento es el área mas densamente poblada del Caribe a pesar que se puede decir que es una isla, pues con la subida del mar por culpa del cambio climático Sur América se dividió y lo que antes era el tapón del Darién se convirtió en el estrecho del Darién, las costas de la provincia de Colombia han retrocedido muchos kilómetros y lo que antes era una costa entera se convirtió en un Archipiélago dividido por los diferentes ramales de la desembocadura del rio Magdalena que se convirtió en un rio mucho mas grande y que se unió con el Orinoco y el Amazonas mediante canales.



  Carlos López, el hijo de Clara, me esperaba en el puerto junto a dos jóvenes, sus hijos, pienso yo (que debieron ser mis nietos), era bastante alto, como me dijeron que era su padre (a quien yo nunca conocí), pero tenía los ojos de Clara: negros y profundos como pozos de tinta, le salude al recibirme, -mucho gusto Carlos García. El me contestó, -mucho gusto Carlos López. Tratando de romper el hielo le dije: -Eres de los López de la familia del presidente?, me dijo: -Nada que ver, no fuera mas mi desgracia.



  —Ella no quería lágrimas —me dijo mientras caminábamos por calles empedradas—. Quiso una fiesta. Música, ron, y que usted estuviera aquí, nada raro en esta parte del mundo donde todavía los funerales se celebran como fiestas, una tradición africana de hace mucho tiempo.



  La casa era una casona colonial, acabo de acordarme cuando trabajaba para la firma de ingenieros y que estuve en las obras de los muros de contención para proteger a Cartagena del mar y entre lo que estuve trabajando nos toco subir unos 10 metros la ciudad antigua para que no se estuviera inundando a cada rato.

  Las paredes hablaban en hologramas: fotos de Clara en Madrid, con los médicos del Hospital La Paz, de nosotros dos en la Feria de Abril, de su hijo creciendo entre dos patrias, que hoy son solo una. En el centro del salón, su cuerpo descansaba dentro de una urna criogénica de despedida —una costumbre de la nueva era—, rodeada de orquídeas.



  —Ella dejó esto para usted —me dijo Carlos, entregándome un sobre amarillento. Dentro había una impresión de un pantallazo de celular, un boleto de avión de ida y vuelta de Madrid a Sevilla del año 2020, y una carta en español antiguo, hecha con su puño y letra, que olía a jazmines secos.



  Carlos: Si lees esto, es que al fin me rendí al tiempo. Pero no temas. La muerte es solo un puente. Te espero donde las mareas no llegan.



IV. El secreto en el sótano



  Esa noche, mientras los invitados bebían y reían (como Clara quiso), su hijo me llevó al sótano del edificio. Allí cogimos un ascensor que descendió varios minutos. Entre sombras y cables de nanotecnología, había un arca neuronal, un dispositivo clandestino que almacenaba conciencias.



  —Ella no quería que lo supiera nadie —susurró el hijo de Clara—. Pero pagó para que su mente se guardara aquí. No es inmortalidad… es solo un eco. ¿Quiere hablar con ella?



  Mis manos temblaron. Era una blasfemia, una fantasía gótica y un pecado mortal. Pero asentí.



La máquina se encendió, y de pronto, Clara estaba allí: no como un holograma, sino como una voz que brotaba de las paredes, dulce y cálida como el verano madrileño.



—Tardaste, mi amor —dijo, y mi corazón se partió en dos.



Los últimos recuerdos



  Pasé horas hablando con Clara en su espectro digital, riendo de nuestros errores, llorando los años perdidos. Al amanecer, su hijo me encontró dormido frente al arca, abrazando la foto del boleto de avión.



  —Ella quería que se quedara con esto —me dijo, mostrándome un anillo de oro con un pequeño rubí—. Era de su abuela. Dijo que usted lo entendería.

El anillo 





  Lo entendí. No era un adiós, sino una promesa.



  Al salir de la casa, el sol caribeño me golpeó el rostro. En mi bolsillo, el anillo pesaba más que el futuro. Y entonces, por primera vez en años, sonreí. Porque Clara, a su manera, me había dado un final feliz: La certeza de que, en algún lugar entre la tecnología y la magia, nuestro amor seguía vivo.



  Fin